El Color de la Pasion Capitulo 113
Valeria se recargó en el balcón de su departamento en la Zona Rosa de Guadalajara, con el sol del atardecer tiñendo el cielo de un rojo intenso, como si el mundo entero ardiera en el color de la pasion. El aire traía el aroma dulce de las jacarandas en flor, mezclado con el humo lejano de algún asador callejero. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada por el calor, delineando sus curvas generosas. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante secreto, ese hombre que la volvía loca con solo una mirada. ¿Dónde carajos estás, cabrón? pensó, mientras mordía su labio inferior, imaginando sus manos ásperas recorriéndole la espalda.
El sonido de la llave en la cerradura la sacó de su ensimismamiento. Marco entró, alto y moreno, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Traía el olor a tierra y sudor de un día en la obra, mezclado con su colonia barata que a ella le parecía el afrodisíaco más potente. "¡Mamacita!", exclamó con esa voz grave que le erizaba la piel. "Te extrañé verga". Valeria se giró, su corazón latiendo como tambor en fiesta patronal. Sus ojos se encontraron, cargados de esa hambre que no se sacia con palabras.
Se acercó despacio, como si midiera cada paso para alargar la tortura. Ella sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara. "Marco... pinche hombre, me tienes loca", murmuró, mientras él la tomaba por la cintura, atrayéndola contra su dureza ya evidente bajo los jeans. Sus labios se rozaron primero, un beso suave, exploratorio, saboreando el salado de su piel. El mundo se redujo a eso: el roce de sus lenguas, el gemido bajo que escapó de su garganta, el pulso acelerado que sentía en su cuello.
Esto es mejor que cualquier telenovela, pensó Valeria. Como si estuviéramos en el color de la pasion capitulo 113, donde todo explota en pasión desbocada.
Marco la levantó en brazos sin esfuerzo, llevándola al sillón de cuero negro que crujió bajo su peso. La sentó a horcajadas sobre él, sus manos grandes subiendo por sus muslos, arrugando el vestido hasta dejarlo enredado en su cintura. "Quítatelo, güey, déjame verte", ordenó con esa mezcla de ternura y mando que la derretía. Valeria obedeció, levantando los brazos, sintiendo el aire fresco contra sus pechos desnudos, los pezones endureciéndose al instante. Él los miró con devoción, como si fueran lo más hermoso del pinche universo.
Sus bocas se fundieron de nuevo, más urgentes. La lengua de Marco exploraba su boca con maestría, saboreando el dulzor de su gloss de fresa. Ella metió las manos por su camisa, arañando ligeramente su espalda, oliendo ese aroma macho que la mareaba. "Te quiero tanto, carnal", jadeó él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Un escalofrío la recorrió entera, directo a su entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando sus bragas de encaje.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Marco deslizó una mano entre sus piernas, rozando el algodón húmedo. "Estás chingada de mojada, mi amor", rio bajito, ese sonido ronco que vibraba en su pecho. Valeria arqueó la espalda, presionándose contra sus dedos. "No pares, pendejo, tócame ya". Él obedeció, apartando la tela a un lado, sus dedos gruesos encontrando su clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos lentos, tortuosos, mientras ella gemía sin control, el sonido rebotando en las paredes del departamento.
El tacto era eléctrico: la aspereza de sus yemas contra su suavidad resbaladiza, el calor de su palma cubriéndole el monte de Venus. Valeria cerraba los ojos, inhalando su olor, ese mezcla de sudor y deseo que la volvía animal. Internamente luchaba: Esto es loco, estamos casados con otros, pero ¿a quién le importa? Esto es nuestro, puro fuego. Marco la miró a los ojos, deteniendo su mano un segundo. "¿Estás bien, reina? Dime si quieres parar". Ella negó con la cabeza, feroz. "Al contrario, dame más, cabrón. Te necesito adentro".
Él se desabrochó los jeans con prisa, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando de anticipación. Valeria la tomó en su mano, sintiendo el calor vivo, la suavidad de la piel sobre la dureza de acero. La acarició de arriba abajo, oyendo sus gruñidos guturales. "Qué rica la tienes, Valeria. Mámamela, porfa". Ella se bajó del sillón, arrodillándose entre sus piernas. El suelo frío contra sus rodillas contrastaba con el fuego de su boca al engullirlo. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen, el olor almizclado invadiendo sus fosas nasales.
Marco enredó los dedos en su cabello largo, guiándola sin forzar, solo acompañando el ritmo. "Sí, así, mi chula... qué chingón se siente". Ella succionaba con avidez, la saliva resbalando por su barbilla, el sonido obsceno de succión llenando el aire. Pero la necesidad era mutua; él la levantó pronto, volteándola sobre el sillón, de espaldas. "Voy a cogerte como te mereces", prometió, posicionándose detrás. El glande rozó su entrada, untándose en sus jugos, y luego empujó despacio, centímetro a centímetro.
Valeria gritó de placer, el estiramiento delicioso, el llenado completo que la hacía sentir poseída en el mejor sentido. "¡Ay, Marco! Más fuerte, no seas mamón". Él embistió, profundo y rítmico, sus caderas chocando contra sus nalgas con palmadas sonoras. El sudor les corría por la piel, goteando, mezclándose. Ella sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el roce en ese punto que la volvía loca. El aroma de sus sexos unidos era embriagador, a sexo puro, a pasión mexicana sin filtros.
La intensidad subía. Marco la giró de nuevo, cara a cara, para mirarla mientras la penetraba. Sus pechos rebotaban con cada estocada, él los chupaba, mordía los pezones, dejando marcas rojas. "Eres mía, Valeria, solo mía en estos momentos". Ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos.
Esto es el clímax perfecto, como en el color de la pasion capitulo 113, donde el amor y el deseo se desatan sin cadenas.Sus pensamientos se fragmentaban en gemidos, el placer acumulándose en su vientre como lava.
Cambiaron posiciones fluidamente, ella encima ahora, cabalgándolo con furia. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis, el placer multiplicándose. Marco la sostenía por las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más estimulación. "¡Qué rico tu culito, algún día te cojo ahí!", fantaseó, y ella rio entre jadeos. "Cuando quieras, amor, pero ahora hazme venir". El ritmo se aceleró, frenético, sus cuerpos chocando en sudor y fluidos.
El orgasmo la golpeó primero, un tsunami que la hizo convulsionar, gritando su nombre mientras chorros de placer la inundaban. "¡Me vengo, Marco, ay Dios!". Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con su leche caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, jadeantes, el corazón de él latiendo contra su pecho.
En el afterglow, se quedaron abrazados en el sillón, la piel pegajosa, el aire cargado de su aroma compartido. Marco le besó la frente, tierno ahora. "Eres lo mejor que me ha pasado, Valeria. Aunque sea a escondidas". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. "Y tú el mío, pinche semental. Esto no acaba aquí". El sol se había puesto, dejando la habitación en penumbras, pero el calor entre ellos perduraba, un fuego eterno.
Se levantaron despacio, duchándose juntos bajo el agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. En la cocina, él preparó tacos de carnitas con esa maña que tenía, y rieron recordando la locura. "La próxima vez, en la playa, ¿va?", propuso él. "Hecho, pero trae condones, no seas irresponsable", bromeó ella. Se despidieron en la puerta con un beso largo, prometiendo más. Valeria cerró, recargándose en la madera, sonriendo. La vida era eso: momentos de pasión que coloreaban todo de rojo intenso.