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FM Pasion Argentina en Mi Piel

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FM Pasion Argentina en Mi Piel

La noche en la Condesa caía como un manto húmedo, con esa lluvia fina que hace que las luces de los autos se vean borrosas y todo huela a tierra mojada. Yo, Daniela, estaba sola en mi depa chiquito pero chulo, con una copa de mezcal en la mano, sintiendo ese vacío que a veces te come por dentro cuando no hay nadie con quien compartir el calor. Encendí la radio por puro desmadre, sintonizando FM Pasion Argentina, esa estación que siempre sintonizo cuando se me antoja algo exótico. De pronto, un tango ronco empezó a sonar, con bandoneón quejumbroso y una voz grave que hablaba de amores imposibles. Neta, wey, me puso la piel chinita al instante.

Me recargué en el sillón, cerrando los ojos, imaginando manos fuertes recorriendo mi cuerpo. Hacía meses que no tenía acción de verdad, solo pendejadas con apps que no llevan a nada. El mezcal me calentaba la garganta, y el ritmo del tango me hacía mover las caderas sin querer.

¿Y si salgo? ¿Y si esta noche pasa algo cabrón?
Pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba en paz. Me puse un vestido negro ajustado, ese que marca la curva de mis chichis y el culo sin ser tan obvio, tacones altos y labial rojo. Olía a mi perfume de vainilla y jazmín, listo para la guerra.

El bar de la esquina estaba a reventar de gente bien, con luces tenues y jazz de fondo que se mezclaba con la lluvia golpeteando las ventanas. Pedí otro mezcal y me senté en la barra, escaneando el lugar. Ahí lo vi: un morocho alto, con ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo la luz, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos duros. Parecía sacado de un anuncio de FM Pasion Argentina, con ese acento que se notaba de lejos cuando pedía un fernet con cola. Se llamaba Mateo, argentino de Buenos Aires, en México por unos meses por chamba en una empresa de vinos. "Che, qué linda noche para mojarse, ¿no?", me dijo con sonrisa pícara, acercándose. Su voz era como el tango, grave y envolvente.

Charlamos un rato, riéndonos de pendejadas. Él contando anécdotas de la Bombonera, yo de las fiestas en Polanco. Su olor a colonia amaderada con un toque de mate me volvía loca, y cada vez que se inclinaba, sentía su calor rozándome el brazo. "Neta, Mateo, tú estás cañón", le solté medio en broma, y él se carcajeó: "Vos tampoco te quedás atrás, muñeca". La tensión crecía como la lluvia afuera, miradas que se trababan, roces accidentales que no lo eran tanto. Cuando sonó un tango en la rola del bar –coincidencia o qué sé yo–, me invitó a bailar. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me pegaron a su pecho duro. Sentí su corazón latiendo fuerte contra mis tetas, y su aliento caliente en mi cuello. Órale, esto va en serio, pensé, mientras mi concha se humedecía con cada giro.

"¿Venís a mi depa? Vivo cerca", murmuró en mi oído, su barba raspándome la piel de forma deliciosa. No lo pensé dos veces. "Sí, wey, pero no seas pendejo, trae el fernet". Caminamos bajo la lluvia, riendo como niños, empapándonos hasta los huesos. Entramos a mi depa chorreando, y prendí de nuevo la FM Pasion Argentina. El tango seguía, como si nos esperara. Nos secamos con toallas, pero la ropa mojada se pegaba, marcando todo. Él me miró con hambre: "Daniela, sos una diosa". Me jaló hacia él, y nuestros labios chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a mezcal y fernet, dulce y amargo a la vez.

Sus manos expertas bajaron el zipper de mi vestido, dejándolo caer al piso con un shhh suave. Quedé en brasier de encaje y tanga, sintiendo el aire fresco erizarme los pezones duros como piedras. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym, con vello oscuro que bajaba hasta su sixpack. Olía a lluvia y hombre, un aroma que me mareaba. Me cargó como pluma hasta la cama, besándome el cuello, mordisqueando suave.

¡Qué chingón se siente esto, carajo! Su piel contra la mía es fuego puro.
Sus dedos trazaron mi espina, bajando hasta mi culo, amasándolo con fuerza. Gemí bajito, arqueándome hacia él.

Me recostó despacio, besando cada centímetro: pechos, estómago, muslos. Cuando llegó a mi concha, separó mis piernas con ternura. "Estás tan mojada, boluda", susurró, y su lengua hot me lamió el clítoris con vueltas lentas, saboreándome como si fuera el mejor postre. Sentí chispas en todo el cuerpo, el sonido de su boca chupando húmedo, mis jugos mezclándose con su saliva. Agarré sus cabellos, empujándolo más adentro: "¡Sí, Mateo, así, no pares, pendejo rico!". Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G, bombeando rítmico mientras lamía. El placer subía como ola, mis caderas bailando al son del tango lejano.

No aguanté más, lo jalé arriba. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando contra mi mano. La apreté, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "Métemela ya, wey", le rogué, guiándolo a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre santa, qué llena me siento! Empezó a moverse, lento al principio, mirándome a los ojos con esa intensidad argentina. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba la habitación junto a nuestros gemidos roncos. Aceleró, clavándome profundo, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos, cuerpos resbalosos, olores a sexo crudo y pasión mezclados con el jazmín de mi perfume.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo su verga tocar fondo cada vez. "¡Qué rico, Daniela, cabalga más fuerte!", gruñó él, y yo lo hice, perdida en el ritmo. El orgasmo me pegó como rayo: grité, convulsionando, mi concha apretándolo como puño, chorros calientes mojándonos. Él no tardó, embistiéndome unas últimas veces salvajes antes de correrse dentro, caliente y abundante, gimiendo mi nombre con acento porteño.

Nos quedamos así, enredados, jadeando. La lluvia seguía afuera, pero adentro era calor puro. Me besó la frente, suave: "Esto fue increíble, reina". Yo sonreí, trazando su pecho con uñas.

Neta, la FM Pasion Argentina me trajo esto. ¿Quién diría que una rola cambiaría la noche?
Hablamos un rato, de volver a vernos, de tangos en Buenos Aires algún día. Se durmió abrazándome, su respiración calmada contra mi cuello. Yo, con el cuerpo plácido y el corazón lleno, apagué la radio bajito. Mañana sería otro día, pero esta noche, la pasión argentina se quedó grabada en mi piel para siempre.

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