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Las Pasiones y los Intereses en PDF Ardiente

7175 palabras

Las Pasiones y los Intereses en PDF Ardiente

En el bullicio de la colonia Roma en Ciudad de México, Ana revisaba su correo electrónico mientras tomaba un café cortado en una terraza chic. El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el humo de los coches y el perfume de las flores en los maceteros. Tenía veintiocho años, una chava independiente que trabajaba en marketing digital, y esa tarde había recibido un mensaje intrigante de un tipo llamado Diego, un carnal que conoció en un foro de libros en línea. "Checa este PDF, neta que te va a volar la cabeza. Se llama 'Las pasiones y los intereses pdf'. Léelo y me dices qué piensas", decía el mail. Ana sonrió pícara, curiosa. ¿Qué chingados sería? Descargó el archivo, el corazón latiéndole un poquito más rápido por la emoción de lo desconocido.

Abrió el PDF en su tablet y se sumergió en las páginas. No era el ensayo económico que esperaba por el título; era una historia erótica disfrazada, llena de deseo reprimido, pasiones que estallan como piñatas en fiesta y intereses carnales que se enredan como sábanas sudadas. Las palabras describían toques suaves, besos que sabían a tequila y piel que ardía bajo el sol mexicano. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por su vientre.

¿Quién es este güey? ¿Me está coqueteando así de cabrón?
pensó, mordiéndose el labio mientras leía un pasaje donde la protagonista se rendía a las caricias de su amante en una alcoba con velas de vainilla.

Esa noche, Ana le respondió: "Órale, Diego, qué rico PDF. Me dejó mojadita. ¿Cuándo nos vemos pa' platicar de 'las pasiones y los intereses' en persona?". Él contestó al instante: "Mañana en el Parque México, güey. Trae esa energía." La anticipación la mantuvo despierta, imaginando sus manos, su aliento en su cuello.

Al día siguiente, el sol de mediodía calentaba el parque, con el sonido de las risas de los niños jugando frisbee y el ladrido de los chihuahuas de las hipsters. Ana llegó con un vestido floreado que se pegaba a sus curvas, el escote dejando ver el nacimiento de sus senos bronceados. Diego estaba ahí, alto, moreno, con una sonrisa de pendejo encantador y una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales. Olía a jabón fresco y loción de sándalo. Se saludaron con un abrazo que duró un segundo de más, sus cuerpos rozándose lo justo para encender chispas.

—Neta que el PDF te gustó, ¿verdad? —dijo él, sentándose en la hierba, sus ojos devorándola.

—Simón, carnal. Me puso bien caliente. ¿Tú lo escribiste? —preguntó Ana, su voz ronca, cruzando las piernas para disimular el pulso acelerado en su clítoris.

Diego rio bajito, un sonido grave que vibró en el aire. —Es mi guilty pleasure. Habla de cómo las pasiones se mezclan con los intereses, como en la vida real. Tú y yo, por ejemplo. Tenemos intereses comunes en libros... y pasiones que apenas estamos descubriendo.

Charlaron horas, el sol bajando, el aire cargándose de electricidad. Ana sentía su piel erizándose cada vez que él se acercaba, su rodilla tocando la de ella accidentalmente. Hablaban de todo: de tacos al pastor, de la CDMX que nunca duerme, de cómo el PDF reflejaba sus propios deseos reprimidos.

Quiero besarlo ya, carajo. Su boca se ve tan chida
, pensó ella, el sabor imaginario de sus labios haciendo que se humedeciera más.

La tensión creció como una tormenta de verano. Diego la invitó a su depa en la Condesa, un lugar moderno con vistas al skyline y música de Natalia Lafourcade de fondo suave. —Pa' seguir platicando del PDF —dijo con guiño pícaro.

Ana no dudó. En el elevador, sus miradas se clavaron, el silencio pesado de promesas. Apenas cerraron la puerta, él la acorraló contra la pared, sus manos en su cintura. —No seas pendejo, bésame —susurró ella, y sus labios chocaron en un beso hambriento. Sabían a menta y café, lenguas danzando como en una salsa ardiente. El olor de su excitación flotaba, almizcle mezclado con su perfume.

Diego la cargó al sofá, quitándole el vestido con urgencia consentida. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él las lamió, succionando con gemidos roncos, mientras Ana arqueaba la espalda, gimiendo: —¡Ay, wey, qué rico! Sigue así.

Las manos de ella bajaron a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocó, sintiendo el calor, la suavidad de la piel contra su palma. —Estás bien puesto, cabrón —dijo riendo, masturbándolo lento, oyendo su respiración agitada.

Él la tumbó, bajando besos por su vientre, hasta llegar a su coño depilado, húmedo y brillante. El aroma era embriagador, salado y dulce como maracuyá maduro. Metió la lengua, lamiendo su clítoris en círculos, chupando sus labios mayores. Ana gritó de placer, sus caderas moviéndose solas, uñas clavadas en su cabello.

Esto es mejor que cualquier PDF, neta que me voy a venir ya
. El sonido de su lambida era obsceno, jugos chorreando, su pulso latiendo en los oídos.

Pero él se detuvo, juguetón. —Aún no, ricura. Quiero que dure. —La volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, nalguitas firmes. Le dio una nalgada suave, ¡zas!, el sonido ecoando, piel enrojecida. Ella jadeó, pidiendo más.

Se puso un condón —siempre seguros, güeyes responsables— y la penetró despacio. Ana sintió cada centímetro estirándola, llenándola, el roce de su pubis contra sus nalgas. —¡Más duro, pendejo! —exigió, y él obedeció, embistiéndola con ritmo mexicano, fuerte y apasionado. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando su clítoris, gemidos mezclados con "¡Sí, sí, chingá!". Sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo invadiendo la habitación.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus tetas rebotando, manos en su pecho, clavículas marcadas. Lo miró a los ojos, viendo su lujuria reflejada. —Eres mío ahora —dijo, apretando su verga con las paredes vaginales, ordeñándolo. Diego gruñó, manos en sus caderas guiándola, pulgares en su clítoris frotando.

La tensión subió al clímax. Ana se vino primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto en la capital, chorros de placer mojando sus muslos, grito ahogado: —¡Me vengo, cabrón! —Él la siguió, corriéndose dentro del condón con un rugido gutural, cuerpo tenso, venas hinchadas en el cuello.

Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones galopando. Diego la abrazó, besos suaves en la frente. El aroma post-sexo era adictivo, mezclado con el de las sábanas frescas. Ana trazó círculos en su pecho, escuchando su corazón calmarse.

—Ese PDF fue solo el principio —murmuró él—. Las pasiones y los intereses apenas empiezan.

Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer.

Quién diría que un PDF cambiaría todo. Neta, esto es lo chido de la vida
. Afuera, la ciudad brillaba con luces nocturnas, prometiendo más noches de fuego. Se quedaron así, enredados, saboreando el afterglow, listos para descargar más pasiones.

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