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El Duelo de Pasiones Final

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El Duelo de Pasiones Final

La noche en la hacienda de las afueras de Guadalajara olía a jazmín y tequila añejo, con el eco de mariachis retumbando en el aire cálido. Ana se ajustó el vestido rojo ceñido que le marcaba cada curva, sintiendo el roce sedoso contra su piel morena. Hacía meses que no veía a Marco, ese pendejo arrogante que la había dejado con el corazón hecho trizas después de una pelea épica. Pero ahí estaba él, al otro lado del patio iluminado por faroles, con su camisa negra abierta mostrando el pecho tatuado, riendo con unas morras que lo miraban como si fuera el rey del mundo.

¿Qué chingados hace aquí? —pensó Ana, mientras un calor traicionero le subía por el vientre—. Neta, este wey me pone loca, aunque lo odie.
Ella tomó un sorbo de su margarita, el limón fresco explotando en su lengua, y decidió encararlo. Sus tacones resonaron contra las losas de cantera mientras cruzaba el patio, el bullicio de la fiesta amortiguando su pulso acelerado.

—Órale, mamacita, ¿ya te cansaste de esconderte? —dijo Marco con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés clavándose en los de ella como dagas calientes.

—Cállate, cabrón. Vine a verte la cara antes de que te lances con otra —replicó Ana, acercándose tanto que sintió su aliento a tabaco y deseo—. ¿Qué, ya no aguantas un buen pleito?

Él se rio bajito, un sonido ronco que le erizó la piel. —Este es el duelo de pasiones final, Ana. Tú y yo, sin testigos. ¿Te animas o te rajas?

El corazón de Ana latió como tamborazo. Recordaba sus duelos pasados: discusiones que terminaban en besos furiosos, cuerpos chocando en la penumbra. —Hecho, wey. Pero esta vez no me dejas con las ganas.

Se escabulleron por un pasillo lateral, el aroma de las bugambilias invadiendo sus narices. La puerta de una recámara se abrió con un chirrido suave, y entraron al cuarto tenuemente iluminado por velas. El aire estaba cargado, espeso como miel, y Ana sintió el primer roce de su mano en la cintura, un toque eléctrico que la hizo jadear.

Marco la empujó contra la pared de adobe fresco, sus labios rozando su oreja. —Te voy a hacer mía hasta que grites mi nombre, reina. —Su voz era un gruñido bajo, vibrando contra su cuello.

Ana lo miró fijo, el pecho subiendo y bajando rápido.

Pinche Marco, siempre sabe cómo encender la mecha. No le voy a dar el gusto tan fácil.
Lo apartó con fuerza juguetona, sus uñas rozando su pecho. —Primero muéstrame lo que tienes, pendejo. Desnúdate.

Él obedeció lento, desabotonando la camisa con deliberada provocación, revelando músculos tensos por el gimnasio y esa cicatriz en el abdomen que ella recordaba lamiendo en noches pasadas. El olor de su sudor fresco la mareó, mezclado con colonia picante. Ana se quitó los tacones, el suelo fresco bajo sus pies, y dejó caer el vestido en un susurro de tela, quedando en lencería negra que apenas contenía sus senos plenos.

Chingón, Ana. Sigues siendo la más rica —murmuró él, acercándose. Sus manos grandes subieron por sus muslos, ásperas por el trabajo en la construcción de hoteles de lujo, enviando chispas de placer directo a su centro.

El beso fue un estallido: lenguas batallando como en un ring, sabores a tequila y sal. Ana mordió su labio inferior, tirando de él hacia la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. Cayeron juntos, el colchón hundiéndose bajo su peso combinado, y ella se montó a horcajadas, sintiendo su dureza presionando contra su humedad creciente.

—Esto es solo el principio del duelo —jadeó ella, moviendo las caderas en círculos lentos, torturándolo. Marco gruñó, sus dedos clavándose en sus nalgas redondas, amasándolas con urgencia. El roce de su erección contra la tela delgada la hizo gemir, un sonido gutural que escapó sin permiso.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Ana bajó la cabeza, lamiendo el sudor de su cuello, saboreando la sal picante mientras él desabrochaba su brasier. Sus pezones se endurecieron al aire libre, y Marco los capturó con la boca, succionando fuerte, dientes rozando lo justo para doler rico.

¡Ay, cabrón! Me va a matar de placer —pensó ella, arqueando la espalda, el cabello negro cayendo en cascada sobre sus hombros.

Él la volteó con facilidad, quedando encima, su peso delicioso oprimiéndola. —Ahora yo mando, mi amor —dijo, bajando besos por su vientre suave, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Ana separó las piernas instintivamente, temblando cuando su lengua encontró su clítoris hinchado. Lamidas expertas, círculos húmedos, chupando como si fuera el mejor tequila del mundo. Ella se retorcía, uñas en su cabello, el sonido de sus jadeos mezclándose con el lejano eco de la fiesta.

—Más, pendejo, no pares —suplicó, las caderas elevándose para más contacto. Marco introdujo dos dedos gruesos, curvándolos adentro, frotando ese punto que la hacía ver estrellas. El calor la invadía, jugos resbalando por sus muslos, el slap slap de sus movimientos llenando la habitación.

Pero Ana no era de rendirse. Lo empujó, quitándole el bóxer con impaciencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor vivo, la piel sedosa sobre acero. —Mírame mientras te la chupo, wey —ordenó, bajando la boca. Lo engulló profundo, lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado. Marco maldijo en voz baja, joder, caderas empujando suave, pero ella controlaba el ritmo, succionando hasta la garganta, manos masajeando sus bolas pesadas.

El duelo de pasiones final escalaba. Marco la levantó como pluma, colocándola de rodillas en la cama. —Te voy a llenar, Ana. Dime que lo quieres. —Su voz ronca era pura lujuria.

—¡Sí, chingádmela toda! —gritó ella, arqueando la espalda. Él entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El llenado fue perfecto, su grosor rozando cada pared sensible. Comenzaron a moverse, embestidas profundas, piel chocando con palmadas húmedas. Ana empujaba hacia atrás, encontrando su ritmo, el sudor perlando sus cuerpos, goteando entre senos y abdomen.

El placer subía en oleadas: sus pechos balanceándose, sus manos en sus caderas guiándola, gruñidos animales saliendo de ambos. Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgando fiero, uñas en su pecho dejando marcas rojas.

Esto es lo nuestro, este fuego que no se apaga —pensó, mientras él pellizcaba sus pezones, acelerando el clímax.

—Me vengo, Marco! —chilló Ana, el orgasmo explotando como cohete, contracciones apretándolo, jugos empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, rugiendo su nombre, chorros calientes llenándola hasta rebosar, cuerpos temblando en éxtasis compartido.

Se derrumbaron exhaustos, el aire pesado con olor a sexo y pasión satisfecha. Marco la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo. —Ganamos los dos, mi reina. No más duelos.

Ana sonrió, girando para mirarlo, dedos trazando su mandíbula.

Neta, este wey es mi todo. Que se quede para siempre.
El eco de los mariachis seguía lejano, pero en esa recámara, el mundo era solo ellos, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas. La noche terminaba en paz, con el corazón latiendo al unísono.

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