Abismo de Pasion Cap 39
La noche en mi depa de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Sofia, acababa de salir de la regadera, con el pelo todavía goteando y una toalla envuelta en el cuerpo que apenas cubría mis curvas. Miré el reloj: las ocho en punto. Alejandro iba a llegar en cualquier momento, y neta, el abismo de pasion cap 39 que teníamos pendiente me tenía con las hormigas en la boca. No era solo el capítulo de esa telenovela ranchera que veíamos juntos, la que nos ponía a los dos como fieras en celo; era nuestra propia historia, la que escribíamos noche tras noche con besos y caricias que olían a deseo puro.
Escuché el timbre y mi pulso se aceleró como tamborazo en fiesta. Abrí la puerta y ahí estaba él, mi Alejandro, con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Traía una botella de tequila reposado en la mano y una mirada que gritaba te voy a comer viva. "Órale, mi reina, ¿lista para caer en el abismo?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Lo jalé adentro, cerré la puerta de un portazo y lo besé como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios sabían a menta y a algo salvaje, como el mezcal que tomamos la vez pasada en las playas de Puerto Vallarta.
Nos dejamos caer en el sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. El aire acondicionado zumbaba bajito, pero el calor entre nosotros era insoportable. Puse el capítulo en la tele: Abismo de Pasion Capitulo 39, donde la protagonista se entrega al galán en un arrebato de lujuria prohibida. "Mira cómo se miran, wey", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él rio bajito, su mano grande subiendo por mi muslo, apartando la toalla poco a poco. Sentí sus dedos ásperos, de tanto trabajar en su taller de motos, rozando mi piel suave, y un escalofrío me recorrió la espalda.
¿Por qué este pendejo me pone así de loca? Cada toque es como fuego líquido en mis venas. Quiero que me devore entera.
Acto uno de nuestra noche: la tensión inicial. Nos besábamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el sudor salado que empezaba a perlar nuestras frentes. Él desató la toalla y mis pechos quedaron al aire, los pezones duros como piedritas bajo su mirada hambrienta. "Estás preciosa, Sofia, neta que eres mi diosa", murmuró, inclinándose para lamer uno con la lengua plana y caliente. Gemí, arqueando la espalda, el sonido de la telenovela de fondo mezclándose con mis jadeos: diálogos apasionados que imitábamos sin querer.
Le quité la camisa de un tirón, revelando ese torso moreno y musculoso que tanto adoro. Olía a jabón de lavanda y a hombre, ese aroma terroso que me hace mojarme al instante. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. "Despacio, mi amor, que esto apenas empieza", me dijo, deteniéndome con una sonrisa juguetona. Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó a la recámara, donde las velas ya encendidas parpadeaban, lanzando sombras danzantes en las paredes blancas.
En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, el conflicto se armó. Yo quería devorarlo ya, pero él jugaba, besando mi cuello, bajando por mi vientre plano hasta llegar a mi monte de Venus. "Déjame saborearte primero", gruñó, separando mis piernas con gentileza. Su aliento caliente me rozó el clítoris, y juro que vi estrellas. Lamidas lentas, círculos con la lengua que me hacían retorcer, el sonido húmedo de su boca contra mi sexo llenando la habitación. Qué rico, cabrón, no pares, pensé, enredando mis dedos en su cabello negro y revuelto.
El medio tiempo escalaba: la intensidad subía como la marea en Acapulco. Mis caderas se movían solas, buscando más fricción, más de esa boca experta que me llevaba al borde. "Alejandro, por favor, métemela ya", le rogué, mi voz ronca de necesidad. Él se incorporó, quitándose los pantalones de un movimiento fluido. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbé despacio, viendo cómo sus ojos se nublaban de placer.
"Ven, mi reina, súbete encima", me invitó, recostándose con los brazos detrás de la cabeza. Me posicioné a horcajadas, frotando mi humedad contra su punta. El roce era eléctrico, chispas de placer recorriéndome el cuerpo. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Ay, qué chingón! Gemí alto, comenzando a cabalgarlo con ritmo lento al principio, mis pechos rebotando con cada movimiento. Él agarró mis caderas, guiándome, sus pulgares presionando justo donde dolía rico.
Esto es nuestro abismo, cap 39 de una pasión que no tiene fin. Cada embestida es una promesa, cada gemido un juramento.
El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando como música erótica. Aceleré, sintiendo el orgasmo build-up en mi vientre, esa presión deliciosa que crece y crece. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo lo montaba más fuerte, más salvaje. "¡Sí, así, Sofia, fóllame duro!", rugió, sus manos apretando mi culo. Olía a sexo puro, a almizcle y tequila, el cuarto lleno de nuestro aroma.
Cambié de posición porque quería sentirlo dominarme un poco, pero siempre en control mutuo. Me puse de rodillas, él detrás, penetrándome de nuevo con una estocada profunda que me sacó un grito. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada thrust, y sus dedos encontraron mi ano, rozándolo juguetón sin entrar, solo para volverme loca. "Estás tan mojada, mi amor, tan apretadita para mí", jadeaba en mi oído, mordiendo mi hombro. Yo empujaba hacia atrás, empalándome más, mis uñas clavándose en las sábanas.
La tensión psicológica también ardía: recuerdos de nuestras primeras veces, de cómo nos encontramos en una fiesta en la Roma, bailando cumbia hasta el amanecer. Él es mi todo, mi pendejo favorito, pensé mientras el placer me nublaba la mente. Pequeñas resoluciones: un beso profundo que nos conectaba almas, una mirada que decía "te amo" sin palabras.
El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. "Me vengo, Alejandro, ¡no pares!", grité, mi cuerpo convulsionando alrededor de su verga. Él aceleró, gruñendo como bestia, y sentí su calor explotar dentro de mí, llenándome con chorros calientes que prolongaron mi orgasmo. Caímos juntos, temblando, abrazados en un enredo de piernas y brazos sudorosos.
Acto final: el afterglow. Nos quedamos así, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Él me besó la frente, suave, tierno. "Eres increíble, Sofia. Cada vez que caemos en este abismo, salimos más unidos". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con la uña. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el de las velas casi apagadas. Afuera, el tráfico de Polanco zumbaba lejano, pero aquí dentro era nuestro mundo.
Nos duchamos juntos después, jabón espumoso deslizándose por nuestros cuerpos, risas y besos bajo el agua caliente. Secos y en bata, volvimos al sofá. La telenovela había terminado, pero nuestra historia seguía. "Capitulo 40 mañana, ¿no?", bromeé, acurrucándome en su regazo. Él rio, abrazándome fuerte. En ese momento, supe que este abismo de pasion no tenía fondo, solo placer infinito y amor que nos elevaba.
La noche terminó con tequila en vasos helados, brindando por nosotros. Mi piel todavía hormigueaba con el eco de sus toques, mi corazón latiendo en ritmo con el suyo. Neta, qué chido es tener un amor así: consensual, ardiente, empoderador. Mañana, otro capítulo.