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El Color de la Pasion Ligia

6593 palabras

El Color de la Pasion Ligia

Ligia caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo todo de un rojo intenso, como si el cielo supiera lo que bullía dentro de ella. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por el calor húmedo, marcando las curvas de sus caderas anchas y sus pechos firmes. Hacía meses que no sentía esa cosquilla en el estómago, esa hambre que no se sacia con comida ni con tragos. Su vida era perfecta en la superficie: galerías de arte, amigos en las terrazas chic, pero por las noches, sola en su loft, sus dedos vagaban por su cuerpo recordándole lo que extrañaba.

Ahí lo vio, en la plaza principal. Se llamaba Mateo, un tipo alto, de piel cobriza y ojos negros que brillaban como obsidiana. Estaba recargado en una fuente, con una cerveza en la mano, riendo con unos cuates. Ligia se detuvo, fingiendo mirar su teléfono, pero sus ojos lo devoraban: los músculos de sus brazos bajo la camisa remangada, el olor a jabón fresco y sudor masculino que el viento le traía. Órale, qué chingón se ve este pendejo, pensó, mordiéndose el labio. Él la notó al instante, como si su mirada fuera un imán. Le sonrió, esa sonrisa pícara que dice "te quiero comer entera".

¿Qué onda, preciosa? ¿Te perdiste o vienes a robarme el corazón? —dijo acercándose, su voz grave como un ronroneo.

Ligia rio, sintiendo el calor subirle por el cuello. —Ni madres, carnal. Solo pasaba por aquí buscando inspiración. Tú pareces de los que inspiran pasiones locas.

Charlaron un rato, coqueteando con miradas que quemaban. Él era fotógrafo, ella pintora. Hablaron de colores, de cómo el rojo era el color de la pasion, ese que enciende todo. Ligia sintió un tirón en el vientre cuando él rozó su brazo al pasarle la cerveza. Su piel erizada, el pulso acelerado.

Quiero que me toque más, que me haga suya ya
, se dijo, pero se contuvo. Era el comienzo, la tensión deliciosa de lo prohibido.

La noche cayó como un velo morado, y terminaron en un bar con mariachis tocando corridos calientes. Mateo la invitó a bailar, su mano en su cintura firme pero gentil. Ligia se pegó a él, sintiendo su erección contra su muslo. Qué rico, pensó, el aroma de su colonia mezclándose con el tequila en su aliento. Bailaron lento, cuerpos en sintonía, sus pechos aplastados contra su torso duro. Él le susurró al oído: —Eres fuego, Ligia. Quiero ver el color de la pasion en tus ojos cuando te haga mía.

Salieron tambaleantes de risa y deseo, caminando hacia su loft. El aire nocturno olía a jazmín y tierra mojada por una llovizna reciente. Ligia lo guió escaleras arriba, su corazón latiendo como tambor. Adentro, luces tenues, velas aromáticas a vainilla. Se sentaron en el sofá de piel suave, un trago más, y sus labios se encontraron. Beso suave al principio, lenguas explorando, sabor a tequila y miel. Sus manos en su nuca, tirando de su cabello negro. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me despierte, pensó ella mientras él bajaba los tirantes de su vestido, exponiendo sus hombros besándolos con hambre.

La tensión crecía como tormenta. Mateo la recostó en la cama king size, con sábanas de satén fresco contra su espalda ardiente. Le quitó el vestido despacio, admirando su cuerpo desnudo: pezones oscuros erectos, el triángulo negro entre sus piernas húmedo de anticipación. —Eres una diosa, nena, murmuró, su aliento caliente en su ombligo. Ligia gimió, arqueando la espalda, sus uñas en su espalda. Él se desnudó, revelando un pecho velludo, abdomen marcado, y un miembro grueso, venoso, listo para ella. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizcle puro.

Empezaron lento, explorando. Sus labios en sus pechos, chupando, mordiendo suave hasta que ella jadeó: —¡Ay, cabrón, no pares! Manos por todos lados: ella acariciando su culo firme, él metiendo dedos en su calor húmedo, sintiendo cómo se contraía. Está chorreando por mí, pensó él. Ligia lo volteó, montándose a horcajadas, lamiendo su pecho, bajando hasta su verga dura. La tomó en su boca, saboreando la sal de su pre-semen, succionando con maestría. Mateo gruñó, sus caderas moviéndose, qué chida boca tiene esta morra.

El conflicto interno de Ligia: ¿Me entrego total o juego más? Pero el deseo ganó. Lo empujó de espaldas, guiándolo dentro de ella. Lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. —Sí, así, métemela toda —gimió. Cabalgaron juntos, piel contra piel resbalosa de sudor, sonidos de carne chocando, gemidos roncos. El rojo de la pasión los envolvía: sus labios hinchados, mejillas sonrojadas, el calor de sus cuerpos. Él la volteó, embistiéndola desde atrás, mano en su clítoris frotando en círculos. Ligia gritó, olas de placer subiendo, su interior palpitando.

La intensidad escaló. Cambiaron posiciones: ella de rodillas, él penetrándola profundo, sus bolas golpeando su culo redondo. Olores intensos: sudor, sexo, perfume mezclado. Tacto eléctrico: uñas arañando, dientes mordiendo hombros. Sonidos: plaf plaf de cuerpos, jadeos, ¡más duro, pinche amor! Ligia sentía el orgasmo acercarse, una espiral apretada en su vientre.

Este es el color de la pasion Ligia, rojo fuego, imposible de apagar
. Mateo aceleró, su respiración entrecortada: —Me vengo, preciosa, contigo.

Explotaron juntos. Ella primero, contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas, grito ahogado en la almohada. Él la siguió, gruñendo, llenándola con chorros calientes, profundo. Colapsaron, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas. Sudor enfriándose en la piel, olor a sexo persistente, sabor salado en sus labios al besarse.

Ligia lo miró a los ojos, sonriendo. —Qué chido fue eso, Mateo. Hacía tiempo que no pintaba con tanta pasión.

Él rio, abrazándola. —Y yo que pensé que el rojo era solo un color. Contigo es vida, Ligia.

Se quedaron así, enredados, el amanecer tiñendo la habitación de rosas suaves. Ligia sintió paz, cierre emocional: había encontrado su color, su pasión viva. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento en su deseo. Afuera, San Miguel despertaba con campanas y vendedores, pero adentro, el mundo era solo ellos, satisfechos, listos para más.

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