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Imágenes de Buenas Noches de Pasión

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Imágenes de Buenas Noches de Pasión

La noche en tu depa de Polanco se sentía pesada, con ese calor pegajoso de julio que se colaba por las ventanas entreabiertas. Estabas recostada en la cama king size, con el ventilador zumbando como un zumbido lejano, solo el tic-tac del reloj rompiendo el silencio. Habías terminado de ver una serie en Netflix, pero el cuerpo te pedía más, algo que te acelerara el pulso. Diego, ese wey que te volvía loca con solo una mirada, no tardó en aparecer en tu WhatsApp. "Buenas noches, ricura. ¿Lista para unas imágenes de buenas noches de pasión?", escribió, y de inmediato llegó la primera foto: él en su gym de la Roma, sin camisa, el sudor brillando en su pecho moreno, los músculos tensos como si estuviera a punto de devorarte.

Tu corazón dio un brinco.

Órale, este pendejo sabe cómo encender la mecha
, pensaste, mientras tus dedos volaban sobre la pantalla. "Muéstrame más, cabrón, que me tienes ya mojadita", respondiste, sintiendo el calor subir por tus muslos. Otra imagen: ahora en su cama, solo con bóxers ajustados, la verga marcada contra la tela, esa promesa dura y palpitante que conocías tan bien. El olor a su loción, ese mezclado con almizcle masculino, te invadió la nariz en la memoria, haciendo que te retorcieras bajo las sábanas de algodón egipcio.

La tensión crecía con cada notificación. Diego no era de los que se anda con rodeos; era directo, como buen chilango. "Ven a mi casa, o voy por ti. No aguanto más verte así de caliente en mis fotos", te mandó, adjuntando un video corto donde se tocaba despacio, el sonido de su respiración jadeante filtrándose por los audífonos. Tus pezones se endurecieron contra la camisita de tirantes, rozando la tela suave, y bajaste una mano para acariciar tu concha a través de las panties de encaje. No, espera, te dijiste, el deseo latiendo como un tambor en tu vientre. Querías sentirlo de verdad, su piel caliente contra la tuya, no solo estas imágenes que te volvían loca.

Le dijiste que sí, que ya ibas para allá en Uber. Mientras te arreglabas, el espejo te devolvía una imagen que te excitaba a ti misma: el cabello suelto y ondulado cayendo sobre los hombros, el shortcito que apenas cubría tu culo redondo, y esa blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de tus chichis. Te pusiste un poco de perfume, vainilla y jazmín, el que a él le ponía cachondo. El trayecto fue eterno, las luces de Reforma parpadeando como estrellas artificiales, tu mente reproduciendo esas imágenes de buenas noches de pasión una y otra vez: su mano envolviendo su verga, los ojos fijos en la cámara como si te follara con la mirada.

Cuando llegaste a su penthouse en la Condesa, Diego abrió la puerta en jeans rotos y nada más arriba. El aroma a tacos de suadero recién comidos flotaba en el aire, mezclado con su esencia varonil. "Al fin, mi amor", murmuró, jalándote adentro con un beso que sabía a tequila reposado y menta. Sus labios carnosos devoraban los tuyos, la lengua explorando tu boca con urgencia, mientras sus manos grandes subían por tu espalda, desabrochando el bra en un movimiento experto. Caísteis en el sofá de cuero negro, el roce fresco contra tu piel ardiente enviando chispas por tu espina.

Esto es lo que necesitaba, neta, su cuerpo pegado al mío
, pensaste, mientras él besaba tu cuello, lamiendo el hueco de la clavícula donde latía tu pulso desbocado. Sus dedos juguetones bajaron el short, encontrando tus panties empapadas. "Estás chorreando, putita mía", gruñó juguetón, ese tono ronco que te derretía. Metió dos dedos dentro, curvándolos justo en ese punto que te hacía arquear la espalda, el sonido húmedo de tu excitación llenando la sala. Olías a sexo inminente, a feromonas y deseo puro. Tú no te quedaste atrás; le bajaste el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitando en tu mano. La saboreaste con la lengua, el gusto salado de su prepucio explotando en tu paladar, mientras él gemía "¡Qué chingón, así, mámacita!".

La escalada fue gradual, deliciosa. Lo empujaste al piso, montándote a horcajadas, frotando tu concha contra su dureza a través de la tela fina. El calor de su piel te quemaba las nalgas, sus manos amasando tus chichis, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer. "Te quiero adentro, ya", jadeaste, quitándote las panties y guiándolo a tu entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, el roce de sus bolas contra tu clítoris enviando ondas de éxtasis. Empezasteis a moveros, un ritmo lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción. El sudor nos unía, resbaladizo y caliente, el slap-slap de carne contra carne sincronizándose con vuestros jadeos.

Pero no era solo físico; en tu mente bullían recuerdos. La primera vez en la playa de Puerto Vallarta, con el mar rugiendo de fondo, pensaste, mientras acelerabas, cabalgándolo como una diosa. Diego te volteó, poniéndote a cuatro patas en la alfombra persa, embistiéndote desde atrás con fuerza controlada. Sus manos en tus caderas, el azote juguetón en tu culo que te hacía gritar "¡Más, pendejo, dame más!". Olía a él por todos lados, ese musk que te volvía adicta, y el sabor de su beso cuando giraste la cabeza, lenguas enredadas en un torbellino. La tensión subía, tus paredes apretándolo, su verga hinchándose dentro. "Me vengo, amor", avisó él, y tú asentiste, el orgasmo explotando primero en ti como fuegos artificiales, olas de placer que te dejaron temblando, gritando su nombre.

Él se derramó segundos después, caliente y espeso, llenándote hasta que goteó por tus muslos. Colapsasteis juntos, respiraciones entrecortadas, el corazón martilleando al unísono. Diego te abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro, besando tu hombro. "Esas imágenes de buenas noches de pasión no se comparan con lo real, ¿verdad?", susurró, riendo bajito. Tú sonreíste, el afterglow envolviéndote como una manta tibia, el cuerpo lánguido y satisfecho.

Os duchasteis juntos después, el agua caliente cascabeando sobre vuestras pieles enrojecidas, jabón de sándalo deslizándose por curvas y músculos. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablasteis de tonterías: el próximo viaje a Oaxaca por el mole y el mezcal, o esa expo de arte en el Soumaya. Pero el deseo latía bajo la superficie, prometiendo más noches así.

Esto es vida, wey, pura pasión mexicana
, pensaste, acurrucándote en su pecho, escuchando el latido constante que te arrullaba al sueño. La ciudad zumbaba afuera, pero aquí dentro, solo existíais vosotros dos, en un mundo de toques, sabores y susurros eternos.

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