Abismo de Pasion Cancion
El ritmo de la noche en Puerto Vallarta te envuelve como una ola caliente. El aire salado del mar se mezcla con el humo de los cigarros y el aroma dulce del tequila reposado que flota en el bar al aire libre. Luces de neón parpadean sobre la arena, y la multitud baila pegada, cuerpos sudados rozándose sin pudor. Tú, con tu vestido rojo ceñido que abraza tus curvas como un amante posesivo, tomas un sorbo de tu margarita helada, el limón picando en tu lengua mientras observas la pista.
De repente, la banda arranca con Abismo de Pasion Cancion, esa rola ranchera moderna que todos conocen, con su letra que habla de amores que te arrastran al fondo, al precipicio del deseo. La voz del cantante rasga el aire: "En el abismo de pasión, canción de mi alma ardiente", y sientes un cosquilleo en la piel, como si las palabras te lamieran el cuello. Tus caderas se mueven solas, el ritmo latiendo en tu pecho como un corazón acelerado.
Él aparece entonces, alto, moreno, con camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Javier, se llama, lo sabes porque lo oyes gritarle a un wey en la barra. Sus ojos te encuentran en la multitud, oscuros y hambrientos, y camina hacia ti con esa seguridad de los mexicanos que saben lo que quieren. "Órale, mamacita, ¿bailas o qué?" dice con voz grave, extendiendo la mano. Su palma es cálida, callosa, y cuando la tomas, un chispazo sube por tu brazo directo a tu entrepierna.
¿Qué chingados estoy haciendo? Piensas. Pero neta, su sonrisa pícara te deshace. "Vamos, no seas pendejo, baila conmigo", le respondes juguetona, y ya estás en la pista, pegada a su cuerpo.
Sus manos en tu cintura queman a través de la tela fina. El sudor de su piel se pega a la tuya, salado y masculino, mientras giran al son de la canción. Sientes su aliento en tu oreja, oliendo a tequila y menta, y su cadera dura presionando contra la tuya. Cada vuelta, cada roce, aviva el fuego en tu vientre. La letra sigue: "Caigo en tu abismo de pasión, canción que no para", y juras que canta para ti, sus labios rozando tu lóbulo.
El deseo crece lento, como la marea. Hablan entre risas, él cuenta de su rancho en Jalisco, tú de tus noches locas en la CDMX. "Eres una chulada, ¿sabes? Me tienes bien puesto", murmura, y su mano baja un poco, dedos trazando la curva de tu nalga. No lo detienes; al contrario, arqueas la espalda, presionándote más contra él. El calor entre tus piernas es insoportable, húmedo, y sabes que él lo siente porque su verga endurece contra tu muslo.
La canción termina, pero otra empieza, más lenta, y Javier te arrastra a un rincón oscuro del bar, donde las palmeras susurran con la brisa. Te besa ahí, primero suave, labios carnosos probando los tuyos, lengua explorando con hambre. Sabe a tequila dulce, y gimes bajito cuando muerde tu labio inferior. Sus manos suben por tus muslos, levantando el vestido, dedos ásperos rozando tu tanga empapada.
"Ven conmigo", jadea contra tu boca, y no preguntas a dónde. Salen tomados de la mano, el aire nocturno fresco en tu piel caliente. Caminan por la playa hasta su suite en el resort, lujosa con balcón al mar. La puerta se cierra con un clic, y ya están devorándose. Lo empujas contra la pared, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho es firme, pectorales duros bajo tus palmas, olor a mar y hombre puro.
Él te levanta como si no pesaras, piernas alrededor de su cintura, y te lleva a la cama king size, sábanas blancas crujiendo bajo tu peso. Te quita el vestido de un tirón, exponiendo tus tetas llenas, pezones duros como piedras. "Qué ricas estás, mi reina", gruñe, lamiendo un pezón mientras pellizca el otro. El placer te sacude, un rayo directo al clítoris. Gimes fuerte, arqueándote, y tus uñas se clavan en su espalda musculosa.
La tensión sube como la espuma de una cerveza bien fría. Él baja lento, besando tu ombligo, mordiendo suave la piel de tu vientre. Llega a tu coño, ya chorreando, y aspira hondo. "Hueles a pura puta delicia", dice con esa voz ronca, y su lengua lame tu raja de abajo arriba, saboreando tu jugo dulce y salado. Chupas aire, caderas moviéndose solas contra su boca experta. Mete dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas, mientras su lengua gira en tu clítoris hinchado.
Neta, este wey me va a matar. Piensas, mientras el orgasmo se arma como tormenta en tu interior. No pares, cabrón, no pares.
Pero él se detiene, sube sonriendo pícaro. "Ahora tú". Te arrodillas, desabrochando su jeans. Su verga salta libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomas en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupas hondo, lengua rodeando el glande salado. Él gime, "¡Ay, pinche chula, qué buena boca!", enredando dedos en tu pelo. La mamás con ganas, saboreando su esencia masculina, bolas pesadas en tu palma.
Ya no aguantan. Te tumba boca arriba, abre tus piernas anchas. Su mirada es fuego puro. "Te voy a follar hasta el fondo, ¿lista?" Asientes, mordiendo tu labio. Empuja lento al principio, estirándote delicioso, centímetro a centímetro. Llenándote completa, su pubis contra tu clítoris. Empieza a bombear, primero suave, luego fuerte, cama golpeando la pared. Sudor gotea de su frente a tus tetas, mezclándose con el tuyo. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos roncos, tu pussy apretándolo como vicio.
Cambian posiciones, tú encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en tus caderas guían el ritmo, tetas rebotando. El balcón deja entrar el rumor del mar, olas rompiendo como tus jadeos. Sientes el clímax venir, ese nudo apretado en el estómago. "Vente conmigo, Javier, ¡órale!" gritas, y explotas, coño convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando. Él ruge, clavándose hondo, llenándote de leche caliente, pulsos y pulsos.
Caen exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillante. Su corazón late contra tu pecho, respiraciones entrecortadas calmándose. El mar canta bajito afuera, y él acaricia tu espalda. "Pinche abismo de pasión, canción que no acaba", murmura riendo, besando tu sien. Tú sonríes, satisfecha, piernas temblando aún.
Se quedan así, platicando suave hasta el amanecer. No hay promesas, solo este momento perfecto, el eco de la canción en sus mentes. Sales al balcón, aire fresco besando tu desnudez, él abrazándote por atrás. El sol sale rojo sobre el Pacífico, y sabes que esta noche te cambió, te dejó con un hambre que solo él podría calmar de nuevo.