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Pasion en Pareja en Llamas

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Pasion en Pareja en Llamas

Ana miró por la ventana del auto mientras Javier manejaba por la carretera costera de Puerto Vallarta. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el olor a mar salado entraba por las ventanillas entreabiertas. Habían dejado atrás la rutina de la Ciudad de México, los trabajos que los absorbían como chupacabras, y por fin estaban solos en esa casita rentada frente a la playa. Neta, pensó Ana, hace meses que no sentimos esta chispa. Javier, con su mano morena sobre su muslo, le dio un apretón suave que le erizó la piel.

—Órale, mi reina, ¿lista para recargar baterías? —dijo él con esa voz grave que siempre le ponía los nervios de punta.

Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en el vientre. —Más que lista, cabrón. Quiero que esta semana sea solo nuestra pasión en pareja, sin interrupciones.

Estacionaron y bajaron las maletas. La casa era chida: techos de palapa, hamacas en el porche y el sonido constante de las olas rompiendo en la arena. Ana se quitó los zapatos y caminó descalza por la playa al atardecer. La arena tibia se colaba entre sus dedos, y el viento jugaba con su vestido ligero, pegándolo a sus curvas. Javier la alcanzó, la abrazó por la espalda, su pecho firme contra ella. Olía a colonia fresca mezclada con sudor del camino, un aroma que le recordaba noches locas de juventud.

Sus labios rozaron su cuello. —Te extrañé tanto, murmuró él. Ana giró, lo besó con hambre contenida. Sus lenguas se encontraron, saladas por el aire marino, y ella sintió su verga endureciéndose contra su vientre. Pero se separaron, riendo, sabiendo que la noche apenas empezaba.

En la cocina abierta, prepararon tacos de mariscos con cervezas frías. El humo de la plancha subía con olor a limón y chile, y la música de mariachi suave sonaba de fondo. Se sentaron en la terraza, pies entrelazados bajo la mesa. Javier la miraba con ojos oscuros, intensos, como si quisiera devorarla.

¿Por qué carajos dejamos que la vida nos apagara esta pasión en pareja? se preguntó Ana, mientras su mano subía por su pierna, rozando el borde de su short. Esta noche la revivimos, neta.

Después de cenar, bailaron salsa en el porche bajo las estrellas. Sus cuerpos se pegaban, caderas moviéndose al ritmo. El sudor perlaba su piel, y Ana sentía el calor de él irradiando. Sus manos bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza. Ella jadeó, mordiéndose el labio. ¡Qué rico se siente su toque! El roce de su erección contra ella era tortura deliciosa.

—No aguanto más, mi amor —susurró Ana, tirando de su camisa.

Javier la cargó como si no pesara nada, riendo. —¡Eres mi morra favorita, pendeja ardiente!

La llevó al cuarto, iluminado solo por velas que parpadeaban. La cama king size los esperaba con sábanas blancas. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la ropa despacio, dejando que ella lo mirara. Su torso musculoso, marcado por horas en el gym, brillaba con sudor. Ana se lamió los labios, oliendo su excitación masculina, ese almizcle que la volvía loca.

Él se arrodilló entre sus piernas, besando su interior de muslos. La tela de su tanga estaba húmeda, y Javier la olió, gimiendo. —Qué chingón hueles, mi vida. Con dientes, la arrancó, exponiendo su coño depilado, reluciente. Su lengua la lamió de abajo arriba, saboreando su miel dulce y salada. Ana arqueó la espalda, clavando uñas en las sábanas. El sonido de su chupeteo era obsceno, húmedo, mezclado con sus gemidos.

¡Dios, su boca es el paraíso! pensó ella, mientras ondas de placer subían por su espina. Javier metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba su clítoris hinchado. Ella gritó, temblando, el primer orgasmo explotando como fuegos artificiales. Su jugo salpicó su barbilla, y él lo lamió todo, sonriendo pillo.

Ana lo jaló arriba, besándolo, probando su propio sabor en su lengua. Desabrochó su pantalón, liberando su verga venosa, gruesa, palpitante. La tomó en mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas latir. —Te quiero dentro, ya —exigió.

Javier se colocó, frotando la cabeza contra sus labios vaginales, untándose de ella. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena rozando sus paredes, llenándola por completo. Gimió alto cuando bottomed out, sus pelotas contra su culo.

Empezaron a moverse, lento al principio. El slap de piel contra piel resonaba, junto con sus respiraciones agitadas. Olía a sexo crudo, sudor y mar. Javier aceleró, embistiéndola profundo, sus tetas rebotando. Ana clavó uñas en su espalda, arañando, marcándolo como suyo.

Esta es la pasión en pareja que nos define, cabrones del mundo, déjennos en paz, pensó ella en éxtasis.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis. Javier amasaba sus tetas, pellizcando pezones duros como piedras. ¡Qué chingonas están! gruñó. Ana rebotaba más rápido, su coño apretándolo, ordeñándolo. El placer crecía, una ola imparable.

—¡Me vengo, amor! —gritó ella, convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas.

Javier la volteó a perrito, agarrando sus caderas. La folló brutal pero consensual, spanking su culo rojo. ¡Sí, así, pendejo! lo animó ella. Sus embestidas eran salvajes, huevos golpeando su clítoris. Sintió sus bolas tensarse, y él rugió:

—¡Me corro, mi reina!

Se salió, eyaculando chorros espesos sobre su espalda y culo, caliente como lava. Ana se giró, lamiendo las últimas gotas de su verga, saboreando su semen salado y amargo.

Colapsaron jadeantes, enredados. El aire olía a orgasmo compartido, pieles pegajosas. Javier la besó tierno, limpiándola con besos.

—Neta, esto es lo que necesitaba nuestra pasión en pareja —dijo él, acariciando su cabello.

Ana suspiró, sintiendo paz profunda. Regresamos, pensó. La luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. Se durmieron así, cuerpos entrelazados, promesas mudas de más noches así.

Al amanecer, el sol los despertó con su calor. Ana abrió ojos, viendo a Javier dormido, pacífico. Sonrió, besando su pecho. Se levantó, preparando café con olor a canela. Él llegó desnudo, abrazándola por atrás.

—¿Otra ronda, mi amor? —preguntó juguetón.

Ella rio. —Siempre, cabrón. Esta pasión en pareja no se apaga.

Pasaron el día en la playa, nadando, besándose en el agua tibia. Por la noche, repitieron, explorando más: aceite de coco untado en cuerpos, 69 mutuo donde se devoraron hasta el delirio. Cada toque era fuego, cada gemido música. Ana sentía su alma reconectada, empoderada en su deseo.

Al partir, en el auto, manos unidas, sabían que México City esperaría. Pero su llama ardía eterna.

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