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Oración Sensual a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

6906 palabras

Oración Sensual a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje de mi recámara, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel se viera como miel derretida. Yo, Ana, estaba arrodillada frente al altarito casero que tenía en la esquina, con velitas de cera de abeja encendidas y el olor dulzón del incienso flotando en el aire. En mis manos temblorosas sostenía el librito de oraciones, y mis labios se movían casi en silencio recitando oración a la pasión de nuestro señor jesucristo. Cada palabra me erizaba la piel, porque esa pasión no era solo sufrimiento, no para mí esa tarde. Era un fuego que me subía por el vientre, un ardor que me hacía apretar los muslos sin darme cuenta.

¿Por qué carajos me pongo así con esta oración? Es como si las espinas de la corona se clavaran en mi carne de una forma que duele rico, que despierta algo chueco y delicioso adentro.

La puerta se abrió con un chirrido suave, y ahí estaba él, mi carnal, mi esposo Javier. Alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba divino cuando me besaba el cuello. Llevaba la camisa remangada, oliendo a sudor limpio del trabajo y a esa colonia barata que me volvía loca. Me vio de rodillas y sonrió con picardía, cerrando la puerta con el pie.

Neta, Ana, ¿otra vez rezando? —dijo con voz ronca, acercándose despacio—. ¿O es que ya estás en tus oraciones calientes?

Me incorporé un poquito, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros contra la blusa ligera. El aire entre nosotros ya estaba cargado, como antes de la lluvia en el DF. Le tendí el librito sin decir nada, y él lo tomó, sentándose en la cama a mi lado. Sus dedos rozaron los míos, ásperos y calientes, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Lee conmigo —le pedí, mi voz un susurro tembloroso—. Es la oración a la pasión de nuestro señor jesucristo. Pero esta vez... siente cada palabra.

Empezamos juntos, nuestras voces entrelazándose como cuerpos enredados. "Oh Jesús mío, por tu pasión santa..." El sonido de nuestras palabras llenaba la habitación, grave y pausado, mientras su mano subía por mi muslo, apartando la falda con lentitud tortuosa. Sentí el calor de su palma a través de las pantimedias, y mi respiración se aceleró. El incienso se mezclaba ahora con mi olor, ese almizcle dulce que sale cuando estoy mojada.

Javier dejó el libro a un lado y me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a café de la mañana y a deseo puro. Sus labios eran firmes, su lengua explorando con hambre contenida. Gemí bajito contra su boca, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto.

—Estás cañón hoy, mi reina —murmuró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Esa oración te prende como me prende a mí verte así de devota y puta al mismo tiempo.

Reí suave, empujándolo para que se recostara. Me subí encima, sintiendo su verga ya dura presionando contra mi entrepierna. El roce era eléctrico, como chispas en la piel. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas llenas, los pezones oscuros y tiesos pidiendo su boca. Él no se hizo de rogar: succionó uno con fuerza, su lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. El sonido húmedo de su chupada, el jadeo mío, todo se mezclaba con el crepitar de las velas.

¡Qué rico duele esto! Como las llagas de Cristo, pero en mi clítoris palpitante. Quiero más, quiero que me parta en dos con su pasión.

Las manos de Javier bajaron a mis caderas, rasgando las pantimedias con un ruido seco que me erizó toda. El aire fresco tocó mi panocha expuesta, ya empapada y hinchada. Él metió dos dedos sin aviso, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, moviéndome contra su mano, el jugo chorreando por sus nudillos.

—Estás chorreando, pendeja deliciosa —gruñó, sus ojos negros fijos en los míos—. Reza más, dímelo.

Oración a la pasión... —jadeé, mientras él me follaba con los dedos más rápido—. De nuestro... ¡ah, Javier! Señor Jesucristo...

La tensión crecía como una tormenta, mi cuerpo temblando al borde. Pero él se detuvo, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente. La apreté, masturbándolo despacio, viendo cómo su cara se contorsionaba de placer.

Nos volteamos en la cama, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Él se puso entre mis piernas, restregando la punta contra mi raja resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El olor de nuestros sexos se intensificó, salado y animal, mezclado con el incienso que ya se apagaba.

—Más profundo, carnal —le rogué, clavando las uñas en su espalda ancha—. Dame toda tu pasión.

Empezó a bombear, primero lento, dejando que sintiera cada vena rozando mis paredes. El slap-slap de piel contra piel llenaba el cuarto, junto con nuestros gemidos roncos. Sudábamos, el brillo en su pecho moreno, el sabor salado cuando lamí su cuello. Aceleró, sus embestidas brutales pero llenas de amor, mi clítoris frotándose contra su pubis piloso.

Esto es el cielo, neta. La pasión de Cristo en mi coño, redimiéndome con cada estocada. No pares, no pares nunca.

La habitación parecía girar, el calor de nuestros cuerpos haciendo que el aire fuera espeso. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Javier gruñó, su ritmo volviéndose errático, sus bolas golpeando mi culo con fuerza.

—Me vengo, Ana... ¡joder!

Exploté primero, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga como un puño, chorros de placer saliendo de mí. Grité, mordiendo su hombro, el mundo blanco y estrellado. Él se hundió una última vez, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro.

Nos quedamos así, jadeando, pegados y sudorosos. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besó mi frente, mi nariz, mis labios hinchados.

—Te amo, mi santa pecadora —susurró, rodando a un lado pero sin soltarme.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. El incienso se había apagado, pero el aroma de sexo perduraba, embriagador. Tomé el librito otra vez, pasando las páginas con dedos perezosos.

—Gracias por esta pasión —murmuré, besando su piel salada—. La de Él... y la nuestra.

El sol se había puesto, dejando la recámara en penumbras suaves. Afuera, el bullicio de la colonia empezaba, coches pitando lejanos, risas de vecinos. Pero aquí, en nuestro nido, solo estábamos nosotros, redimidos en el afterglow. Javier me apretó más, y supe que esto era nuestra oración diaria, nuestra fe carnal y eterna.

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