Relatos
Inicio Erotismo Que Lo Perdones Te Pido Por Tu Pasión Dolorosa Que Lo Perdones Te Pido Por Tu Pasión Dolorosa

Que Lo Perdones Te Pido Por Tu Pasión Dolorosa

7553 palabras

Que Lo Perdones Te Pido Por Tu Pasión Dolorosa

La Condesa bullía de vida esa noche con sus luces neón parpadeando como promesas rotas. Yo, Ana, me había encerrado en mi depa en la calle Amsterdam, con las cortinas corridas y un vaso de mezcal helado en la mano. El aroma dulce del agave me subía por la nariz, pero no calmaba el fuego que me quemaba por dentro. Hacía tres semanas que Javier me había dejado hecha mierda, no con golpes ni nada chueco, sino con esa pasión que duele hasta el alma. Neta, ese wey sabía cómo hacerme volar y caer al mismo tiempo.

El recuerdo me pegó fuerte: su boca devorándome el cuello, dientes hundiéndose justo lo suficiente para que el dolor se mezclara con el placer como chile en mole. ¿Por qué chingados sigo queriendo eso? me pregunté, mientras mi mano bajaba sola por mi vientre, rozando la tela ligera de mi camisón de seda. El zumbido del ventilador removía el aire cargado de mi propio olor, ese almizcle traicionero de la excitación que no se apaga.

Sonó el interfón y mi pulso se aceleró como tamborazo zacatecano. Era él. Javier, con su voz ronca filtrada por el aparato: “Ana, ábreme, carnala. Neta que necesito verte”. Dudé, pero el calor entre mis piernas decidió por mí. Lo dejé pasar, y cuando abrió la puerta, ahí estaba: camisa negra ajustada marcando sus pectorales, jeans que abrazaban sus muslos fuertes, y esos ojos cafés que me miraban como si yo fuera su última cerveza fría en el desierto.

Que lo perdones te pido por tu pasión dolorosa, murmuró apenas cruzó el umbral, su aliento cálido rozándome la oreja.

¿Lo? ¿Se refería a él mismo, a ese demonio que me había hecho llorar de rabia después de corrernos juntos? Me quedé tiesa, pero su mano ya estaba en mi cintura, atrayéndome con esa fuerza que tanto extrañaba. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, a hombre que ha caminado bajo la luna mexicana pidiendo una segunda chance.

“¿Qué wey, Javier? ¿Vienes a joder más?” le espeté, pero mi voz salió temblorosa, traidora. Él no contestó con palabras; en cambio, sus labios chocaron contra los míos como tormenta en el Popo. Su lengua invadió mi boca, saboreando el mezcal en mi saliva, y yo respondí mordiéndolo suave, recordándole quién mandaba ahora. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con urgencia, el roce áspero de sus callos contra mi piel suave enviando chispas por mi espina.

Lo empujé contra la pared del pasillo, el thump sordo de su espalda contra el yeso ahogando mi gemido. Esta vez yo controlo, pendejo, pensé, mientras le desabrochaba la camisa botón por botón, oliendo su pecho: salado, masculino, con un toque de humo de cigarro que me ponía loca. Él jadeaba, “Ana, mi reina, déjame compensarte”, y yo le arañé el torso, dejando surcos rojos que lo hicieron gruñir como tigre enjaulado.

Nos movimos al sillón de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Lo senté a la fuerza, montándome a horcajadas, mi camisón subiéndose para revelar mis muslos desnudos. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela, palpitante, caliente como tamal recién salido del comal. “Muévete despacio, cabrón”, le ordené, y él obedeció, sus caderas ondulando lento, frotándose contra mí hasta que mi humedad empapó sus jeans. El sonido húmedo de nuestra fricción, mezclado con nuestros resuellos, llenaba el aire como ranchera erótica.

Pero la tensión crecía, ese nudo en el estómago que mezcla rabia y deseo. Le quité la camisa de un tirón, lamiendo sus pezones duros, mordiéndolos hasta que él siseó de dolor-placer. Así te quiero, sufriendo como yo sufrí. Sus manos subieron por mis muslos, dedos gruesos abriéndose paso bajo el camisón, rozando mi clítoris hinchado. “Estás chorreando, Ana”, dijo con voz grave, y yo le clavé las uñas en los hombros: “Cállate y hazme gozar, wey”.

El medio acto se volvía un torbellino. Lo desvestí completo, su verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum que lamí con la lengua plana, saboreando su sal amarga. Él gimió alto, “¡Órale, qué rico tu boca!”, y yo lo chupé profundo, garganta relajada por práctica, el glug glug obsceno resonando. Pero no lo dejé acabar; me levanté, quitándome el camisón en un movimiento fluido, mi cuerpo desnudo expuesto bajo la luz tenue: pechos firmes con pezones oscuros erectos, vientre plano, panocha depilada brillando de jugos.

Javier me miró como si fuera diosa azteca, y eso me empoderó. Lo tumbé en el sillón y me senté en su cara, “Lámeme, pendejo, y hazlo bien”. Su lengua obediente se hundió en mis labios vaginales, lamiendo mi crema dulce, succionando mi botón con maestría. Sentí oleadas de placer, mis muslos temblando contra sus mejillas rasposas, su nariz frotando mi monte de Venus. Olía a sexo puro, a panocha en celo, y yo me mecía cabalgándolo, tirando de su pelo negro revuelto.

Que lo perdones te pido por tu pasión dolorosa, mi amor, balbuceó contra mi carne húmeda, vibrando mis nervios.

Ese ruego me derritió el coraje. Le perdoné en ese instante, pero lo hice sufrir más: bajé por su cuerpo, posicionándome en su verga, rozándola contra mi entrada sin penetrar. Él suplicó, “Por favor, métetela”, caderas alzándose desesperadas. Yo reí bajito, ahora sufres tú, y descendí lento, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El dolor inicial, ese ardor placentero, me hizo jadear: “¡Está cañón, wey!”.

Cabalgamos como locos, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando por nuestros cuerpos. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones con fuerza justa para que doliera rico. Yo rebotaba duro, mi culo chocando contra sus bolas pesadas, el slap slap slap como aplausos en palenque. Él se incorporó, mordiéndome el hombro, y rodamos al piso alfombrado, él encima ahora, embistiéndome profundo, mis piernas enredadas en su espalda.

La intensidad subió: “Más fuerte, Javier, hazme daño de ese que goza”, y él obedeció, nalgueándome mientras me taladraba, el escozor rojo avivando mi fuego. Gemí alto, paredes del depa testigos de mis gritos: “¡Sí, cabrón, así! ¡Me vengo!”. El orgasmo me sacudió como terremoto en la CDMX, paredes vaginales apretándolo, chorros calientes salpicando su pubis. Él rugió, “¡Ana, te amo, joder!”, y se corrió dentro, leche espesa inundándome, pulsos calientes que prolongaron mi clímax.

Quedamos jadeantes en el piso, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, el aire espeso con olor a sexo crudo y mezcal derramado. Su cabeza en mi pecho, corazón latiendo contra mi piel. Lo perdoné, neta, pensé, acariciando su pelo húmedo. Él levantó la vista, ojos suaves: “¿Me crees, mi reina? Nunca más te fallo”. Yo sonreí, besándolo suave, el sabor de nosotros en sus labios.

Nos levantamos lento, ducha juntos con agua caliente cayendo como lluvia veraniega, jabón resbalando por curvas y músculos. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de tonterías mexicanas: tacos al pastor perfectos, cumbia rebajada de fondo en mi cel. La pasión dolorosa se había transformado en algo tierno, pero ardiente aún. Mañana sería otro día, pero esa noche, en sus brazos, supe que valía la pena el perdón.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.