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Emojis de Pasion que Encienden la Noche

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Emojis de Pasion que Encienden la Noche

Me encontraba en mi depa en la Condesa, con el ruido de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta. Era una noche de viernes cualquiera en el DF, pero yo, Ana, de treinta y dos años, soltera y harta de la rutina de oficina, necesitaba algo que me sacara del hastío. Agarré mi cel y abrí WhatsApp. Ahí estaba el chat con Marco, un tipo que había conocido en una expo de arte hace meses. No habíamos pasado de mensajes casuales, pero esa noche le mandé un emoji de fuego 🔥 seguido de un corazón latiendo ❤️.

¿Qué carajos estoy haciendo? pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Su respuesta llegó en segundos: un beso ardiente 💋 y un diablito 😈. Esos emojis de pasion me erizaron la piel. Neta, era como si sus dedos me rozaran el cuello desde la pantalla. "Ven a verme, mamacita. Te extraño ese culito tuyo", escribió. Reí bajito, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. "¿Y si sí voy? ¿Qué me das a cambio?", le contesté con un guiño 😉. La tensión crecía con cada notificación. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con el café que acababa de preparar, y el calor de mi cuerpo empezaba a humedecer mis panties de encaje.

Media hora después, estaba en un taxi rumbo a su casa en Polanco. El tráfico era un desmadre, pero cada semáforo en rojo me daba chance de imaginarlo: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me había vuelto loca en la expo. Cuando llegué, abrió la puerta en playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que dejaban poco a la imaginación. "¡Pinche Ana, qué buena estás!", dijo abrazándome fuerte. Su olor a colonia cítrica y hombre me invadió, y sus manos grandes en mi cintura me apretaron justo donde dolía la necesidad.

Entramos a su sala minimalista, con luces tenues y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. "Esos emojis de pasion que me mandaste me pusieron como loco", murmuró, rozando mi oreja con los labios. Su aliento cálido me erizó los vellos de la nuca. Le di un trago a la chela que me ofreció, el amargor fresco bajando por mi garganta mientras sus dedos jugaban con el borde de mi falda corta.

"¿Quieres que te muestre lo que me provocan?", susurró, y yo solo asentí, con la boca seca y el corazón tronando como tamborazo zacatecano.

La beso fue inevitable. Sus labios carnosos se apoderaron de los míos, saboreando a cerveza y deseo puro. Nuestras lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por mis muslos, abriéndose paso bajo la tela. Gemí contra su boca cuando sus dedos encontraron mi humedad. "Estás chingón mojada, mi reina", dijo con voz ronca, y yo reí entre jadeos. "Tú me pusiste así con tus emojis de pasion, cabrón". Lo empujé suave al sofá y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que ya presionaba contra los jeans. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando más.

Acto dos de esta noche loca: nos quitamos la ropa como si quemara. Su playera voló, revelando un torso tatuado con un águila real que me daban ganas de lamer. Yo me desabroché el brasier, mis tetas liberadas rebotando libres. Él las tomó, chupando un pezón con hambre, el sonido de succión húmeda llenando la habitación. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que hace que las rodillas flaqueen. Bajé la mano a su bragueta, liberando su miembro grueso, venoso, palpitante. "¡Qué chulada de pito!", exclamé, acariciándolo lento, sintiendo la piel suave sobre la rigidez de acero. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.

Me recostó en el sofá, besando mi ombligo, bajando hasta mi entrepierna. Separó mis labios con los dedos, sopló suave sobre mi sexo expuesto, y yo arqueé la espalda. "Sabes a miel, Ana", murmuró antes de meter la lengua. El placer era una ola: lamidas largas, círculos en el clítoris, succiones que me hacían ver estrellas. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave mientras gemía "¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso!". El sonido de mi humedad chupada por su boca era obsceno, excitante. Mi primer orgasmo llegó rápido, convulsionando, mis jugos cubriendo su barbilla. Él sonrió, lamiéndose los labios. Neta, este hombre sabe lo que hace, pensé en el vértigo del clímax.

Pero no paró ahí. Me levantó en brazos como si nada –fuerte el carnal– y me llevó a su cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me puso a cuatro patas, admirando mi culo redondo. "Este trasero me trae loco desde la expo", dijo, dándome una nalgada juguetona que resonó. El ardor dulce se expandió. Se colocó atrás, frotando su verga contra mis nalgas, untándome su pre-semen caliente. "¿Quieres que te coja, mi amor?", preguntó con voz temblorosa de contención. "¡Sí, métemela ya, Marco! Hazme tuya", rogué, empinando más.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El grosor me llenaba, tocando spots que me hacían jadear. Empezó a bombear, primero suave, el slap-slap de piel contra piel marcando ritmo. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa. Sudor nos cubría, goteando, mezclando sal en nuestros besos. Cambiamos: yo encima, montándolo como amazona, mis tetas rebotando con cada bajada. Él las amasaba, pellizcando pezones. "¡Eres una diosa, Ana! Córrete conmigo", gruñó. La intensidad subía: mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. El olor a sexo puro impregnaba el aire, sonidos de gemidos y carne chocando como sinfonía erótica.

El clímax nos golpeó juntos. Yo grité su nombre, olas de placer desgarrándome, contrayéndome alrededor de él. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, su rugido animal en mi oído. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Respirábamos agitados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros.

En el afterglow, me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. "Esos emojis de pasion fueron el detonante perfecto", susurré, besando su piel salada. Él rio bajito. "Neta, Ana, contigo quiero más que mensajitos. ¿Repetimos en la vida real?". Sonreí, sintiendo una calidez nueva, no solo física. La ciudad seguía rugiendo afuera, pero adentro, en esa cama, habíamos creado nuestro propio mundo de fuego y ternura.

Me dormí oliendo a él, saboreando el eco de la pasión en mi lengua, con la promesa de más noches así. Porque a veces, un simple emoji enciende todo.

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