Abismo de Pasión Capítulo 44 Caída en el Éxtasis
Ana sentía el calor del atardecer mexicano filtrándose por las cortinas de encaje de su villa en Playa del Carmen. El aire olía a sal marina mezclada con el dulce aroma de las buganvillas que trepaban por las paredes de adobe. Hacía semanas que no veía a Marco, su tigre particular, ese hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Abismo de Pasión Capítulo 44, pensó mientras se arreglaba frente al espejo, recordando el título que le había puesto a esta entrega de su diario secreto, donde plasmaba cada encuentro ardiente como si fuera un capítulo de telenovela prohibida.
Se había puesto un vestido ligero de algodón blanco, ceñido a sus curvas generosas, sin nada debajo. Sus pezones se marcaban sutilmente contra la tela fina, y el roce del aire acondicionado la erizaba la piel.
¿Y si llega y me come con los ojos como siempre? Ay, wey, no sé si aguanto la espera.El sonido de las olas rompiendo en la playa le aceleraba el pulso, un ritmo hipnótico que imitaba el latido de su deseo contenido.
De repente, la puerta se abrió con un chirrido suave. Marco entró, alto y moreno, con la camisa desabotonada dejando ver su pecho velludo y bronceado. Llevaba el olor a arena y sudor fresco de la playa, mezclado con su colonia picante que siempre la volvía loca. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus caderas anchas.
—Mamacita, qué chingona te ves —dijo con esa voz grave, mexicana hasta los huesos, arrastrando las palabras como si las saboreara.
Ana se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Se acercó despacio, el piso de baldosa fresca bajo sus pies descalzos contrastando con el calor que subía por su cuerpo.
—Ven aquí, carnal, que te extrañé un chingo —susurró ella, rodeando su cuello con los brazos. Sus labios se encontraron en un beso lento, húmedo, con sabor a tequila y mar. Las lenguas danzaron, explorando, mientras las manos de él bajaban a apretar sus nalgas firmes, levantándola un poco para que sintiera su dureza presionando contra su vientre.
El beso se profundizó, y Ana gimió bajito contra su boca. El mundo se redujo a ese contacto: el roce áspero de su barba incipiente en su mejilla suave, el calor de su piel salada bajo sus dedos que se colaban por la camisa. Lo empujó hacia el sofá amplio de mimbre, donde las almohadas mullidas esperaban.
Se sentaron, ella a horcajadas sobre él. Marco deslizó las tiras del vestido por sus hombros, exponiendo sus senos plenos. Los tomó en sus manos callosas, masajeándolos con devoción, pellizcando los pezones endurecidos hasta que ella arqueó la espalda con un jadeo.
—Qué ricos tetas tienes, muñeca —murmuró, bajando la cabeza para lamer uno, succionándolo con fuerza. El sonido húmedo de su boca la volvió loca, y Ana hundió las uñas en su cabello negro revuelto, tirando suavemente.
Esto es el abismo, pensó ella, caer sin fondo en su pasión. El deseo crecía como una ola, pero aún no rompía. Quería saborear cada segundo.
Marco la recostó en el sofá, el mimbre crujiendo bajo su peso. Levantó el vestido hasta su cintura, revelando su sexo depilado, ya húmedo y brillante. El aroma almizclado de su excitación llenó el aire, embriagador. Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, mordisqueando la piel sensible.
—Mírate, toda mojada por mí —dijo con una sonrisa pícara, pasando un dedo por sus labios vaginales, abriéndolos para exponer su clítoris hinchado. Ana tembló, el toque eléctrico enviando chispas por su espina dorsal.
—No seas pendejo, lame ya —rogó ella, riendo entre jadeos. Marco obedeció, su lengua plana lamiendo desde la entrada hasta el botón, círculos lentos que la hacían retorcerse. El sabor salado y dulce de ella lo enloquecía; gemía contra su piel, vibraciones que intensificaban el placer. Ana agarró las almohadas, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca, el sonido de succiones y lamidas mezclándose con sus gemidos roncos.
El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja y rosa, iluminando el sudor que perlaba sus cuerpos. Ana sentía el orgasmo acercándose, una tensión en el bajo vientre, pero Marco se detuvo justo antes, subiendo para besarla. Ella probó su propio sabor en su lengua, excitante y prohibido.
—Ahora tú —dijo ella, empujándolo para que se recostara. Le quitó la camisa, besando su pecho, lamiendo los pezones oscuros hasta que él gruñó. Bajó al cinturón, desabrochándolo con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota de precúm en la punta. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave. La masturbó despacio, viendo cómo se ponía más dura.
—Qué vergón tan choncho, mi amor —susurró, inclinándose para lamer la cabeza, saboreando la sal. Marco jadeó, sus manos en su cabello guiándola sin forzar. Ella lo tomó en la boca, succionando profundo, la garganta relajada por práctica. El sonido de su garganta trabajando, los gemidos de él, el olor masculino intenso... todo la empapaba más.
Pero no lo dejó acabar. Se subió sobre él, posicionando su entrada en la punta. Se miraron a los ojos, un momento de conexión profunda.
—Te quiero dentro, rey —dijo ella. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. El placer era abrumador, una quemadura dulce. Empezó a moverse, cabalgándolo con ritmo, sus senos rebotando, el choque de piel contra piel resonando como tambores.
Marco la agarró de las caderas, embistiéndola desde abajo, profundo y fuerte.
Esto es puro fuego, carnal, no hay vuelta atrás, pensó él, perdido en sus ojos cafés. El sudor los unía, resbaladizo; el aire cargado de sus aromas mezclados, sexo y pasión pura.
La tensión escalaba. Ana aceleró, sus uñas arañando su pecho, dejando marcas rojas. Sentía el clímax construyéndose, ondas de placer desde su clítoris hasta el fondo. Marco la volteó sin salir, poniéndola de rodillas en el sofá, penetrándola por detrás. Sus embestidas eran salvajes ahora, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, sus bolas golpeando su clítoris.
—¡Sí, así, pendejo, más duro! —gritó ella, empujando hacia atrás. Él le azotó una nalga juguetón, el escozor delicioso.
El orgasmo la golpeó primero, un estallido que la hizo convulsionar, chorros de placer mojando sus muslos. Gritó su nombre, el mundo blanco y estrellado. Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes, su verga palpitando dentro.
Colapsaron juntos, jadeantes, enredados en el sofá. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, secando su sudor. Marco la besó la nuca, suave ahora, sus manos acariciando su vientre.
—Eres mi abismo, Ana. Caigo y no quiero salir —susurró.
Ella sonrió, girando para besarlo tierno.
Capítulo 44 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 45? Solo el tiempo y esta pasión lo dirán.El mar susurraba afuera, testigo de su unión, mientras el afterglow los envolvía en paz ardiente.