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Pasiones Desatadas de los Personajes de la Pasion de Cristo

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Pasiones Desatadas de los Personajes de la Pasion de Cristo

Ana se ajustó la túnica raída que le habían dado para el ensayo de la Pasión. El sol de la tarde en aquel pueblo de Jalisco caía a plomo sobre la plaza, haciendo que el aire oliera a tierra seca y a incienso de las procesiones pasadas. Ella interpretaría a María Magdalena, esa figura misteriosa y sensual de las historias bíblicas, siempre al pie del cruzado, con ojos llenos de devoción y algo más profundo, algo que las escrituras no contaban del todo. Neta, qué chido papel, pensó, mientras se pasaba la mano por el cabello negro y largo, empapado en sudor.

Luis, el wey que hacía de Dimas, el buen ladrón, la miró desde el otro lado del escenario improvisado. Alto, moreno, con esa barba incipiente que le daba un aire rudo pero tierno, como si fuera un personaje sacado directo de personajes de la Pasion de Cristo, de esas películas que ponían en Semana Santa. Sus ojos cafés se clavaron en las curvas de Ana bajo la tela ligera, y ella sintió un cosquilleo en la piel, como si el viento caliente le lamiera las piernas. "¡Ey, Magdalena! ¿Listos para sufrir por nuestros pecados?", gritó él con una sonrisa pícara, guiñando un ojo.

Ana rio, sintiendo el calor subirle por el cuello. "¡Pendejo! Tú eres el ladrón, no yo. Pero neta, estos personajes de la Pasion de Cristo esconden unas pasiones que ni te imaginas". El resto del elenco se dispersó, pero ellos se quedaron recogiendo las cruces de madera y las coronas de espinas falsas. El silencio de la plaza vacía se llenó con el zumbido de las cigarras y el eco distante de una guitarra ranchera. Sus manos se rozaron al pasar una soga, y Ana olió su aroma: jabón barato mezclado con sudor masculino, puro y embriagador.

La tensión creció como una tormenta de verano. Luis se acercó más, su aliento cálido en la oreja de ella. "

¿Sabes? Siempre me imaginé a Magdalena como una mujer con fuego adentro, no solo lágrimas
", murmuró, su voz ronca como grava. Ana giró el rostro, sus labios a centímetros de los de él. El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho que ahogaba el mundo. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien, pensó, mientras sus dedos trazaban la línea de su mandíbula, áspera al tacto.

Se besaron allí mismo, bajo la sombra de la cruz de palo. Los labios de Luis eran firmes, con sabor a chicle de canela y sal del sudor. Ana gimió bajito, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su pecho musculoso a través de la túnica. Sus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas redondas, y ella arqueó la espalda, el roce de la tela contra sus pezones endurecidos enviando chispas por su espina. El aire se cargó de su aroma compartido: piel caliente, excitación creciente, un leve dulzor de anticipación.

Caminaron tambaleándose hacia la sacristía abandonada detrás de la iglesia, la puerta crujió al abrirse, liberando un olor a madera vieja y velas apagadas. Adentro, la luz mortecina de una ventana alta pintaba rayas doradas en sus cuerpos. Luis la empujó suavemente contra la pared, sus bocas devorándose con hambre. "Te quiero, carnala", jadeó él, deslizando las manos bajo su túnica, acariciando la piel suave de sus muslos. Ana tembló, el toque como fuego líquido subiendo por sus venas. Sus uñas se clavaron en sus hombros, rasgando la tela.

Se quitaron las túnicas con urgencia, revelando cuerpos desnudos y brillantes de sudor. Ana admiró el torso de Luis, velludo en el pecho, con músculos que se contraían al ritmo de su respiración agitada. Él besó su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula, saboreando el salado de su piel. Ella bajó la mano, envolviendo su verga dura y palpitante, gruesa y caliente en su palma. "Qué rica verga tienes, wey", susurró, masturbándolo lento, sintiendo las venas latir bajo sus dedos. Luis gruñó, un sonido gutural que vibró en su garganta, mientras sus dedos exploraban entre las piernas de ella, encontrando su clítoris hinchado y húmedo.

La sentó en un banco de madera pulida por años de oraciones, abriéndole las piernas con gentileza. Su lengua trazó un camino desde su ombligo hasta su monte de Venus, oliendo su excitación almizclada, dulce como miel de maguey. Ana jadeó, el roce de su barba raspando sus muslos internos, mientras él lamía sus labios mayores, chupando con devoción.

Es como si fuera el ladrón robándome el alma con cada lamida
, pensó ella, sus caderas moviéndose solas, presionando contra su boca. El sonido húmedo de su lengua la volvía loca, mezclado con sus gemidos ahogados.

No aguantó más. Lo jaló hacia arriba, guiándolo dentro de ella. Luis entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento delicioso, su calor envolviéndola como un guante de terciopelo ardiente. Él empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el choque de piel contra piel resonando en la sacristía como un tambor profano. Sus pechos rebotaban con cada thrust, pezones rozando su pecho velludo, enviando descargas eléctricas directo a su centro.

La tensión escalaba, sus cuerpos sudorosos resbalando uno sobre el otro. Luis aceleró, sus manos amasando sus tetas, pellizcando los pezones con justo el dolor que ella amaba. "¡Sí, cabrón, así! ¡Más fuerte!", rogó Ana, sus uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y primal, mezclado con el incienso residual. Ella sentía su orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, mientras él gruñía su nombre como una plegaria.

El clímax la golpeó primero, un estallido de luz blanca detrás de sus ojos cerrados. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras ondas de placer la sacudían entera. Luis la siguió segundos después, embistiendo una última vez profunda, derramándose dentro de ella con un rugido animal, su semen caliente inundándola. Se quedaron unidos, jadeando, el sudor goteando de sus frentes al suelo de piedra fría.

Después, se recostaron en el banco, cuerpos entrelazados, el corazón de él latiendo contra el de ella como un solo pulso. Ana trazó círculos perezosos en su pecho, inhalando su olor post-sexo: satisfecho, terrenal. "

Como si fuéramos personajes de la Pasion de Cristo, pero con un final feliz y culero
", bromeó ella, riendo bajito. Luis la besó en la frente, su mano acariciando su cabello. "Neta, Ana, esto no fue pecado. Fue pura bendición".

Salieron al atardecer, la plaza ahora bañada en rosas y naranjas, el aire fresco oliendo a jazmines del jardín parroquial. Caminaron de la mano, sintiendo el eco de su unión en cada paso. Ana miró la cruz aún puesta en el escenario y sonrió. Aquellos personajes de la Pasion de Cristo habían cobrado vida en ellos, pero con pasiones desatadas, libres y consentidas. Mañana ensayarían de nuevo, pero ahora sabían que detrás de las túnicas había fuego vivo, listo para arder otra vez.

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