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Cuáles Son Las Pasiones del Alma en la Piel

6698 palabras

Cuáles Son Las Pasiones del Alma en la Piel

La noche en Polanco olía a jazmín y tequila reposado, ese aroma que se te mete en la nariz y te despierta algo primitivo. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, bailaba sola en la pista del bar, sintiendo el ritmo de la salsa retumbar en mi pecho como un corazón acelerado. Hacía calor, el tipo de calor que hace que el sudor perle en tu escote y te haga sentir viva, deseada. No buscaba nada esa noche, solo soltar el estrés de la chamba en la oficina, pero entonces lo vi. Javier, alto, con esa camisa blanca entreabierta que dejaba ver un pecho moreno y musculoso, ojos negros que brillaban como obsidiana bajo las luces neón.

Se acercó con una sonrisa pícara, ese guiño de mexicano neto que dice "yo te cazo, nena". "¿Bailas conmigo, güey?" me dijo, extendiendo la mano. Su voz era grave, ronca, como el trueno lejano antes de la lluvia. Tomé su mano, piel cálida y áspera, de quien trabaja con las manos pero también piensa hondo. Nos movimos al ritmo, sus caderas pegadas a las mías, el roce de su muslo contra mi falda subiendo como electricidad. Olía a colonia cara mezclada con sudor masculino, un olor que me hacía cerrar los ojos y morder mi labio. En mi mente, una voz susurraba: ¿Cuáles son las pasiones del alma? ¿Este fuego que me quema por dentro?

Al final de la canción, me invitó un trago. Nos sentamos en una mesa apartada, el hielo tintineando en los vasos de margarita. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que no duerme, de cómo el DF te come viva si no sabes esquivarla. Él era arquitecto, yo publicista, pero en sus ojos vi algo más profundo. "La neta, Ana, la vida es corta pa' andar de pendejos reprimidos", dijo riendo, su mano rozando la mía accidentalmente. Ese toque fue como una chispa, mi piel erizándose, el pulso latiendo fuerte en mi cuello. Sentí un calor húmedo entre mis piernas, ese deseo que empieza sutil pero crece como marea.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche secando el sudor de nuestra piel. Su departamento estaba cerca, en una torre con vista al skyline. "Ven, te enseño algo chido", murmuró, y yo, con el corazón en la garganta, lo seguí. Subimos en el elevador, solos, el espejo reflejando nuestras siluetas pegadas. No aguanté más: me volteé y lo besé. Sus labios eran firmes, sabían a sal y limón, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Gemí bajito, mis manos en su nuca, tirando de su cabello oscuro y ondulado.

¿Cuáles son las pasiones del alma? Esta que me hace temblar, que me hace querer fundirme en él.

Entramos a su depa, la puerta cerrándose con un clic que sonó como promesa. Las luces bajas pintaban su piel de dorado, y él me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi espina dorsal, bajando hasta mis nalgas. "Eres una chulada, Ana, mira cómo te pones", susurró, su aliento caliente en mi oreja. Me quedé en lencería negra, pechos subiendo y bajando rápido, pezones duros rozando el encaje. Él se desvistió, su cuerpo atlético revelándose: abdomen marcado, verga ya semi erecta, gruesa y venosa, palpitando por mí.

Nos besamos de nuevo, tumbados en su cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Sus manos masajeaban mis tetas, pellizcando suave los pezones, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el olor de mi propia excitación llenando el aire, almizclado y dulce. Bajó la boca a mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta dejar marcas rojas. "Te quiero probar toda, mi reina", dijo con voz ronca, y yo abrí las piernas, invitándolo.

Su lengua en mi coño fue éxtasis puro. Lamía despacio al principio, saboreando mis labios hinchados, chupando el clítoris con succiones expertas que me hacían jadear. El sonido era obsceno: slurp slurp mezclado con mis "¡Ay, cabrón, qué rico!". Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar frotaba arriba. Mi cuerpo convulsionaba, jugos corriendo por sus manos, el sabor de mí en su boca cuando subió a besarme. Lo probé en sus labios, salado y mío, y eso me volvió loca.

Lo empujé boca arriba, queriendo mi turno. Monté su cara primero, restregando mi coño mojado contra su lengua, mis manos en las sábanas arrugadas. Luego bajé, tomando su verga en la mano: caliente, dura como hierro, venas pulsando. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñía, "¡Qué chingona chupas, Ana! No pares", sus caderas embistiendo suave. El olor de su sexo era embriagador, masculino y crudo.

No aguantamos más. Me puse a horcajadas sobre él, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El primer movimiento fue lento, sintiendo cada centímetro rozar mis paredes internas, mi clítoris frotando su pubis. Aceleramos, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. El sonido de piel contra piel: plap plap plap, mis gemidos altos, sus "¡Sí, mámale así!". Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, sus manos en mis caderas, embistiendo profundo, bolas golpeando mi clítoris. Alcancé el orgasmo primero, un tsunami que me hizo gritar, coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando.

Él siguió, volteándome para mirarnos a los ojos. "¿Cuáles son las pasiones del alma, Ana? Esta, que nos une así", jadeó, y yo respondí con un beso feroz. Se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, pegajosos y exhaustos, el aire pesado con olor a sexo y pasión satisfecha.

Despertamos al amanecer, luz filtrándose por las cortinas, su brazo alrededor de mi cintura. Me besó la frente, suave. "Eres increíble, carnala", murmuró. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, sus manos enjabonando mi piel, besos lentos bajo la regadera. Salimos a desayunar en un café cercano, tortas de chilaquiles y café de olla, riendo de la noche. En mi mente, la pregunta resonaba: cuáles son las pasiones del alma. Ahora lo sabía: las que se sienten en la piel, en el alma entrelazada con el cuerpo del otro.

Nos despedimos con promesa de más, su mano en mi mejilla, ojos prometiendo fuego eterno. Caminé por las calles soleadas, el cuerpo aún vibrando, un secreto dulce entre mis piernas. La vida en el DF acababa de volverse infinitamente más chida.

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