Pasión Capítulo 88 Fuego en la Sangre
La noche en Cancún olía a sal marina y jazmín salvaje, esa mezcla que me ponía la piel de gallina cada vez que volvía a este paraíso. Yo, Ana, acababa de bajarme del taxi frente al hotel boutique donde Diego me esperaba. Habían pasado tres meses desde nuestra última pasión capítulo 88 de esta historia nuestra, que parecía sacada de una telenovela pero con toques bien reales y calientes. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre las piernas ya sentía ese cosquilleo traicionero que no me dejaba en paz.
Entré al lobby, el aire acondicionado me erizó los vellos de los brazos, y ahí estaba él, recargado en la barra del bar, con esa camisa guayabera blanca entreabierta dejando ver el pecho moreno y tatuado. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortitos y la blusa escotada que marcaba mis chichis justito.
Órale, Ana, no seas pendeja, ve y hazlo tuyo, me dije mientras caminaba hacia él con las caderas meneándose solas.
—Mi reina —murmuró al abrazarme, su voz ronca como tequila reposado, y su aliento cálido contra mi cuello me hizo cerrar los ojos—. Te extrañé tanto que duele.
Su mano grande bajó por mi espalda hasta apretarme la nalga con fuerza posesiva, y yo solté un gemidito que solo él oyó. Esto apenas empieza, pensé, mientras lo besaba con hambre, nuestras lenguas enredándose como si no hubiera mañana. El sabor de su boca, mentol y ron, me mareaba.
Subimos a la suite en el elevador, solos por fin. Sus dedos jugaban con el botón de mis shorts, rozando mi piel suave del estómago. Yo le mordí el lóbulo de la oreja, susurrando:
—Diego, carnal, no aguanto más. Quiero sentirte ya.
Él rio bajito, ese sonido que me derretía. —Paciencia, mi amor. Esta noche va a ser épica, como nuestro pasión capítulo 88, pero mejor.
La habitación era un sueño: cama king size con sábanas de hilo egipcio, balcón con vista al mar Caribe rugiendo a lo lejos, velas aromáticas a coco y vainilla encendidas. El olor me envolvió, dulce y pecaminoso. Diego me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Sus labios calientes en mis hombros, el roce de su barba incipiente como lija suave en mis tetas. Yo arqueé la espalda, gimiendo cuando chupó un pezón, endureciéndolo con la lengua experta.
Qué rico se siente su boca, pensé, mientras mis manos bajaban a su pantalón, sintiendo la verga dura como piedra presionando contra la tela. La saqué libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. El olor almizclado de su excitación me golpeó, puro macho mexicano.
Me tiró en la cama con gentileza bruta, quitándome los shorts y la tanguita de encaje rojo. Quedé desnuda ante él, mi panocha ya mojada brillando bajo la luz tenue. Diego se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo.
—Hueles a miel y pecado, Ana. Neta, me vuelves loco.
Su lengua lamió mi clítoris despacio, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de mi propia humedad chupada por él era obsceno, chapoteante, y el placer subía como ola en la playa. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, mientras succionaba fuerte. Yo agarré las sábanas, las uñas clavándose, el cuerpo temblando.
—¡Ay, wey! ¡No pares! —grité, las caderas moviéndose solas contra su cara barbuda.
Pero él se detuvo, subiendo para besarme, haciéndome probar mi propio sabor salado y dulce en su boca. —Aún no, mi vida. Quiero que ruegues.
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Yo lo volteé, montándome encima, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que perlaba su piel. Bajé hasta su verga, dura y lista, y la metí en mi boca profunda, saboreando el precum salado. Él gruñó, las manos enredadas en mi pelo largo negro.
—Eso, chula, trágatela toda. Eres la mejor.
Lo chupé con ganas, la lengua girando en la cabeza hinchada, las bolas pesadas en mi mano. Su pulso acelerado bajo mi tacto, el gemido ronco que salía de su garganta, todo me prendía más. Pero quería más, lo necesitaba dentro.
Me subí a horcajadas, guiando su verga a mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Madre santa, qué grande está! El estirón delicioso, el roce en mis paredes internas, me hizo gritar de placer. Empecé a moverme, arriba abajo, mis chichis rebotando, sus manos apretándolas fuerte.
El ritmo aumentó, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, el mar de fondo como banda sonora. Sudor resbalando por nuestros cuerpos, mezclándose, el olor a sexo puro invadiendo la habitación. Diego se incorporó, mamándome las tetas mientras yo cabalgaba más rápido, el clítoris frotándose contra su pubis.
—Te amo, Ana. Eres mi fuego —jadeó, mordiéndome el cuello.
Yo respondí con un beso feroz, las uñas arañando su espalda. La presión en mi vientre crecía, bolas de fuego listas para estallar. Cambiamos de posición: él encima, misionero profundo, sus embestidas potentes, golpeando justo en mi fondo. Cada thrust un plaf sonoro, mis piernas alrededor de su cintura tirando más adentro.
—¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! —lo reté, y él obedeció, sudando sobre mí, los músculos tensos brillando.
El orgasmo me golpeó como huracán, olas y olas de placer sacudiéndome, la panocha contrayéndose alrededor de su verga en espasmos. Grité su nombre, el mundo blanco y estrellado. Él no paró, prolongando mi éxtasis, hasta que gruñó hondo y se vació dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío tembloroso.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro cielo: su peso reconfortante, el semen goteando lento entre mis muslos, el sabor de su beso post-sexo, cansado y tierno. Afuera, la luna plateaba las olas, y el jazmín seguía flotando en el aire.
—Esto fue mejor que cualquier pasión capítulo 88 —susurré, acariciando su pelo revuelto.
Él sonrió, besando mi frente. —Y hay más capítulos por venir, mi reina. Contigo, siempre.
En ese momento, supe que nuestra historia no acababa aquí. La pasión ardía eterna, como el sol mexicano que nos esperaba al amanecer.