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Pasión Prohibida IMDb

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Pasión Prohibida IMDb

El calor de la noche mexicana se colaba por las ventanas entreabiertas de la casa en Polanco, trayendo consigo el aroma a jazmines del jardín y el lejano rumor de los coches en Reforma. Yo, Ana, de treinta y dos años, me recostaba en el sillón de la sala, con el control remoto en la mano y una copa de vino tinto a medio beber. Mi marido, Luis, estaba de viaje de negocios en Monterrey por una semana entera, y la soledad me picaba como un chile habanero en la lengua. Neta, necesitaba algo que me sacara del aburrimiento.

Encendí la tele y busqué en el catálogo de streaming. Ahí estaba ella: Pasión Prohibida, esa telenovela que tanto revuelo causó años atrás. La vi en la pantalla de mi teléfono antes, chequeando la sinopsis en IMDb. "Pasión prohibida IMDb", tecleé rápido, y las reseñas hablaban de amores imposibles, cuerpos entrelazados en secreto, miradas que queman. Me late, pensé, mientras daba play. La protagonista, con sus curvas envueltas en vestidos ceñidos, besaba a su amante en una hacienda, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas. Hacía meses que no sentía eso con Luis; nuestra vida era rutina, besos castos y cama fría.

De pronto, la puerta principal se abrió con un chirrido suave. Era Javier, el hermano menor de mi marido, de treinta años, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que siempre me ha desarmado. Venía a quedarse unos días para "cuidarme", según Luis. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olía a colonia Barbasol mezclada con sudor fresco del gym.

¡Chingado, qué guapo está este pendejo!, pensé, mientras pausaba la tele. No puedo mirarlo así, es mi cuñado.

—Órale, Ana, ¿qué ves? —preguntó él, tirándose en el sillón a mi lado, tan cerca que su rodilla rozó la mía. Su voz grave vibró en mi pecho.

Pasión Prohibida, carnal. La chequé en IMDb, neta que es puro fuego prohibido —le contesté, sintiendo el pulso acelerarse. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí estaba esa chispa que siempre ha estado, desde la boda hace cinco años. Javier siempre coqueteando, yo riéndome, pero nunca cruzando la línea.

Él se acercó más, su aliento cálido en mi cuello. —Suena chido. ¿De qué va? Cuéntame mientras vemos.

Reanudé el episodio, pero ya no prestaba atención a la pantalla. Su mano descansaba casualmente en el sillón, rozando mi muslo. El vino me soltó la lengua.

—Es de una mujer casada que se enreda con el amor de su juventud. Pura pasión prohibida, como en IMDb lo pintan: besos robados, cuerpos sudados en la oscuridad.

Javier rio bajito, su risa como un ronroneo. —Suena a nosotros, ¿no? Siempre con esa tensión, Ana. Neta, desde que te vi en la boda de Luis, me prendiste.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Lo miré, sus ojos cafés oscuros devorándome. —No digas pendejadas, Javier. Somos familia.

Pero él no se movió. Su dedo trazó una línea en mi brazo, enviando escalofríos. —Familia que se desea, morra. ¿O me vas a decir que no sientes lo mismo?

Acto uno del deseo acababa de empezar, y yo ya estaba perdida.

La noche avanzó con copas que se vaciaban rápido. Hablamos de todo: de la telenovela, de cómo en Pasión Prohibida IMDb los amantes luchan contra el mundo. Javier confesó que la había visto de morrillo, fantaseando con escenas así. Yo admití que esa noche, sola, me había tocado pensando en él. ¡Qué vergüenza!, pero su mirada me animó.

Su mano en mi rodilla ahora, subiendo despacio. El calor de su palma quema a través del short de algodón. Huele a hombre, a deseo puro.

—Ana, neta que te quiero desde siempre —murmuró, su boca a centímetros de la mía. Su aliento sabía a tequila que habíamos abierto después del vino.

Lo empujé suave, pero mis manos se quedaron en su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la camisa. —Si Luis se entera...

—No se enterará. Esto es nuestro, prohibido, como en esa novela. Solo esta noche.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Me paré, fingiendo ir por hielo, pero él me siguió a la cocina. Ahí, contra la isla de granito, me acorraló. Sus labios rozaron mi oreja, su erección presionando mi cadera. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso en el cuello. Sabía salado, con un toque de sudor.

¡Ay, Javier! —jadeé, mientras sus manos subían por mi blusa, acariciando mis senos por encima del brasier. Los pezones se endurecieron al instante, sensibles como nunca.

Nos besamos entonces, un beso hambriento, lenguas enredadas como serpientes en celo. Su boca era fuego, probando mi labial de cereza y el vino residual. Lo jalé de la camisa, arrancando botones. Su piel morena, suave y firme, olía a jabón y masculinidad. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura, palpitante bajo la tela.

Qué chingona estás, gruñó él, levantándome a la isla. El granito frío contrastaba con su cuerpo caliente. Me quitó el short de un tirón, exponiendo mis bragas húmedas. Sus dedos jugaron ahí, rozando mi clítoris hinchado. ¡Dios!, las chispas subían por mi espina.

La sala quedó atrás; subimos tambaleando las escaleras, dejando un rastro de ropa. En mi cuarto, bajo la luz tenue de la luna, se desnudó. Su cuerpo atlético, verga erguida gruesa y venosa, me dejó sin aliento. Yo me quité todo, mis curvas generosas temblando de anticipación. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce.

Él me tumbó en la cama king size, besando cada centímetro: cuello, senos —mordisqueando pezones hasta que grité—, vientre, muslos. Su lengua llegó a mi coño, lamiendo despacio, saboreando mis jugos. ¡Órale, qué rico! El placer era olas, su barba raspando suave mis labios mayores.

Pienso en Luis, pero no importa. Esto es mío, pasión prohibida que merezco. Javier me come como si fuera su última cena.

Lo volteé, queriendo devorarlo. Tomé su verga en la boca, chupando la cabeza salada, bajando hasta la garganta. Él gemía, manos en mi pelo, caderas moviéndose. —¡Mamacita, qué mamada! —jadeó.

La intensidad subía. Me monté encima, guiando su polla dentro de mí. Estiré delicioso, llena hasta el fondo. Cabalgamos lento al principio, sintiendo cada roce, cada pulso. Sus manos en mis nalgas, amasando, guiándome. El sudor nos unía, resbaloso, olor a sexo puro llenando la habitación. Aceleramos, piel contra piel, slap-slap de cuerpos chocando. Mis tetas rebotaban, él las chupaba.

¡Más duro, pendejo! —le exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo como toro. El orgasmo me rompió primero, un estallido que me dejó temblando, coño apretándolo mientras gritaba su nombre. Él vino segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo.

Colapsamos, jadeantes, enredados en sábanas revueltas. Su semen goteaba lento, cálido entre mis piernas. Besos suaves ahora, caricias perezosas. El aire olía a nosotros, a clímax compartido.

—Esto fue increíble, Ana. Como en Pasión Prohibida IMDb, pero real —susurró, trazando círculos en mi espalda.

Yo sonreí, la culpa un eco lejano. —Neta que sí. Pero es nuestro secreto, carnal. Prohibido, pero chingón.

Nos dormimos así, cuerpos pegados, el amanecer filtrándose rosado. Al despertar, café humeante y promesas mudas. Luis regresaría pronto, pero algo había cambiado. Esa pasión prohibida nos marcó, un fuego que ardería en secreto, listo para encenderse de nuevo. La vida cotidiana volvía, pero con un pulso nuevo, latiendo al ritmo de lo imposible.

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