Te Amo Con Locura Y Pasion
La brisa del mar de Puerto Vallarta me acaricia la piel mientras camino por la playa al atardecer. El sol se hunde en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en las olas suaves. Huelo la sal del Pacífico mezclado con el aroma dulce de las buganvillas que trepan por las palapas cercanas. Mi corazón late fuerte, neta, porque sé que estás esperándome. Javier, mi amor, el que me hace sentir viva con solo una mirada.
Llevamos meses separados por tu pinche trabajo en la ciudad, pero hoy volviste. Te veo de pie junto a la orilla, con esa camisa blanca abierta que deja ver tu pecho bronceado por el sol mexicano. Tus ojos oscuros me buscan, y cuando nuestras miradas se cruzan, sientes esa corriente eléctrica que siempre nos une. Caminas hacia mí con esa sonrisa pícara, la que dice tanto te extrañé, morra.
—¡Órale, qué chula te ves con ese vestido ligero! —dices, tu voz ronca como el rugido lejano de las olas.
Me abrazas fuerte, tus manos grandes rodean mi cintura y me pegas a tu cuerpo. Siento tu calor a través de la tela fina, el latido de tu corazón contra mis tetas. Hueles a loción de coco y a hombre, ese olor que me enloquece. Mis manos suben por tu espalda, arañando suave, y susurro en tu oído:
Te amo con locura y pasión, Javier. No sabes cuánto te he necesitado.
Nos besamos ahí mismo, con la arena tibia bajo los pies. Tus labios son urgentes, saben a tequila y a sal del mar. Mi lengua busca la tuya, danzando lento al principio, luego con hambre. El mundo se desvanece: solo existimos tú y yo, el sonido de las gaviotas y el romper de las olas como banda sonora de nuestro reencuentro.
Me tomas de la mano y me llevas a nuestra cabaña de playa, esa que rentamos cada año. Adentro, las luces tenues de las velas parpadean, iluminando la cama king size con sábanas blancas revueltas. Cierras la puerta con un clic que suena como promesa. Tus ojos recorren mi cuerpo, deteniéndose en mis caderas, en mis piernas morenas.
—Quítate eso, carnal, déjame verte —murmuras, con esa voz que me pone la piel chinita.
Me desabrocho el vestido despacio, dejando que caiga al piso como una cascada de seda. Quedo en tanga negra y nada más. Tus pupilas se dilatan, respiras hondo. Te acercas, tus dedos trazan mi clavícula, bajan por mis pechos, rozando los pezones que se endurecen al instante. Un gemido escapa de mi garganta, bajo y gutural.
Pienso en todas las noches que te soñé así, tocándome con esa devoción. Neta, Javier, me traes loca. Tus manos bajan a mi culo, amasándolo firme, y me jalas contra ti. Sientes mi calor a través de tus shorts, mi humedad creciendo. Nos besamos de nuevo, mordiéndonos los labios, el sabor metálico de la sangre mezclándose con nuestra saliva.
Te empujo hacia la cama, riendo juguetona. —Hoy mando yo, pendejo —te digo, montándome a horcajadas sobre tus caderas. Tus manos suben por mis muslos, ásperas por el trabajo, pero tiernas conmigo. Me inclino para morderte el cuello, lamiendo el sudor salado que ya perla tu piel. Hueles a deseo puro, a feromonas que me marean.
Te quito la camisa, besando cada centímetro de tu torso musculoso. Tus abdominales se contraen bajo mi lengua, y gimes mi nombre: Ana, Ana. Bajo más, desabrocho tus shorts y libero tu verga dura, palpitante. La miro, gruesa y venosa, con esa gota de precum brillando en la punta. La acaricio lento, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado como el mío.
—Chúpamela, mi reina —suplicas, con la voz quebrada.
Obedezco, porque me encanta verte perder el control. La meto en mi boca, saboreando el gusto salado y almizclado. Mi lengua rodea la cabeza, chupando suave, luego profundo hasta la garganta. Tus manos enredan en mi pelo, guiándome sin forzar. Los sonidos que emites —gruñidos roncos, jadeos— me empapan más. Siento mi tanga pegajosa contra mi clítoris hinchado.
Pero no te dejo acabar todavía. Me levanto, me quito la tanga y me siento en tu cara. —Lámeme, amor —te ordeno, y tú lo haces con ganas. Tu lengua experta separa mis labios, lamiendo mi jugo dulce y espeso. Saboreas mi clítoris, chupándolo como fruta madura. Mis caderas se mueven solas, frotándome contra tu boca barbuda que raspa delicioso. El placer sube en oleadas, mis muslos tiemblan, huelo mi propia excitación mezclada con tu sudor.
Te amo con locura y pasión, pienso mientras me corro en tu boca, gritando tu nombre al viento que entra por la ventana abierta. El orgasmo me sacude entera, luces explotando detrás de mis párpados cerrados.
Aún temblando, bajo por tu cuerpo y te monto. Tu verga entra en mí de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. Somos uno, piel contra piel resbalosa. Empiezo a cabalgarte lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Tus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mandándome chispas directo al coño.
—¡Más rápido, Ana! ¡Neta, estás cañón! —gimes, tus caderas subiendo para clavártela más hondo.
Acelero, el slap slap de nuestros cuerpos chocando llena la habitación, junto con mis alaridos y tus maldiciones sucias. Siento el orgasmo construyéndose otra vez, como una tormenta en el Pacífico. Tus ojos clavados en los míos, sudando, con el pelo pegado a la frente.
—Te amo con locura y pasión —me dices entre dientes, y eso me deshace.
Me corro de nuevo, apretándote con fuerza, ordeñándote. Tú explotas dentro de mí, chorros calientes inundándome, tu grito ronco como un trueno. Nos quedamos quietos, jadeando, tu semen goteando por mis muslos mientras te abrazo fuerte.
Caemos de lado, enredados en las sábanas húmedas. Tus dedos trazan círculos en mi espalda, calmando el fuego que aún arde bajo mi piel. Afuera, la noche ha caído, las estrellas brillan sobre el mar negro. Huelo nuestro sexo en el aire, ese perfume íntimo y crudo.
—No me sueltes nunca más, Javier —susurro, besando tu pecho salado.
—Nunca, mi vida. Eres todo para mí.
Nos quedamos así, escuchando las olas eternas, sabiendo que este amor loco y apasionado nos une para siempre. Mañana el sol saldrá de nuevo, pero esta noche es nuestra, pura pasión mexicana, caliente como el chile y dulce como el mango.