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Pasión Ardiente del Elenco de Cristo

5997 palabras

Pasión Ardiente del Elenco de Cristo

En las calles empedradas de Taxco, durante la Semana Santa, el aire olía a incienso y a flores de bugambilia. Ana, con su larga melena negra cayendo como cascada sobre los hombros, se preparaba para la obra de Pasión de Cristo. Ella era María Magdalena, la pecadora redimida, y Javier interpretaba a Jesús, con esa mirada profunda que hacía que las mujeres del pueblo suspiraran. El elenco de Pasión de Cristo era un grupo cercano, todos adultos apasionados por el teatro callejero, ensayando bajo el sol abrasador de Guerrero.

Ana ajustó su túnica roja, sintiendo el roce áspero de la tela contra su piel morena. ¿Por qué cada vez que Javier me mira, siento este calor en el vientre? pensó, mientras el sudor perlaba su escote. Durante los ensayos, sus manos se rozaban accidentalmente al mover las cruces de madera, y el contacto enviaba chispas por su espina dorsal. Javier, con su cuerpo atlético marcado por horas en el gimnasio, olía a jabón fresco y a tierra húmeda después de las caminatas por las cuestas.

La primera noche de representación llegó con tambores retumbando y velas parpadeando. El público abarrotaba la plaza, gritando "¡Viva Cristo Rey!". Ana, arrodillada ante Javier crucificado, levantó la vista. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, el guion se desdibujó. Sintió su pulso acelerado, el corazón latiéndole como un tambor huichol. Después de la escena, mientras el elenco aplaudía entre risas y chelas frías, Javier se acercó. "Órale, Magdalena, hoy la clavaste. Parecías poseída por el demonio... o por algo más chido."

Ana rio, sintiendo el cosquilleo en las yemas de los dedos. "Tú tampoco te quedas atrás, Jesús. Esa cruz te queda como anillo al dedo, carnal." Caminaron juntos hacia la posada donde se hospedaba el elenco, el bullicio de la procesión desvaneciéndose. La noche era tibia, cargada de jazmín y el humo de las fogatas. En el pasillo angosto, Javier la tomó del brazo. "¿Sabes? Ensayando tu arrepentimiento, no paro de imaginar cómo sería si no fuera fingido."

El deseo se encendió como pólvora. Ana lo miró, mordiéndose el labio inferior, el sabor salado de su propio sudor en la lengua. Esto es loco, pero qué chingón se siente, pensó. Lo jaló a su habitación, la puerta cerrándose con un clic suave. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando sus cuerpos en plata. Javier la besó con hambre, sus labios firmes y cálidos, saboreando a tequila y a menta. Ana gimió bajito, "Ay, wey, no pares."

Sus manos exploraron. Javier deslizó los dedos por su cuello, bajando hasta desatar la blusa. La tela cayó, revelando sus pechos plenos, los pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. Él los besó, chupando suavemente, el roce de su barba incipiente erizando su piel. Ana arqueó la espalda, oliendo su aroma masculino, mezcla de sudor limpio y loción barata. Siento su verga dura contra mi muslo, gruesa y palpitante. Qué ganas de probarla.

Lo empujó a la cama, el colchón crujiendo bajo su peso. Se arrodilló como en la obra, pero esta vez con lujuria pura. Desabrochó sus pantalones, liberando su miembro erecto, venoso y caliente. Lo lamió desde la base, saboreando la piel salada, el precum dulce en la punta. Javier gruñó, enredando los dedos en su pelo. "¡Qué rica boca, nena! Chúpamela más profundo." Ana obedeció, succionando con ritmo, el sonido húmedo llenando la habitación, sus jadeos entrecortados como oraciones prohibidas.

La tensión crecía, un nudo ardiente en su bajo vientre. Javier la levantó, volteándola sobre las sábanas revueltas. Besó su ombligo, bajando por el monte de Venus, inhalando su aroma almizclado de excitación. Separó sus labios mayores con los dedos, encontrándola empapada, resbaladiza. "Estás chorreando, Magdalena. ¿Quieres que te folle como mereces?" Ana asintió, las uñas clavándose en sus hombros. "Sí, pendejo, métemela ya. No aguanto."

Él se posicionó, la punta rozando su entrada, untándose en sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana jadeó, el placer-pinchazo irradiando desde su centro. Siento cada vena, llenándome por completo. Es como si me partiera en dos, pero qué rico duele. Javier comenzó a moverse, embestidas lentas al principio, el slap-slap de piel contra piel sincronizándose con sus gemidos. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor a sexo impregnando el aire.

Aceleró, sus caderas chocando con fuerza, las bolas golpeando su perineo. Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones. "Más duro, cabrón. Hazme tuya." Él obedeció, una mano en su clítoris, frotando en círculos rápidos. El orgasmo la alcanzó como una ola, contrayendo sus paredes alrededor de él, gritando su nombre mientras estrellas explotaban tras sus párpados. Javier la siguió, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el suyo.

Se derrumbaron, jadeantes, el pecho de él subiendo y bajando contra sus senos. El silencio solo roto por sus respiraciones entrecortadas y el lejano eco de cohetes en la plaza. Ana acarició su espalda, trazando los músculos relajados, sintiendo el latido de su corazón calmándose contra el suyo. Esto fue más que un polvo. Fue como redención de verdad, pensó, besando su sien húmeda.

Al amanecer, con el sol tiñendo las colinas de oro, Javier se incorporó. "Elenco de Pasión de Cristo... quién iba a decir que tendríamos nuestra propia pasión fuera del escenario." Ana sonrió, estirándose como gata satisfecha. "Y ni una sola cruz que cargar. Solo placer puro." Se vistieron entre risas, sabiendo que las próximas funciones tendrían un secreto ardiente. La Semana Santa continuaba, pero su historia apenas comenzaba, con promesas de noches igual de intensas.

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