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Diego Velazquez Abismo de Pasion

5938 palabras

Diego Velazquez Abismo de Pasion

Entré a la galería en Polanco con el corazón latiéndome a mil, el aire cargado de ese olor a pintura fresca y madera pulida que siempre me pone la piel chinita. Era una noche de inauguración, llena de gente bien vestida, copas de vino tinto en mano, pero mis ojos se clavaron de inmediato en él: el cuadro monumental titulado Diego Velazquez Abismo de Pasion. No era solo un nombre, era una promesa. Figuras entrelazadas en tonos rojos y dorados, cuerpos arqueados en éxtasis, sombras que sugerían toques prohibidos, un abismo que te jalaba hacia adentro con solo mirarlo.

¿Qué carajos me pasa? Pienso, sintiendo un calor subiéndome por el estómago. Ese lienzo me está encendiendo como si me estuviera tocando ya.

Me acerqué más, casi rozando el terciopelo que lo protegía, cuando una voz grave y ronca me sacó del trance. "¿Te gusta? Es mi favorita también." Volteé y ahí estaba Diego Velázquez, el artista mismo, con una sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras de los ojos cafés intensos. Alto, moreno, con esa barba de tres días que gritaba macho mexicano, camisa negra entreabierta dejando ver un pecho tatuado con motivos prehispánicos. Olía a colonia amaderada mezclada con trementina, un afrodisíaco instantáneo.

"Es... hipnótico", balbuceé, sintiendo mis pezones endurecerse bajo el vestido ajustado. "Ese abismo de pasión que pintaste, se siente real, como si uno pudiera caer en él."

Se rio bajito, un sonido que me vibró en el cuerpo. "Órale, nena, qué bien lo describes. Ven, te lo muestro de cerca." Me tomó la mano, su palma cálida y áspera por los pinceles, y me llevó por un pasillo lateral hasta su atelier privado. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto éramos solo nosotros, el lienzo y el silencio cargado de promesas.

Acto uno: la chispa. Se paró detrás de mí, tan cerca que sentí su aliento en mi nuca. "Mira aquí", dijo, señalando un remolino de carne rosada. "Este es el momento en que caes, cuando el deseo te traga entero." Su dedo rozó mi brazo accidentalmente, pero no se apartó. Mi piel ardió.

¡Puta madre, Ana, contrólate! Pero no quiero, este güey me tiene mojadita ya.

Nos dimos la vuelta al mismo tiempo, ojos en ojos. "¿Sabes qué? Tú pareces salida de ese cuadro", murmuró, su voz como miel caliente. Me acorraló contra la pared, suave pero firme, y me besó. Dios, qué beso. Labios carnosos devorándome, lengua juguetona explorando mi boca con sabor a vino y hombre. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro ondulado.

Acto dos: la escalada. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza. "Estás cañón, chula", gruñó, mordisqueándome el cuello. Le arranqué la camisa, revelando ese torso esculpido, músculos tensos bajo mi tacto. Olía a sudor fresco, a deseo puro. Lo empujé al sofá de cuero viejo, me subí a horcajadas, frotándome contra su verga ya dura como piedra bajo los jeans.

"Diego... abismo de pasion, ¿verdad? Llévame ahí", le susurré al oído, lamiéndole la oreja. Se rio ronco, "Sí, mi reina, te voy a hundir tan hondo que no querrás salir." Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire. Sus ojos se oscurecieron de hambre. Chupó un pezón, duro y sensible, tirando con los dientes hasta que grité de placer.

¡Ay, wey, esto es mejor que cualquier pinche sueño! Su boca es fuego, mi clítoris palpita pidiendo más.

Le desabroché el cinturón, saqué su verga gruesa, venosa, goteando pre-semen. La apreté, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma. "Métetela, cabrón", le ordené juguetona, y él obedeció. Me levantó como si no pesara, piernas abiertas alrededor de su cintura, y me penetró de un solo empujón. ¡Joder! Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El roce de su piel contra la mía, sudor mezclándose, el slap-slap de carne contra carne llenando el atelier.

Caminó conmigo empalada, follándome contra la pared, luego en el suelo sobre una lona salpicada de pintura. Cada embestida era un latido, su verga golpeando mi punto G, jugos chorreando por mis muslos. "¡Más fuerte, Diego! ¡No pares, pendejo caliente!" gritaba yo, uñas clavadas en su espalda. Él jadeaba, "Eres mi musa, mi Diego Velazquez abismo de pasion viva. Córrete para mí, nena." El olor a sexo impregnaba todo, almizcle y sal, mezclado con el óleo del cuadro que nos observaba.

Lo volteamos, yo arriba ahora, cabalgándolo salvaje. Mis caderas girando, tetas rebotando, su mirada fija en mí como si me pintara en ese instante. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.

¡Ya viene, carajo! Este abismo me va a romper en mil pedazos de placer.
Me corrí primero, chillando, paredes vaginales apretándolo como puño, jugos salpicando. Él rugió, "¡Me vengo, puta diosa!" y se vació dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Acto tres: el resplandor. Nos quedamos tirados en el suelo, jadeando, piel pegajosa de sudor y semen. Su mano acariciaba mi cabello, besos suaves en la frente. "Eso fue... el verdadero abismo", dije riendo bajito. Él sonrió, "Y apenas empezamos, mi amor. Ese cuadro necesita más inspiración."

Me acurruqué contra su pecho, oyendo su corazón calmándose, el aroma de nosotros envolviéndonos como una manta. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en este rincón de Polanco, habíamos caído juntos en Diego Velazquez Abismo de Pasion. No era solo sexo; era conexión, arte vivo, pasión que te cambia para siempre. Y supe que volvería, una y otra vez, a ese borde delicioso.

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