La Pasionaria Flor de la Pasión
En el jardín trasero de mi casa en las afueras de Guadalajara, donde el sol besa la tierra con calidez eterna, crecía una enredadera salvaje que mi abuela llamaba pasionaria o flor de la pasión. Sus pétalos morados y blancos se abrían como bocas sedientas bajo la luna, exhalando un aroma dulce y embriagador que se mezclaba con el jazmín y la tierra húmeda. Yo, Ana, de treinta y tantos, viuda hace dos años, pasaba las tardes ahí, regando las plantas mientras el calor me hacía sudar bajo el vestido ligero de algodón. Ese día, el aire estaba cargado de electricidad, como antes de una tormenta de verano.
¿Por qué carajos sigo sola?, me preguntaba yo misma, mientras el agua corría por mis dedos y empapaba la tierra. Mi cuerpo aún ardía con anhelos que nadie había tocado desde que Raúl se fue. Neta, necesitaba sentir piel contra piel, un hombre que me hiciera olvidar el vacío.
Entonces llegó Javier, mi vecino chulo, el que siempre me guiñaba el ojo cuando nos cruzábamos en la calle. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba travesuras. Traía una botella de tequila reposado y un ramo de flores silvestres. “Órale, Ana, no me dejes plantado para la cena que prometiste”, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Lo invité a pasar, y mientras preparaba los tacos de arrachera en la cocina, el olor a carne asada y cebolla caramelizada llenaba el aire, mezclándose con su colonia fresca, como limón y madera.
Nos sentamos en la terraza al atardecer, el cielo tiñéndose de naranja y rosa. El tequila bajaba suave, calentándome las venas, aflojándome la lengua. Hablamos de todo: de la vida en el barrio, de cómo él había dejado el trabajo en la ciudad para dedicarse a su taller de motos, de mis clases de yoga que me mantenían flexible. Sus ojos cafés se clavaban en mis labios, y yo sentía el pulso acelerarse en mi cuello. Qué ganas de besarlo, wey, pensé, cruzando las piernas para calmar el cosquilleo entre ellas.
La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas. Puse música ranchera suave, y Javier me tendió la mano. “Baila conmigo, mamacita”. Su palma era áspera, callosa de tanto trabajar, y cuando me pegó a su pecho, olí su sudor limpio mezclado con el tequila. Bailamos pegados, sus caderas moviéndose al ritmo de los violines, rozando las mías. Sentí su dureza crecer contra mi vientre, y un jadeo se me escapó. “¿Estás bien?”, murmuró en mi oído, su aliento caliente como fuego.
¡No mames! Esto es lo que necesitaba. Su cuerpo duro, su olor a hombre de verdad. Ya no aguanto más.
Lo llevé al jardín, donde la pasionaria brillaba bajo la luz de la luna llena. Sus flores abiertas parecían invitarnos, pétalos temblando con la brisa nocturna. “Mira esto, Javier. La pasionaria o flor de la pasión. Dicen que quien la toca bajo la luna encuentra el amor carnal”. Él rio bajito, pero sus ojos ardían. Me besó entonces, lento al principio, sus labios carnosos probando los míos, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a tequila y a deseo puro. Mis manos subieron por su espalda, arañando la camisa húmeda de sudor.
Me quitó el vestido con urgencia, pero sin prisa, dejando que el aire fresco lamiera mi piel desnuda. Mis pechos se irguieron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada. “Eres una chulada, Ana”, gruñó, bajando la boca a uno de ellos. Su lengua giró, chupando suave, luego fuerte, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. Gemí alto, el sonido perdido en el coro de grillos y hojas susurrantes. Olía a tierra mojada, a flores abiertas, a nuestra excitación creciente.
Caímos sobre la manta que había tendido junto a la enredadera. Sus manos grandes recorrieron mis muslos, abriéndolos con ternura. “¿Quieres esto, mi reina? Dime que sí”. “Sí, pendejo, ¡claro que sí! Te quiero adentro ya”, respondí jadeante, arqueando la espalda. Él se desvistió rápido, su verga erguida, gruesa, venosa, brillando con anticipación. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí de abajo arriba, saboreando su sal, su esencia masculina, mientras él maldecía entre dientes: “¡Qué chingón, Ana!”.
Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio. Su grosor me llenaba, estirándome deliciosamente, cada centímetro rozando paredes sensibles. El roce era fuego líquido, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Subí y bajé, mis uñas clavadas en su pecho velludo, pechos rebotando con cada embestida. Sudor nos unía, resbaloso, salado al besarnos. El jardín giraba a nuestro alrededor: el aroma de la pasionaria invadiendo mis sentidos, más intenso ahora, como si las flores aplaudieran nuestro ritual.
¡Ay, Dios! Esto es puro éxtasis. Su verga me parte en dos, pero qué rico duele. Siento cada vena, cada latido. Voy a explotar.
Él me volteó, poniéndome de rodillas sobre la manta. Entró desde atrás, profundo, sus bolas golpeando mi trasero con palmadas húmedas. Agarró mis caderas, embistiendo fuerte, el sonido de carne contra carne mezclándose con mis gritos: “¡Más, Javier, no pares, cabrón!”. Una mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos rápidos, mientras la otra pellizcaba un pezón. El orgasmo me golpeó como tormenta, olas de placer convulsionándome, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó animal, hinchándose dentro, y se vino conmigo, chorros calientes inundándome, su semilla mezclándose con la mía.
Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados bajo la pasionaria. Su corazón tronaba contra mi oreja, sudor enfriándose en la brisa. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. “Neta, Ana, esto fue lo más chido de mi vida”, murmuró, acariciando mi cabello. Yo sonreí, oliendo las flores a nuestro lado, su fragancia ahora símbolo de nuestra unión.
Nos quedamos ahí hasta el amanecer, hablando bajito de futuros fines de semana, de más noches en el jardín. La pasionaria o flor de la pasión había despertado algo en mí, un fuego que no se apagaría. Javier se fue al alba, prometiendo volver esa misma noche. Yo me quedé regando las plantas, el cuerpo aún zumbando de placer, sabiendo que la vida, por fin, volvía a apasionarse.