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Pasión de Cristo Cómfortame Letra Ardiente

6557 palabras

Pasión de Cristo Cómfortame Letra Ardiente

Entré a la iglesia de la colonia Roma, el aire cargado de incienso y murmullos devotos. Era una tarde de viernes cualquiera en la Ciudad de México, pero mi corazón latía con una inquietud que ni las oraciones calmaban. Me senté en una banca de madera pulida, el olor a vela derretida invadiendo mis fosas nasales, mientras el sacerdote entonaba un canto antiguo. Pasión de Cristo, cómfortame, repetía la letra en mi mente, como un mantra que me erizaba la piel. No era solo fe lo que buscaba; era algo más profundo, un consuelo carnal que me quemaba por dentro.

Ahí lo vi por primera vez. Alto, moreno, con ojos que brillaban como el oro bajo las luces tenues de los vitrales. Se arrodilló a mi lado, su colonia fresca mezclándose con el humo del sahumerio. Órale, carnala, me dijo en voz baja, con esa sonrisa pícara que delataba un acento chilango puro. Se llamaba Cristo, neta, como el hijo de Dios, pero con un cuerpo de pecado tallado en gimnasio. Hablamos susurros, de la letra de esa canción que ambos conocíamos de memoria, de cómo nos confortaba en noches solitarias.

Salimos juntos, el sol del atardecer tiñendo las calles de rosa y naranja. Caminamos por Insurgentes, riendo de tonterías, pero la tensión crecía con cada roce accidental de manos. Su palma áspera contra la mía era como una promesa electrizante.

¿Sabes? Esa letra siempre me pone la piel de gallina, como si Cristo mismo me tocara
, le confesé, y él rio bajito, Yo te confortaría mejor, nena.

Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar chido con ventanales que daban al parque. El aroma a café recién molido flotaba en el aire cuando me sirvió un trago. Nos sentamos en el sofá de piel suave, nuestras rodillas rozándose. Sentí su calor irradiando, mi pulso acelerándose como tambores en una fiesta. Él se acercó, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y deseo. Pasión de Cristo, cómfortame, murmuró recitando la letra, su voz grave vibrando en mi pecho. Sus labios rozaron mi oreja, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

Lo miré a los ojos, esos pozos oscuros que prometían redención pecaminosa. Consuélame tú, le pedí, y no esperó más. Sus manos grandes subieron por mis muslos, bajo la falda ligera, la tela susurrando contra mi piel. Tocaba con devoción, dedos firmes explorando la curva de mis caderas, el calor de su palma haciendo que mi concha se humedeciera al instante. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi propia excitación dulce y salada. Gemí bajito, wey, qué rico, mientras él besaba mi clavícula, lengua trazando senderos húmedos que me erizaban los vellos.

Me quitó la blusa despacio, como desenvolviendo un regalo sagrado. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras preciosas bajo su mirada hambrienta. Los lamió con delicadeza primero, círculos lentos que enviaban chispas directo a mi clítoris. Sabrosa, gruñó, succionando uno mientras pellizcaba el otro. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, y yo arqueaba la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Pensaba en la letra, pasión de Cristo cómfortame, pero esta pasión era terrenal, ardiente, mía.

Lo empujé al sofá, queriendo devorarlo. Desabroché su jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre puro, a testosterona y pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su excitación. Él jadeaba, ¡Puta madre, qué chida chupas!, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca. Lo tragué profundo, garganta relajada, sintiendo cómo latía contra mi paladar.

Pero quería más. Me subí a horcajadas, mi tanga hecha trizas de humedad. Restregué mi coño contra su polla, lubricándola con mis jugos. Entra en mí, Cristo, cómfortame, susurré, guiándolo adentro. Lentamente, centímetro a centímetro, me llenó, estirándome deliciosamente. El ardor inicial dio paso a un placer pleno, sus bolas contra mi culo. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel resonando en la habitación.

Él agarró mis nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. Más duro, nena, rómpeme, pedía, y yo aceleré, tetas rebotando, sudor perlando mi frente. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y embriagador. Mi clítoris frotaba contra su pubis, ondas de placer acumulándose en mi vientre. Pensamientos salvajes:

Esto es mi pasión, mi Cristo personal, confortándome en lo más hondo
.

Cambiamos posiciones, él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, bedidas contra mi matriz, el colchón crujiendo bajo nosotros. Me besaba con furia, lenguas enredadas, saboreando mi saliva mezclada con la suya. Te voy a venir adentro, avisó, y yo apreté las piernas alrededor de su cintura. Sí, lléname, wey. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi concha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Él rugió, caliente semen inundándome, pulsos interminables.

Quedamos jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor. Su peso sobre mí era consuelo puro, su corazón martilleando contra el mío. Besos suaves ahora, caricias perezosas en mi cabello. Pasión de Cristo, cómfortame letra, tarareé bajito, y él rio, Tú eres mi letra ardiente, mi salvación. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero en ese depa, habíamos encontrado nuestro paraíso privado.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando los restos de nuestra locura, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me enjabonaron las tetas, dedos juguetones en mi ombligo, pero el fuego ya se había consumido en brasas. Salimos envueltos en toallas, pedimos tacos de la esquina –al pastor con piña derretida, salsa verde picosa– y comimos en la terraza, riendo de lo puta que había sido la tarde.

Al despedirnos en la puerta, con el alba tiñendo el cielo de púrpura, supe que esto no era el fin. Vuelve cuando necesites consuelo, me dijo, y yo asentí, sabiendo que la letra de esa canción ahora tenía un nuevo significado, uno de pasión compartida, de cuerpos que se confortan en la noche mexicana. Caminé a casa con las piernas temblorosas, el eco de sus gemidos en mis oídos, el sabor de él en mi lengua. Neta, había renacido.

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