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Pasion Prohibida Capitulo 6 El Susurro Prohibido

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Pasion Prohibida Capitulo 6 El Susurro Prohibido

La noche en Polanco se sentía como un secreto a punto de estallar. Las luces de los restaurantes fancy parpadeaban a lo lejos, pero yo, Ana, solo tenía ojos para el hombre que me esperaba en la suite del hotel. Pasion prohibida capitulo 6, pensé mientras subía en el elevador, recordando cómo todo empezó hace meses con un roce inocente en una fiesta. Marco, el carnal de mi esposo, el wey que siempre me hacía reír con sus chistes pendejos. Pero ahora, esa risa se había convertido en algo más profundo, más carnal.

El pasillo alfombrado amortiguaba mis tacones, y el aroma a jazmín del ambientador del hotel me envolvía como una caricia. Mi corazón latía con fuerza, tan fuerte que juraba que se oía en el silencio. Llamé a la puerta con nudillos temblorosos. Se abrió de golpe, y ahí estaba él, Marco, con esa sonrisa lobuna que me derretía. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia fresca y a algo más... a deseo puro.

—Órale, mi reina, al fin llegaste. Te extrañé como loco —murmuró, jalándome adentro con un brazo fuerte.

Su voz grave me erizó la piel. Cerró la puerta con un clic que sonó como el detonador de nuestra pasion prohibida. Me pegó a la pared, sus labios rozando mi oreja. Sentí su aliento caliente, con un toque de tequila reposado que me hizo salivar. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Neta, este wey me tiene bien loca, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un calor que subía desde el estómago.

En el principio de esta locura, todo era tensión contenida. Recordaba las miradas robadas en las cenas familiares, sus pies rozando los míos bajo la mesa. Mi matrimonio con Luis era estable, pero soso, como un pozole sin chile. Marco era el chile, el picor que me hacía viva. Ahora, en esta habitación con vistas a la Reforma, la culpa se mezclaba con la excitación. ¿Y si nos cachaban? Pero ese riesgo solo avivaba el fuego.

Me quitó el vestido negro con lentitud, como si desempacara un regalo. Sus dedos ásperos de tanto trabajar en la construcción rozaban mi piel suave, enviando chispas por mi espina. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi perfume de vainilla. Me miró a los ojos, profundos y cafés como el mole poblano.

—Eres lo más chido que me ha pasado, Ana. Pero neta, esto nos puede joder a todos —dijo, su voz ronca, mientras besaba mi cuello.

Yo gemí bajito, sintiendo su barba raspándome delicioso. Que se joda todo, respondí en mi mente. Mis uñas se clavaron en su espalda, atrayéndolo más. Bajamos al suelo, la alfombra mullida contra mi espalda desnuda. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Sus manos exploraban mis curvas, amasando mis nalgas con posesión tierna. Yo le desabotoné los pantalones, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas gruesas, el calor que emanaba como lava.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Besos húmedos, lenguas enredadas con sabor a menta y sal. Chupé su cuello, mordisqueando suave, oyendo sus gruñidos bajos que vibraban en mi pecho. Él bajó a mis tetas, lamiendo los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Cada lamida era un relámpago, mi clítoris hinchándose de anticipación. Quiero que me coja ya, pendejo, pensé, arqueando la cadera contra su muslo.

Pero Marco era paciente, el cabrón. Me volteó boca abajo, besando mi espalda desde las hombros hasta las nalgas. Su lengua trazó la curva de mi espina, y yo me retorcí, oliendo mi propia excitación, ese almizcle dulce que llenaba la habitación. Sus dedos se colaron entre mis piernas, encontrando mi concha empapada. Glup, glup, el sonido obsceno de sus dedos entrando y saliendo me hizo jadear. Estaba tan mojada que chorreaba por mis muslos.

—Estás chorreando por mí, mi amor. Dime que me quieres dentro —susurró, su aliento caliente en mi nalga.

—Sí, Marco, métemela ya. No aguanto más —rogué, mi voz ahogada en la alfombra.

El medio acto era puro tormento delicioso. Me puso de rodillas, yo gateando como gata en celo. Él se arrodilló atrás, su verga rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese dolor placentero. Sentí cada vena, cada pulso. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel era música erótica, mezclada con nuestros jadeos.

Internamente, luchaba. Esto es pecado, Ana. Luis te espera en casa. Pero el placer borraba todo. Marco aceleró, una mano en mi cadera, la otra en mi pelo, jalando suave para arquearme. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Lo montaba duro, sintiendo su verga golpear mi fondo, mi concha apretándolo como guante.

El clímax se acercaba como ola gigante. Él se sentó, yo en su regazo, cara a cara. Nuestros ojos se clavaron, almas desnudas. Besos salvajes, dientes chocando. Su dedo en mi clítoris, frotando en círculos. Voy a venirme, wey, pensé, y exploté. Mi cuerpo convulsionó, chorros de placer saliendo, mojando sus bolas. Él gruñó, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos dentro de mí.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor. El afterglow era paz pura. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a sexo consumado.

—Esto no puede parar, Ana. Aunque sea prohibido —dijo él, acariciando mi pelo.

Yo sonreí, saboreando el salado de su piel en mis labios. Pasion prohibida capitulo 6, pero ¿cuántos más vendrán? La culpa asomaba, pero el deseo era más fuerte. Me acurruqué en sus brazos, oyendo la ciudad bullir afuera. Por ahora, éramos solo nosotros, en este nido de placer robado. Mañana volvería a ser la esposa perfecta, pero esta noche... esta noche era nuestra.

El sol empezaba a filtrarse por las cortinas cuando nos despedimos con un beso largo, prometiendo más. Bajé del hotel con piernas temblorosas, el semen de Marco aún goteando entre mis muslos, recordatorio vivo de nuestra locura. Caminé por las calles elegantes, el aroma a pan recién horneado mezclándose con mi satisfacción. Neta, valió cada riesgo.

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