Pasión Prohibida Capítulo 42 Fuego Oculto
El calor de la noche mexicana se colaba por las rendijas de las persianas en mi departamento de Polanco, envolviéndome como un amante impaciente. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con mi piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara, me recargaba en el sillón de terciopelo rojo. Mi esposo, ese pendejo adinerado que pasaba más tiempo en juntas que en nuestra cama, estaba de viaje otra vez. Y ahí estaba yo, sintiendo ese cosquilleo familiar en el vientre, ese que solo él despertaba. Diego, mi vecino del piso de arriba, el tipo alto, moreno, con ojos que prometían pecados deliciosos.
Todo empezó hace meses, en una fiesta de la colonia. Una mirada, un roce accidental, y de pronto, nuestra pasión prohibida se convirtió en capítulos interminables de deseo robado. Hoy, pensaba yo mientras me pasaba los dedos por el escote de mi blusa de encaje negro, sería el capítulo 42. Lo había contado en mi diario secreto, cada encuentro numerado como páginas de una novela erótica que solo nosotros escribíamos.
El sonido del ascensor zumbando en el pasillo me erizó la piel. Mi corazón latió como tambor de mariachi, fuerte y salvaje. Me levanté, ajustándome la falda corta que apenas cubría mis muslos, y abrí la puerta antes de que tocara. Ahí estaba Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho tatuado con un águila mexicana que me volvía loca.
—Órale, Ana, ¿ya no puedes esperar ni un segundo? —dijo con esa voz ronca, cargada de picardía mexicana.
Lo jalé adentro, cerrando la puerta con un clic que sonó como el disparo de una pistola en el silencio. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en su taller de motos, me rodearon la cintura. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me hacía mojarme al instante.
—Ven, mi chulo —susurré, mordiéndome el labio—, esta noche es nuestra.
Nos besamos en el umbral de la sala, sus labios carnosos devorando los míos con hambre acumulada. Sentí su lengua explorando mi boca, saboreando el tequila que me había echado para armarme de valor. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina, rozando su pecho mientras lo empujaba hacia el sofá.
En el principio de nuestra historia, todo era inocente: charlas en el elevador, risas compartidas. Pero la tensión creció como tormenta en el desierto sonorense. Recordaba el capítulo 1, cuando su mano rozó mi nalga por "accidente". Ahora, en este capítulo 42 de la pasión prohibida, el conflicto ardía en mi interior. ¿Y si mi marido se enteraba? ¿Y si esto nos destruía? Pero el deseo era más fuerte, neta, como un vicio que no quería curar.
Nos sentamos en el sofá, yo a horcajadas sobre él. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda hasta dejar mis bragas expuestas. Eran de encaje rojo, empapadas ya. Diego gruñó bajito, ese sonido gutural que vibraba en mi clítoris como un diapasón.
—Estás rica, Ana, como tamal en fiesta patronal —murmuró, mientras sus dedos trazaban círculos sobre la tela húmeda.
Yo gemí, arqueando la espalda. El aire estaba cargado del olor a nuestra excitación, almizclado y dulce, mezclado con el jazmín del difusor que tenía encendido. Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Lo desabotoné despacio, besando cada centímetro de piel revelada. Su vello oscuro raspaba mi lengua, salado al gusto.
Pero no era solo físico. En mi mente, luchaba. Esto está mal, Ana, es tu vecino, tu amigo. Pero qué chingón se siente. Diego lo notó, siempre atento a mis tormentas internas.
—Dime qué piensas, mi reina —dijo, deteniéndose para mirarme a los ojos. Sus pupilas dilatadas reflejaban las luces de la ciudad que se colaban por la ventana.
—Pienso que eres mi pecado favorito —confesé, bajando la cabeza para lamer su cuello—. Que cada vez que te tengo, olvido todo lo demás.
Él sonrió, esa sonrisa pícara de chilango callejero, y me volteó sobre el sofá con facilidad. Ahora él encima, su peso delicioso presionándome contra los cojines suaves. Bajó mi blusa, liberando mis senos plenos. Sus labios capturaron un pezón, chupándolo con fuerza mientras su mano masajeaba el otro. Sentí descargas eléctricas bajando directo a mi entrepierna, mis caderas se movían solas, buscando fricción contra su entrepierna dura como piedra.
El sonido de succión era obsceno, húmedo, mezclado con mis jadeos ahogados. "Ay, Diego, no pares, cabrón", pensé, pero solo salió un gemido ronco. Sus dedos se colaron bajo mis bragas, encontrando mi clítoris hinchado. Lo frotó en círculos lentos, torturándome. Estaba tan mojada que oí el chapoteo leve, vergonzoso y excitante a la vez.
La tensión escalaba. Lo quería dentro, ya. Pero él jugaba, experto en alargar el placer. Me quitó las bragas con los dientes, el roce de sus labios en mis muslos internos me hizo temblar. Su aliento caliente sobre mi sexo era agonía pura.
—Sabes a miel de maguey, Ana —dijo antes de hundir la lengua en mí.
¡Dios! Su lengua danzaba, lamiendo mis labios mayores, succionando el clítoris con maestría. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca. El sabor de mi propia excitación flotaba en el aire, almizcle femenino puro. Gemí fuerte, sin importarme los vecinos. Olas de placer subían por mi espina, internas como maremotos.
Pero el conflicto interno no cedía del todo. Esto es pasión prohibida, capítulo 42, y duele tan rico. Lo empujé arriba, desesperada. Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, sintiendo el calor, la dureza aterciopelada. La masturbé despacio, viendo cómo su prepucio se deslizaba, revelando el glande brillante de precúm.
—Métemela ya, mi amor —supliqué, guiándolo a mi entrada.
Diego se posicionó, frotando la punta contra mis pliegues resbalosos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso. "Qué llena estoy, qué completa", pensé mientras él gemía mi nombre. Comenzó a moverse, embestidas lentas al principio, profundas. El sofá crujía rítmicamente, sincronizado con nuestros cuerpos chocando. Sudor perló su frente, goteando sobre mis senos.
Aceleró, sus caderas pistoneando con fuerza. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando talones en su culo firme. El sonido de piel contra piel era ensordecedor, slap-slap-slap, como aplausos en un palenque. Olía a sexo crudo, a testosterona y estrógeno mezclados. Mis uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos que mañana recordaría con placer.
La intensidad crecía. Sentía el orgasmo aproximándose, como volcán en erupción. "Más fuerte, Diego, hazme tuya", grité. Él obedeció, una mano en mi clítoris frotando furioso, la otra apretando mi seno. El mundo se redujo a sensaciones: su verga llenándome, su aliento jadeante en mi oreja, el calor líquido entre mis piernas.
Exploté primero, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos. Grité, un alarido gutural mexicano, "¡Sí, cabrón, sí!". Oleadas de éxtasis me barrieron, visión borrosa, pulsos retumbando en oídos. Diego siguió, unas embestidas más, y se corrió dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar. Rugió mi nombre, colapsando sobre mí.
Quedamos así, jadeantes, enredados. El afterglow era dulce, su peso protector. Besos suaves en mi sien, caricias perezosas. El aire olía a semen y sudor, a nosotros. Limpié el desastre con besos, saboreando la sal en su piel.
—Eres mi pasión prohibida favorita, Ana —murmuró él, trazando círculos en mi vientre.
Yo sonreí, el conflicto disipado por ahora. Capítulo 42 completado. ¿Qué vendrá en el 43? Pensé, sabiendo que esta llama oculta nos consumiría felices. Afuera, la ciudad dormía, ajena a nuestro secreto ardiente.