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Doña Ramona Abismo de Pasión

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Doña Ramona Abismo de Pasión

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el mercado de San Juan de Dios, con ese calor que te pega en la piel como una caricia ardiente. Yo, Javier, un carpintero de treinta y tantos, andaba ahí regateando madera fina para un mueble especial. El aire estaba cargado de olores: chiles tostados, el dulzor de las piñas maduras y un perfume fuerte, como jazmín mezclado con algo más salvaje, que me hizo voltear.

Ahí estaba ella. Doña Ramona, la dueña de la hacienda viñedos del sur, con su vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo maduro y generoso. Dicen que era viuda desde hace años, pero neta, parecía una diosa pagana salida de un cuento ranchero. Sus ojos negros me clavaron como alfileres, y su sonrisa, ay wey, esa sonrisa con labios carnosos pintados de rojo, me revolvió las tripas.

—Órale, mijo, ¿buscas madera o algo más duro? —me dijo con voz ronca, como si el humo de los tacos al pastor le hubiera dado ese tono seductor.

Me quedé como pendejo, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. ¿Qué pedo con esta mujer? pensé, mientras el sudor me corría por la espalda. Le contesté algo torpe sobre encinos para tallar, pero ella se acercó, su escote oliendo a vainilla y piel caliente, y me tocó el brazo con dedos que parecían prometer el paraíso.

La tensión empezó ahí, en ese roce casual. Hablamos de vinos, de fiestas en su hacienda, y antes de que me diera cuenta, me invitó a probar unas botellas nuevas esa misma noche.

"Ven a mi casa, Javier. Quiero que veas mi abismo de pasión, como me llaman los chismosos del pueblo"
, susurró, y su aliento cálido me rozó la oreja. Neta, mi verga dio un salto en los jeans.

La noche cayó como manto negro sobre la hacienda, con grillos cantando y el aroma de las bugambilias flotando en el viento. Llegué en mi troca vieja, nervioso como chavo en primera cita. Doña Ramona me recibió en el porche, con un vestido negro vaporoso que dejaba ver sus pechos llenos y las caderas anchas que se mecían al caminar. Me sirvió tequila reposado en copas de cristal, el líquido ámbar brillando bajo la luz de las velas.

Brindamos, y su rodilla rozó la mía bajo la mesa de roble. Siento su calor subiendo por mi pierna, pensé, mientras el tequila me quemaba la garganta y avivaba el fuego en mi entrepierna. Hablamos de todo: de la vida en el rancho, de amores perdidos, de cómo ella, a sus cuarenta y cinco, se sentía más viva que nunca. Sus ojos brillaban, y cada risa era un gemido disfrazado.

—¿Sabes, Javier? La gente dice que soy Doña Ramona, abismo de pasión. Un pozo sin fondo donde los hombres se pierden y no quieren salir —confesó, inclinándose hacia mí, su aliento con sabor a tequila y miel.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Extendí la mano y le acaricié el cuello, sintiendo la piel suave, tibia, con un pulso acelerado bajo mis dedos. Ella no se apartó; al contrario, suspiró y cerró los ojos. Ese fue el detonante. La besé, primero suave, probando sus labios jugosos, salados por el sudor de la noche. Su lengua invadió mi boca, húmeda y exigente, saboreando a tequila y deseo puro.

Nos levantamos, tropezando con las sillas, riendo como locos. La llevé adentro, sus manos explorando mi pecho, desabotonando mi camisa con uñas largas que arañaban deliciosamente. El pasillo olía a cera de vela y a su excitación, ese musk femenino que me ponía la cabeza loca.

En su recámara, la luz de la luna se colaba por las cortinas de encaje, bañando la cama king size con sábanas de satén rojo. La desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Sus tetas enormes saltaron libres, pezones oscuros y erectos como chocolate amargo. Las lamí, chupé, mordí suave, oyendo sus jadeos roncos: "¡Ay, cabrón, qué rico!". Su piel sabía a sal y jazmín, suave como terciopelo bajo mi lengua.

Pero no era solo físico. En mi mente, luchaba:

Esta mujer es un huracán, Javier. ¿Estás listo para caer en su abismo?
Ella me empujó a la cama, montándome como amazona experta. Sus caderas anchas se movían en círculos lentos, su coño húmedo y caliente envolviendo mi verga dura como palo de escoba. Sentí cada contracción, el calor líquido resbalando por mis bolas, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación.

La tensión crecía con cada embestida. Le apreté las nalgas firmes, oliendo su sudor mezclado con perfume, escuchando sus gemidos que subían de tono: "¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo!". Cambiamos posiciones; la puse de perrito, admirando su culo redondo, palmeándolo hasta dejar huellas rojas. Entré profundo, sintiendo su interior apretándome, succionándome hacia adentro. El olor a sexo llenaba el aire, espeso, animal.

Sus uñas se clavaron en mi espalda, dejando surcos ardientes que dolían rico. Sudábamos como en sauna, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Esto es el abismo, pensé, mientras mi mente se nublaba de placer. Ella gritaba palabras sucias, mexicanas puras: "¡Chíngame, pendejito! ¡Eres mío!", y yo respondía embistiéndola más duro, el colchón crujiendo bajo nosotros.

La escalada fue brutal. La volteé boca arriba, sus piernas envolviéndome la cintura, talones clavándose en mi culo. Nuestros ojos se encontraron, y ahí vi su alma: vulnerable, hambrienta, empoderada. La besé mientras la follaba lento ahora, profundo, sintiendo su clítoris hinchado rozando mi pubis. Ella temblaba, sus pechos rebotando con cada thrust, pezones rozando mi pecho velludo.

—¡Me vengo, Javier! ¡No pares! —gritó, y su coño se contrajo como puño, ordeñándome. Ese espasmo me llevó al borde. La seguí, explotando dentro de ella con un rugido gutural, chorros calientes llenándola mientras mi cuerpo convulsionaba. El placer era cegador, olas y olas, hasta que colapsamos, jadeantes, pegajosos.

El afterglow fue puro éxtasis. Yacíamos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. El aire olía a semen, sudor y paz. Ella trazaba círculos en mi piel con el dedo, sonriendo satisfecha.

—Neta, mijo, entraste a mi abismo de pasión y saliste entero —dijo, besándome el cuello.

Yo la abracé, sintiendo su calor envolviéndome como manta. Esto no es solo un polvo, pensé. Hay conexión, fuego que no se apaga fácil. Afuera, el viento susurraba entre los viñedos, prometiendo más noches así. Doña Ramona me había cambiado, me había mostrado un mundo de placer sin fin, y yo, wey, quería perderme en él para siempre.

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