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La Pasion de Cristo 2 Estreno de Pasiones

6239 palabras

La Pasion de Cristo 2 Estreno de Pasiones

Estás en la entrada del cine en Polanco, el aire de la noche mexicana cargado con el olor a palomitas calientes y perfume caro. Es el estreno de La Pasion de Cristo 2, y la alfombra roja brilla bajo las luces neón, llena de gente guapa, influencers y curiosos. Llevas ese vestido negro ajustado que te hace sentir como una diosa, la tela rozando tu piel con cada paso, acelerando tu pulso. Neta, no sabes por qué viniste sola, pero algo en el tráiler te llamó, esa intensidad religiosa mezclada con drama que te pone la piel chinita.

De repente, lo ves. Alto, moreno, con ojos que parecen prometer pecados deliciosos. Se acerca con una sonrisa pícara, su colonia invadiendo tu espacio como una caricia invisible. Órale, güey, este tipo está bien bueno, piensas mientras él te ofrece una copa de champán. "Hola, soy Marco. ¿Vienes por la fe o por el morbo?", te dice con voz grave, su aliento cálido rozando tu oreja. Tú ríes, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Un poquito de las dos, carnal. Soy Ana". Sus dedos rozan los tuyos al pasarte la copa, y es como electricidad, un toque que te hace apretar los muslos disimuladamente.

Entran juntos a la sala, el murmullo de la gente apagándose cuando las luces bajan. Te sientas a su lado, tus piernas casi tocándose, el calor de su cuerpo filtrándose a través del aire acondicionado. La pantalla cobra vida con escenas de sufrimiento y redención, pero tú no puedes concentrarte. Su mano descansa en el apoyabrazos, tan cerca que sientes el pulso en su muñeca latiendo fuerte.

"¿Qué te parece la peli?", susurra, su aliento oliendo a menta y deseo.
"Intensa... como esta noche", respondes, y tu voz sale ronca, traicionera.

Durante la proyección, la tensión crece como una tormenta. Las imágenes de pasión crística te revuelven por dentro, pero es su rodilla presionando la tuya lo que te enciende. Imaginas sus manos en tu cuerpo, explorando, mientras en la pantalla hay gritos de dolor que suenan a éxtasis. Él se inclina más, su labio rozando tu lóbulo. "No aguanto más, nena. Salgamos de aquí". Tú asientes, el corazón retumbando como tambores en una catedral. Se levantan a media función, ignorando las miradas, y salen al lobby desierto, el eco de la película siguiéndolos como un pecado compartido.

Afuera, en su coche negro reluciente, el motor ruge como tu propia excitación. Maneja rápido por las calles de la Roma, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas. Su mano sube por tu muslo, la piel erizándose bajo sus dedos ásperos pero tiernos. "Dime si quieres parar", murmura, deteniendo el auto en un estacionamiento privado con vista al skyline. "Ni madres, Marco. Quiero todo", contestas, girándote para besarlo. Sus labios son fuego, saben a champán y urgencia, la lengua danzando con la tuya en un duelo húmedo y salvaje.

El beso se profundiza, sus manos desabrochando tu vestido con maestría, exponiendo tu piel al aire fresco. Sientes sus palmas callosas en tus pechos, amasando, pellizcando los pezones hasta que gimes contra su boca. Pinche wey, sabe cómo tocar, piensas mientras bajas la cabeza a su cuello, lamiendo el sudor salado, oliendo su masculinidad pura. Él gruñe, bajándote el vestido del todo, tus bragas ya empapadas pegándose a ti como una segunda piel.

Lo empujas al asiento trasero, montándote a horcajadas. Su verga está dura como piedra bajo los pantalones, palpitando contra tu centro. La liberas con impaciencia, admirando su grosor, venoso, listo para ti. "Métemela ya", suplicas, frotándote contra él, el roce enviando chispas por tu espina. Pero él es un cabrón paciente, sus dedos colándose en tus bragas, encontrando tu clítoris hinchado. "Primero te voy a hacer venir, mi reina", dice, y sus dedos mágicos giran, frotan, penetran tu humedad resbaladiza. El sonido de tus jugos es obsceno, chapoteando en el silencio del auto, mezclado con tus jadeos.

El orgasmo te golpea como un rayo, tu cuerpo convulsionando, uñas clavándose en sus hombros mientras gritas su nombre. "¡Marco, sí, cabrón!". Él ríe bajito, lamiendo tus jugos de sus dedos. "Riquísima, Ana. Ahora sí". Te posiciona, su punta abriéndose paso en tu entrada apretada. Lentamente, te llena, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sientes cada vena, cada pulso, hasta que estás sentada en su base, unidos en lo más profundo.

Empiezas a moverte, cabalgándolo con furia, tus tetas rebotando, el choque de pieles resonando como aplausos. Él empuja desde abajo, fuerte, profundo, golpeando ese punto que te hace ver estrellas. Sudor perla vuestros cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire, almizcle y lujuria.

"Eres una diosa, neta. Tu panocha me aprieta como nunca"
, jadea él, sus manos en tus caderas guiando el ritmo. Tú respondes acelerando, sintiendo el clímax construyéndose de nuevo, una ola imparable.

Pero él te gira de repente, poniéndote de rodillas en el asiento, el cuero pegajoso bajo tus palmas. Entra por detrás, salvaje, sus bolas chocando contra tu clítoris con cada embestida. "¡Más duro, pendejo!", exiges, y él obedece, follándote como si el mundo se acabara. El auto se mece, las ventanas empañadas por vuestros alientos entrecortados. Sientes su mano bajando a tu botón, frotando en círculos mientras te penetra sin piedad.

El segundo orgasmo te destroza, tu coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. "¡Me vengo, Marco!". Él ruge, hinchándose dentro, y se corre con un gemido gutural, chorros calientes llenándote, goteando por tus muslos. Colapsan juntos, jadeantes, su cuerpo pesado sobre el tuyo, besos suaves en tu nuca.

Después, en la quietud, él te envuelve en su chamarra, el corazón aún latiendo al unísono. Miran las luces de la ciudad, el eco de La Pasion de Cristo 2 estreno como un recuerdo lejano pero catalizador. "Esto fue mejor que cualquier película", murmuras, riendo bajito. Él asiente, acariciando tu cabello. "Y apenas empieza, mi amor. ¿Repetimos?". Tú sonríes, sabiendo que sí, que esta pasión recién nacida promete noches eternas de éxtasis compartido.

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