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Pasión Desbordante en Cortijo La Pasión

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Pasión Desbordante en Cortijo La Pasión

El sol del atardecer teñía de oro las colinas de Jalisco cuando llegué al Cortijo La Pasión. Ese nombre ya me había intrigado desde que lo vi en el anuncio: un paraíso rural con viñedos interminables, piscinas infinitas y un aire de misterio sensual que prometía desconectar del mundo. Bajé del taxi con mi maleta ligera, el aire cargado de jazmín y tierra húmeda después de la lluvia reciente. Olía a libertad, a algo primitivo que me erizaba la piel.

—Bienvenida, señorita —dijo el hombre que salió a recibirme, con una sonrisa que iluminaba su rostro moreno y unos ojos negros como el tequila añejo—. Soy Javier, el dueño de este rincón del cielo. ¿Ana, verdad?

Su voz grave, con ese acento mexicano puro, ranchero pero refinado, me recorrió como una caricia. Era alto, con hombros anchos bajo una camisa de lino blanca entreabierta, dejando ver un pecho bronceado salpicado de vello oscuro. Neta, qué chido, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Le di la mano y su piel cálida, áspera por el trabajo en la finca, me apretó con firmeza juguetona.

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Solo es un saludo, pero ya imagino esas manos en mi cintura.

Me llevó a mi habitación, una suite con balcón al viñedo, cama king size y velas aromáticas que ya ardían. El baño tenía una tina de mármol que gritaba por un baño caliente. Después de desempacar, me puse un vestido ligero de algodón, sin bra, solo tanga, y bajé a la piscina. El agua brillaba como zafiro bajo la luna naciente, y allí estaba Javier, sirviéndose un trago en el bar al aire libre.

¿Quieres un mezcal? —preguntó, alzando la botella—. Aquí lo hacemos nosotros, de agave puro.

Acepté, y nos sentamos en las reposaderas, el vapor de la jacuzzi cercana subiendo como niebla sensual. Hablamos de todo: de la vida en la ciudad que me asfixiaba, de cómo él había heredado el Cortijo La Pasión de su abuelo y lo convirtió en un refugio para almas como la mía. Su risa era ronca, vibrante, y cada vez que se inclinaba, olía a él: sudor limpio, tierra y un toque de colonia especiada.

La noche avanzaba, el cielo estrellado como un manto infinito. El mezcal calentaba mi vientre, soltando mi lengua.

Oye, Javier, este lugar se llama La Pasión... ¿hay alguna historia detrás?

Se acercó más, su rodilla rozando la mía. —Mi abuelo lo bautizó así por una amante que tuvo aquí. Dicen que sus noches eran fuego puro. Y tú, Ana, pareces lista para revivir esa leyenda.

Su mirada me desnudó, y sentí mis pezones endurecerse contra la tela fina. El deseo creció lento, como el fuego de una fogata que aviva el viento.

Al día siguiente, el sol me despertó con su calor pegajoso. Desayuné en el patio: chilaquiles rojos humeantes, jugo de tamarindo fresco que sabía a verano prohibido. Javier me invitó a un tour por los viñedos. Caminamos entre hileras de uvas maduras, el suelo crujiendo bajo nuestras botas. Él me tomaba la mano para guiarme por las cuestas, su palma sudada y fuerte.

Mira, pruébalas —dijo, arrancando un racimo y poniéndome una uva en la boca. El jugo dulce explotó en mi lengua, goteando por mi barbilla. Se inclinó y lo lamió con la punta de la lengua, un roce eléctrico que me dejó jadeante.

¡Puta madre, este wey me va a matar! Mi chucha ya palpita, neta.

Volvimos al cortijo sudados, el sol quemándonos la piel. En la sombra del porche, me ofreció un baño en la tina privada del jardín. —Yo te preparo todo, dijo con picardía.

Me desnudé detrás de la cortina de enredaderas, el agua tibia oliendo a lavanda y rosas silvestres. Cuando salí envuelta en una toalla, él estaba allí, con una botella de vino espumoso. Sus ojos devoraban mis piernas, el escote húmedo.

Eres preciosa, Ana. No puedo dejar de pensarte desde anoche.

El aire se cargó de tensión. Me acerqué, dejando caer la toalla. Mi cuerpo desnudo brillaba bajo el sol filtrado, pechos firmes, caderas anchas invitando. Él gruñó bajo, quitándose la camisa con urgencia. Su torso era un mapa de músculos duros, abdomen marcado por el trabajo diario.

Nos besamos por primera vez allí, sus labios carnosos devorando los míos, lengua invasora saboreando el vino de mis besos. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretándome contra su erección dura como piedra bajo los jeans. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el zumbido de las abejas en las flores cercanas.

Te quiero, pendejo —susurré, arañando su espalda—. Fóllame ya.

Me llevó adentro, a su habitación principal del Cortijo La Pasión, una catedral de placer con sábanas de satén rojo y espejos en el techo. Me tumbó en la cama, besando mi cuello, chupando mis tetas hasta que grité. Su boca bajó, lamiendo mi ombligo, mis muslos temblorosos. Cuando llegó a mi coño depilado, húmedo y abierto, inhaló profundo.

Hueles a miel caliente, mi reina.

Su lengua experta danzó en mi clítoris, chupando, mordisqueando suave. Metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas, el sonido de mi jugo chapoteando obsceno y delicioso. Oí mi propia voz: —¡Sí, cabrón, así! No pares.

Me corrí fuerte, el mundo explotando en luces blancas, mi grito resonando en las vigas de madera. Él se quitó los pantalones, su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo su pulso furioso.

Entra en mí, Javier. Lléname.

Se hundió despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemimos juntos, piel contra piel sudada, el olor a sexo crudo llenando la habitación. Empezó a bombear, profundo y rítmico, sus bolas golpeando mi culo. Yo clavaba uñas en su espalda, mordiendo su hombro para no gritar demasiado.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando salvaje, el cabello pegado a la cara por sudor. El espejo mostraba mi culo redondo subiendo y bajando, su polla desapareciendo en mí. El clímax nos alcanzó juntos: él gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes; yo convulsionando, leche mía chorreando por sus muslos.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. El sol poniente entraba por la ventana, tiñendo todo de pasión cumplida. Besó mi frente, suave ahora.

Esto es el verdadero Cortijo La Pasión, Ana. Tú lo has despertado.

En sus brazos, sentí paz. No era solo sexo; era conexión, fuego que quema y reconforta. Mañana seguiría aquí, explorando más.

Nos duchamos juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas compartidas. Cenamos en la terraza: tacos de arrachera jugosos, salsa picante que ardía como nuestros recuerdos. La noche terminó en la hamaca del jardín, bajo estrellas, sus dedos trazando patrones en mi piel desnuda. El Cortijo La Pasión ya no era solo un nombre; era nuestro santuario, donde el deseo se hacía eterno.

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