Abismo de Pasión Capítulo 31
El sol del atardecer en Cancún teñía el cielo de un naranja ardiente, como si el mismo firmamento se estuviera derritiendo de deseo. Alejandra caminaba descalza por la playa privada de la villa, la arena tibia aún conservaba el calor del día, acariciando sus pies como las manos ansiosas de un amante. Llevaba un pareo ligero atado a la cadera, que ondeaba con la brisa salada del mar Caribe. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal, el wey que le volvía loca con solo una mirada. ¿Cuánto más voy a aguantar esta abismo de pasión que me carcome por dentro? pensó, mientras el olor a sal y coco de su loción se mezclaba con el aroma fresco del océano.
Marco llegó en su camioneta negra, el motor rugiendo como un animal en celo antes de apagarse. Bajó con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, forjado en gimnasios de la Ciudad de México y partidos de fut en la playa. Sus ojos oscuros la buscaron de inmediato, y cuando la vio, una sonrisa pícara se dibujó en su cara. "¡Ey, mi reina! ¿Me extrañaste, o qué?", gritó, su voz grave retumbando sobre las olas suaves.
Alejandra corrió hacia él, el pareo volando, y se lanzó a sus brazos. Sus cuerpos chocaron con un impacto eléctrico, piel contra piel, el sudor ligero de él oliendo a hombre, a colonia cara y a deseo reprimido. "¡Pendejo, claro que te extrañé! Estas semanas han sido un pinche infierno sin ti", murmuró ella contra su cuello, inhalando su esencia mientras sus labios rozaban la sal de su piel. Él la levantó en volandas, girándola como si no pesara nada, y la besó con hambre, lenguas danzando en un tango húmedo y salvaje. El sabor de su boca era a tequila y menta, adictivo, haciendo que el corazón de ella latiera como tambor en fiesta.
La llevó adentro de la villa, una casa de ensueño con techos altos de palapa y muebles de madera exótica. La piscina infinita se extendía hacia el horizonte marino, pero ellos ni la miraron. Marco la depositó en el sofá de cuero suave, que crujió bajo su peso. Se arrodilló frente a ella, desatando el pareo con dedos temblorosos de anticipación. "Mírate, Alejandra, estás cañona, neta. Este cuerpo es mío esta noche", dijo, su voz ronca mientras sus manos subían por sus muslos, sintiendo la suavidad sedosa, el calor que emanaba de su centro.
Ella jadeó, el toque enviando chispas por su espina.
Es como si cada caricia abriera un nuevo capítulo en nuestro abismo de pasión capítulo 31, pensó, recordando cómo habían numerado sus noches de amor como episodios de una telenovela privada, cada uno más intenso que el anterior.Sus pechos se erguían firmes bajo el bikini diminuto, pezones endurecidos rozando la tela. Marco los liberó con un tirón juguetón, succionando uno con avidez, su lengua girando en círculos que la hicieron arquear la espalda. "¡Ay, Marco, qué rico! No pares, mi amor", gimió ella, enterrando las manos en su cabello negro revuelto, oliendo a shampoo de hierbas.
La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Él la despojó del bikini inferior, exponiendo su intimidad depilada, ya húmeda y brillante. El aire fresco de la villa contrastaba con el fuego entre sus piernas. Marco se quitó la camisa, revelando abdominales marcados, y bajó los shorts, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Alejandra la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel aterciopelada sobre acero. "Estás listo para mí, ¿verdad, cabrón?", susurró, lamiendo la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como fiera.
Pero no era solo físico; había un abismo emocional. "Te juro, Alejandra, en la Ciudad me volví loco pensando en ti. Cada noche soñaba con este momento", confesó él, su aliento caliente en su vientre mientras besaba hacia abajo. Ella lo miró, ojos vidriosos: "Yo igual, wey. Mi pinche jefe me tenía hasta la madre, pero tú eres mi escape, mi todo". Sus palabras tejían lazos invisibles, haciendo el deseo más profundo, más crudo.
Marco la tendió en el sofá, separando sus piernas con gentileza posesiva. Su lengua exploró su clítoris hinchado, lamiendo con maestría, chupando suave luego fuerte, mientras dos dedos se hundían en su calor resbaladizo. El sonido era obsceno: succiones húmedas, gemidos ahogados, el slap de su boca contra su carne. Alejandra se retorcía, uñas clavándose en sus hombros, el olor almizclado de su arousal llenando el aire. "¡Sí, ahí, no pares! Me vengo, Marco, ¡me vengo!", gritó, su cuerpo convulsionando en oleadas de placer, jugos cubriendo su barbilla.
Él se incorporó, triunfante, lamiéndose los labios. "Ahora te voy a follar como te mereces, mi chula". Ella asintió, ansiosa, guiándolo hacia su entrada. La cabeza de su verga presionó, estirándola deliciosamente, centímetro a centímetro hasta llenarla por completo. Ambos jadearon al unísono; él tan profundo, rozando ese punto que la volvía loca. Comenzaron lento, mirándose a los ojos, sintiendo cada embestida: el roce de pelvis, el sudor perlando sus cuerpos, el slap slap de carne contra carne.
La intensidad escaló. Marco la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, penetrando con fuerza animal. "¡Qué nalgas tan perfectas, pinche delicia!", gruñó, azotando suave, el sonido ecoando. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándolo, pechos balanceándose, el placer construyéndose como volcán. Este es nuestro abismo de pasión, cayendo sin fondo, sin vuelta atrás, pensó ella en éxtasis. Cambiaron posiciones: ella encima, montándolo con furia, uñas arañando su pecho, cabello cayendo como cascada. Él chupaba sus tetas, mordisqueando pezones, mientras sus caderas chocaban en ritmo frenético.
El clímax se acercaba, inevitable. "Me vengo contigo, Alejandra, ¡juntos!", rugió él, sus bolas apretándose. Ella sintió la presión en su vientre, el roce perfecto en su G-spot. "¡Sí, lléname, mi rey!", chilló, y explotaron. Su verga latió dentro, chorros calientes inundándola, mientras su coño se contraía en espasmos, ordeñándolo. Gritos, temblores, el mundo disolviéndose en blanco puro.
Colapsaron exhaustos, enredados en el sofá, piel pegajosa de sudor y fluidos. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando sus cuerpos. Marco la besó en la frente, tierno ahora. "Eres mi vida, neta. No hay abismo sin ti". Ella sonrió, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón calmarse.
Capítulo 31 cerrado, pero el próximo será aún más loco, pensó, saboreando la paz dulce del afterglow.La noche los envolvía, prometiendo más pasiones en su paraíso privado.