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Novela Pasion Capitulo 3 Llamas en la Noche

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Novela Pasion Capitulo 3 Llamas en la Noche

La noche en la Ciudad de México se sentía como un abrazo caliente y pegajoso, con el olor a tacos de canasta flotando desde la calle y el rumor lejano de los cláxones en Reforma. Yo, Ana, acababa de salir del metro en Polanco, con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía dos noches que no veía a Marco, y cada capítulo de esta novela pasion capitulo 3 que vivíamos juntos me tenía más enganchada. Recordaba el anterior, cuando sus manos me exploraron por primera vez en ese bar de la Condesa, y ahora, aquí estaba, caminando hacia el rooftop de su departamento, con el vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexicana lista para la conquista.

El elevador subió despacio, y yo me miré en el espejo, ajustándome el escote. Órale, Ana, no te pongas nerviosa, wey, me dije a mí misma. Marco era ese tipo alto, moreno, con ojos cafés que te desnudaban sin tocarte, un ingeniero chido que trabajaba en una empresa de tech en Santa Fe. Nos conocimos en una fiesta de unos amigos en común, y desde entonces, era puro fuego. Pero esta vez, algo en sus mensajes me había puesto la piel chinita: "Ven, mi reina, esta noche terminamos lo que empezamos".

La puerta se abrió y ahí estaba él, con una camisa blanca desabotonada hasta la mitad, jeans ajustados y una sonrisa pícara que olía a tequila reposado.

"¡Mamacita! Al fin llegaste, ya me tenías con el alma en un hilo."
Me jaló hacia adentro, su cuerpo fuerte contra el mío, y el beso que me dio fue como un rayo: labios suaves pero firmes, lengua juguetona que sabía a limón y picante. Sentí su erección presionando mi vientre, dura y caliente, y un jadeo se me escapó mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretarme las nalgas.

Nos separamos un segundo, respirando agitados. El departamento era un sueño: ventanales del piso al techo con vista al skyline iluminado, velas parpadeando en la mesa con una botella de Don Julio y guacamole fresco. Olía a cilantro y chile, mezclado con su colonia masculina, esa que me volvía loca. Esto es el paraíso, neta, pensé, mientras él me servía un trago. Brindamos, chocando vasos, y su mirada se clavó en mis tetas, que el vestido apenas contenía.

—Cuéntame de tu día, preciosa —dijo, sentándose en el sofá de piel suave, jalándome a su regazo.

Yo me acomodé a horcajadas sobre él, sintiendo su verga palpitante bajo mis nalgas. ¡Ay, cabrón, cómo me prende! Le conté de mi trabajo en la agencia de publicidad, de lo estresante que fue lidiar con clientes pendejos, pero mi voz salía ronca, distraída por el roce de su pecho contra mis pezones endurecidos. Sus manos subían por mis muslos, lentas, explorando la piel sensible detrás de las rodillas, y yo arqueé la espalda, gimiendo bajito.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Empezamos a besarnos de nuevo, más profundo, sus dientes mordisqueando mi labio inferior mientras yo le desabotonaba la camisa. Su piel era cálida, salada al gusto, con vellos oscuros que raspaban delicioso contra mi lengua cuando bajé a lamerle el cuello.

"Eres una diosa, Ana, me tienes loco desde que te vi."
Sus palabras me encendieron más, y yo me quité el vestido de un tirón, quedando en tanguita negra y bra de encaje. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, y me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome al cuarto.

La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Marco se quitó la ropa rápido, y ahí estaba su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym: abdominales duros, verga erecta gruesa y venosa, apuntando hacia mí como una promesa. No aguanto más, lo quiero dentro ya, pensé, mientras él se arrodillaba entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar, y cuando apartó la tanga con los dientes, gemí fuerte.

Chúpame, mi amor, hazme tuya —le supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro.

Él obedeció, lengua experta lamiendo mi chochita húmeda, saboreando mis jugos que chorreaban como miel caliente. El sonido era obsceno: chapoteos suaves, mis jadeos mezclados con su ronroneo de placer. Sentía cada roce, su nariz frotando mi clítoris hinchado, dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Virgen de Guadalupe, esto es el cielo! Mi cuerpo se tensaba, caderas moviéndose solas contra su boca, el olor a sexo llenando el aire, almizclado y adictivo.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia arriba, volteándolo para montarlo. Su verga estaba a reventar, pre-semen brillando en la punta rosada. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la acerqué a mi entrada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo.

"¡Sí, cabrón, así! Fóllame duro."
Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavándose en su pecho mientras él me agarraba las caderas, guiándome con embestidas ascendentes.

El ritmo se aceleró, sudados y jadeantes. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Más, más, no pares! Él se incorporó, chupando mis pezones, mordiéndolos suave hasta que dolió rico. Cambiamos de posición: yo de rodillas, él detrás, penetrándome profundo mientras me jalaba el pelo con cariño. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, y sentí el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Esto es nuestra novela pasion capitulo 3, puro fuego mexicano, crucé por mi mente en el delirio.

—Me vengo, Ana, ¡juntos! —gruñó él, voz ronca.

Exploto primero yo, un estallido de placer que me dejó temblando, chochita contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugos empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, gruñendo mi nombre como una oración. Colapsamos, enredados, su peso reconfortante sobre mi cuerpo laxo.

El afterglow fue dulce. Nos quedamos así, besándonos perezosos, piel pegajosa de sudor enfriándose al aire nocturno que entraba por la ventana. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y amor naciente. Marco me acarició el pelo, susurrando:

"Eres lo mejor que me ha pasado, mi vida. Esto apenas empieza."

Yo sonreí, sintiendo su corazón latiendo contra el mío. Neta, esta pasión no tiene fin. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como testigos de nuestro capítulo tres, prometiendo más noches de llamas inextinguibles. Me acurruqué en su pecho, sabiendo que mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles.

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