Las Horas de la Pasión de Luisa Piccarreta
La noche en mi depa de la Roma se sentía pesada, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas. Yo, Luisa Piccarreta, llevaba semanas sintiendo ese cosquilleo en la piel, esa hambre que no se sacia con un café solo o un libro de poesía. Tenía treinta y cinco, soltera por elección, pero esa noche el deseo me tenía de rodillas. Neta, Luisa, ya estuvo, me dije mientras me miraba en el espejo del baño. Mi cabello negro suelto, cayendo como cascada sobre los hombros, y ese vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro.
Marco vivía al lado, un morro alto, de ojos café intenso y sonrisa pícara que me derretía cada vez que nos cruzábamos en el elevador. Era arquitecto, wey culto pero callejero, con tatuajes que asomaban por la camisa. Esa tarde lo vi cargando unas cajas y le invité una chela fría. Órale, ¿por qué no? pensó mi cuerpo antes que mi cabeza.
Entró con esa seguridad de macho mexicano que no necesita presumir. El olor de su colonia, mezcla de madera y cítricos, invadió la sala. Nos sentamos en el sofá, platicando de la ciudad, de lo caótico que es el tráfico en Insurgentes, pero mis ojos no dejaban de bajar a sus labios carnosos.
Si me besa ahora, me rindo sin chistar, pensé, sintiendo el calor subir por mis muslos.
La primera hora empezó con un roce inocente. Su mano en mi rodilla mientras reíamos de un chiste tonto. El tacto de sus dedos ásperos, de tanto dibujar planos, me erizó la piel. "Eres una chulada, Luisa", murmuró, su aliento cálido contra mi oreja. Lo miré, el corazón latiéndome como tambor en fiesta patronal. Nuestros labios se juntaron, suaves al principio, explorando como quien prueba un mango maduro. Sabía a chela y a menta, y su lengua se coló juguetona, bailando con la mía. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.
La tensión crecía con cada minuto. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, hasta rozar el encaje de mis calzones. Qué rico se siente esto, no mames. Yo no me quedé atrás, mis uñas arañando su pecho bajo la playera, sintiendo los músculos firmes que se contraían bajo mi toque. El ambiente olía a nuestra excitación incipiente, ese aroma almizclado que enloquece. Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas. Su verga dura presionaba contra mí a través del pantalón, y froté despacio, sintiendo el pulso acelerado en mi clítoris.
Segunda hora: despojo total. Le quité la camisa, besando cada centímetro de su torso moreno, lamiendo el sudor salado que empezaba a perlar su piel. Él desabrochó mi vestido con dedos temblorosos, revelando mis tetas llenas, pezones duros como piedras preciosas. "¡Qué mamacita!", exclamó, tomándolas en sus manos grandes, masajeando con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda. Chupó uno, succionando fuerte, y un rayo de placer me recorrió hasta el estómago. Olía a su piel caliente, a hombre listo para devorar.
Nos movimos al cuarto, la cama king size esperándonos como altar. El colchón crujió bajo nuestro peso. Marco me quitó los calzones despacio, besando mi vientre, bajando hasta mi panocha empapada.
Si me lame ahora, exploto. Y lo hizo. Su lengua ancha lamió mis labios hinchados, saboreando mis jugos dulces y salados. "Estás bien rica, Luisa, neta mojadita pa' mí". Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos roncos. Introdujo dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas, bombeando lento mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado.
La tercera hora fue el pico de la locura. No aguanté más. "Cógeme, Marco, ya no aguanto". Se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo el calor palpitante. Me puse de rodillas, la tragué hasta la garganta, saboreando su esencia salada, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "¡Qué chingona chupas, Luisa!".
Me tumbó boca arriba, separando mis piernas anchas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande!. El roce de su verga contra mis paredes internas era fuego puro, cada embestida profunda enviando ondas de placer. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor goteando, mezclándose. Olía a sexo crudo, a pasión desatada. Aceleró, mis uñas clavadas en su espalda, gritando "¡Más duro, pendejo, rómpeme!". Él obedecía, follándome como bestia, mi clítoris rozando su pubis con cada thrust.
Internamente luchaba: Esto es demasiado bueno, ¿y si me enamoro?. Pero el deseo ganaba, borrando dudas. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Mis tetas rebotaban, él las pellizcaba, y el placer subía como marea. Sentía su verga golpeando mi cervix, el orgasmo construyéndose en espiral. "Me vengo, Marco, ¡me vengo!". Explosé, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, llenándome de su leche caliente, pulso tras pulso.
Cuarta hora: el afterglow. Colapsamos jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. El cuarto olía a nuestro clímax compartido, a sábanas revueltas. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Eres increíble, Luisa", susurró, trazando círculos en mi vientre. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, empoderada en mi sensualidad.
Quinta hora: plática íntima. Hablamos de sueños, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de lo que sentimos. No era solo sexo; había chispa, conexión.
Estas han sido las horas de la pasión de Luisa Piccarreta, pensé, nombrando en mi mente este ritual erótico que acababa de vivir. Como si yo fuera autora de mi propio libro prohibido, páginas llenas de fuego y ternura.
Sexta hora: segunda ronda, más lenta, exploratoria. Él de lado detrás de mí, entrando suave mientras su mano jugaba con mi clítoris. Gemidos suaves, besos en la nuca, el roce de su pecho contra mi espalda. El placer era olas gentiles esta vez, construyéndose hasta otro orgasmo compartido, susurrado y profundo.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso largo. "Vuelve pronto, mi arquitecto chulo". Él guiñó, prometiendo más noches. Me quedé sola, el cuerpo satisfecho, el alma plena. Tomé mi libreta, y escribí las primeras líneas: Las horas de la pasión de Luisa Piccarreta. Porque esto no terminaba aquí; era solo el principio de mi despertar sensual, en esta ciudad de amores intensos.