Agitación del Ánimo Producida por Ideas Recuerdos Sentimientos o Pasiones
Estaba sentada en el balcón de mi depa en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces a mis pies. El aire fresco de la noche traía el aroma de jacarandas y el lejano rumor de los cláxones en Reforma. Pero nada de eso calmaba la agitación del ánimo producida por ideas recuerdos sentimientos o pasiones que me carcomía por dentro. Hacía meses que no veía a Marco, mi ex, ese cabrón que me había dejado con el corazón hecho trizas y el cuerpo pidiendo más. Sus besos ásperos, el sabor salado de su piel sudada, el modo en que me apretaba contra la pared mientras me susurraba guarradas al oído... Todo eso volvía como un pinche torbellino.
¿Por qué chingados no puedo sacármelo de la cabeza? me dije, mientras daba un trago largo a mi michelada. El limón ácido me erizó la lengua, y el chile picaba justo lo necesario para distraerme un rato. Me levanté, me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas como si fueran un pecado capital, y decidí salir. No iba a quedarme ahí rumiando como una pendeja. La noche de la CDMX era para quemar demonios.
El bar en el hotel Four Seasons estaba a reventar de morros bien, con copas tintineando y risas que se mezclaban con el jazz suave de fondo. Me acomodé en la barra, pedí un tequila reposado, y sentí ojos clavados en mí. Ahí estaba él: alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas del bueno. Se llamaba Diego, un arquitecto chilango que olía a colonia cara y a hombre que sabe lo que quiere.
—Neta, güey, traes una vibra que ilumina el lugar, me dijo acercándose, su voz grave como un ronroneo.
Nos pusimos a platicar, y entre risas y shots, la química explotó. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi piel erizarse con cada roce accidental de su mano en mi brazo. Hablamos de todo: de la locura de la ciudad, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo la vida te pone a prueba con pasiones que no se apagan fácil. Pero debajo de las palabras, latía esa agitación que me había traído hasta ahí, esa mezcla de recuerdos de Marco y el fuego nuevo que Diego avivaba.
Salimos del bar caminando por las calles empedradas de Polanco, el viento fresco lamiendo mis piernas desnudas bajo el vestido. Su mano rozó la mía, y no la quité. Esto es lo que necesito, pensé, dejar que el presente borre el pasado. Llegamos a su penthouse en una torre reluciente, con vistas al Castillo de Chapultepec. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto sus labios estaban en los míos.
El beso fue como un rayo: su lengua invadiendo mi boca con urgencia, saboreando el tequila que aún nos unía. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su camisa de lino, mientras él me levantaba el vestido y apretaba mis nalgas con fuerza. Olía a él, a sudor limpio y deseo puro, y el sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba el silencio del lugar.
—Te quiero ya, nena, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta que gemí.
Lo arrastré al sofá de piel italiana, suave como un susurro contra mi espalda cuando me recostó. Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis pechos, y su boca los reclamó con hambre. Sentí su lengua caliente rodeando mis pezones, endureciéndolos al instante, mientras un calor líquido se acumulaba entre mis piernas. Pinche Diego, sabes lo que haces, pensé, arqueándome para darle más.
Le arranqué la camisa, exponiendo su pecho torneado, cubierto de vello oscuro que raspaba delicioso contra mi piel. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. La liberé con un tirón, y la tomé en mi puño, acariciándola despacio, sintiendo las venas pulsantes y la punta húmeda de precum. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.
Pero no era solo físico. En mi mente, los recuerdos de Marco se entretejían con esto: su forma de mirarme como si fuera su reina, el modo en que me hacía sentir invencible en la cama. Esa agitación del ánimo me tenía al borde, una tormenta de emociones que hacía todo más intenso. Diego lo notó, porque se detuvo, sus ojos fijos en los míos.
—Dime qué quieres, preciosa. Todo tuyo.
—Fóllame duro, wey. Hazme olvidar todo, le rogué, mi voz ronca de necesidad.
Me volteó boca abajo en el sofá, el cuero frío contra mis tetas calientes, y separó mis muslos con rudeza juguetona. Su aliento caliente en mi coño me hizo temblar antes de que su lengua lo lamiera entero. ¡Chingado! El placer fue eléctrico: chupaba mi clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Sabía a mí, salado y dulce, y el sonido chapoteante de su boca devorándome era obsceno, delicioso. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su cara, oliendo mi propia excitación mezclada con su colonia.
—Estás chorreando, mamacita, dijo triunfante, y me penetró de una estocada profunda.
Su verga me llenó por completo, estirándome con un ardor placentero que me arrancó un grito. Empezó a bombear lento al principio, cada embestida rozando mis paredes internas, su pubis chocando contra mi culo con palmadas rítmicas. Agarró mi pelo, tirando suave para arquear mi espalda, y me folló más rápido. Sentía cada vena, cada pulso, el sudor goteando de su pecho a mi espalda, resbaloso y caliente.
Esto es vida, pensé en medio del torbellino. Los recuerdos de Marco se desvanecían, reemplazados por este hombre que me hacía suya con cada gruñido. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como una diosa. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis tetas rebotando con cada bajada. Lo miré a los ojos, viendo mi propio fuego reflejado, y aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola.
—¡Ya casi, Diego! ¡No pares! grité, mis uñas en su pecho dejando marcas rojas.
Él se incorporó, chupando mi cuello mientras me clavaba desde abajo, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo en espasmos interminables, un placer que me cegó, que me hizo gritar su nombre como una oración. Él se corrió dentro, caliente y abundante, su cuerpo temblando bajo el mío. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y crudo, mientras jadeábamos pegados, piel contra piel resbaladiza.
Nos quedamos así un rato, envueltos en el afterglow, con las luces de la ciudad parpadeando afuera como testigos mudos. Diego me acarició el pelo, suave, y yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir calmándose poco a poco.
—¿Qué fue esa agitación que traías al llegar? me preguntó bajito, como si leyera mi mente.
Sonreí contra su piel, saboreando el salado de su sudor.
—Ideas, recuerdos, sentimientos... pasiones que me tenían loca. Pero ya se calmaron, wey. Gracias a ti.
Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando los restos de nuestra locura, sus manos jabonosas explorando de nuevo, pero con ternura. Salimos a desayunar en un café de la colonia, con el sol de la mañana calentando las banquetas y el aroma de chilaquiles verdes tentándonos. No era solo un polvo; había conexión, esa chispa que promete más noches así.
Ahora, de vuelta en mi balcón, con una sonrisa tonta y el cuerpo aún zumbando, sé que la agitación del ánimo producida por ideas recuerdos sentimientos o pasiones no se va del todo. Es lo que nos hace vivos, lo que nos empuja a buscar placer en brazos ajenos. Y si Diego llama, estaré lista para más.