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Peliculas de Pasion en Netflix que Encienden el Fuego

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Peliculas de Pasion en Netflix que Encienden el Fuego

La lluvia caía sin piedad sobre las calles de la Ciudad de México esa noche de viernes. El sonido constante contra las ventanas de mi depa en la Roma me hacía sentir acurrucada y segura. Yo, Ana, acababa de llegar del jale en la agencia de publicidad, con el cuerpo pesado pero el ánimo encendido. Ricardo, mi vato desde hace un año, ya estaba tirado en el sofá, con una chela en la mano y el control remoto bailando entre sus dedos. Qué chido verte llegar, morra, me dijo con esa sonrisa pícara que siempre me hace cosquillas en el estómago.

Me quité los zapatos de tacón, sentí el fresco del piso de madera bajo mis pies cansados, y me acerqué a él oliendo a su colonia mezclada con el aroma de las papas fritas que había abierto. ¿Qué vemos hoy wey? le pregunté mientras me sentaba a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo ya la dureza de sus músculos debajo de mis nalgas. Él me jaló de la cintura, su aliento cálido en mi cuello. Algo que nos prenda, neta. Busquemos películas de pasión en Netflix, ¿va?

Me encantó la idea. Hacía semanas que el estrés del día a día nos había alejado de la acción en la cama. Abrí la app en la tele grande, el brillo de la pantalla iluminando nuestras caras. Tecleé películas de pasión en Netflix y ¡órale! Aparecieron un chorro de opciones: dramas intensos con besos que parecían de fuego, romances prohibidos con cuerpos entrelazados. Elegimos una gringa con actores que se veían como dioses, llena de miradas cargadas y toques accidentales que prometían más.

Apagué las luces, solo quedó el resplandor azul de la tele y el golpeteo de la lluvia. Me recargué en su pecho, su corazón latiendo fuerte contra mi espalda. La peli empezó suave: ella caminando por una playa al atardecer, el viento revolviéndole el pelo, él observándola con hambre en los ojos. Sentí la mano de Ricardo deslizarse por mi muslo, subiendo lento bajo mi falda.

Ya me está dando calor este pedo
, pensé, mientras mi piel se erizaba con cada roce de sus dedos callosos.

En la pantalla, los protagonistas se besaban por primera vez. Fue un beso de esos que duran eternos, lenguas explorando, manos apretando cinturas. Ricardo me giró la cara y me plantó uno igualito, su boca sabiendo a chela fría y a deseo puro. Gemí bajito contra sus labios, el sonido ahogado por el trueno que retumbó afuera. Sus dedos subieron más, rozando el encaje de mis calzones, ya húmedos. Estás mojada, Ana, qué rico, murmuró en mi oído, su voz ronca como grava.

La tensión crecía con la peli. Ahora ellos estaban en una cama de hotel, ella quitándole la camisa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Yo imité el movimiento, desabotonando la de Ricardo sin dejar de ver la pantalla. Su pecho moreno y firme quedó a la vista, olía a sudor limpio y a hombre. Lamí su pezón izquierdo, sintiendo cómo se endurecía en mi lengua, salado y cálido. Él jadeó, ¡Carajo, morra, me traes loco! Sus manos me amasaron las nalgas, apretando fuerte, enviando chispas directo a mi centro.

Esto es mejor que cualquier película de pasión en Netflix, neta
, se me cruzó por la mente mientras él me bajaba la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. El pezón derecho se me paró al instante con el roce de su aliento. Lo chupó suave al principio, luego con más hambre, mordisqueando lo justo para que doliera rico. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros, el olor de mi propia excitación mezclándose con el suyo, espeso y embriagador como tequila añejo.

La escena en la tele escaló: ella de rodillas, lamiendo su verga como si fuera el mejor helado del mundo. Ricardo no esperó. Me levantó como pluma, me quitó la falda y calzones en un movimiento fluido, y me sentó en el borde del sofá. Ahora te voy a comer, Ana, gruñó, separándome las piernas. Su lengua tocó mi clítoris y el mundo explotó. Lamía despacio, saboreando mis jugos, el sonido húmedo de su boca contra mi concha era obsceno y delicioso. Gemí alto, ¡Sí, wey, así, no pares! Mis caderas se movían solas, frotándome contra su cara barbuda, sintiendo la aspereza deliciosa de su barba en mis muslos internos.

Él se levantó, se bajó los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un arma cargada. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La masturbé lento, viendo gotas de precum brillar en la punta.

Qué chingona se ve, toda para mí
. Me arrodillé, imitando a la actriz, pero con mi toque mexicano: la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado almizclado, chupando con hambre mientras él me agarraba el pelo.

La lluvia arreció afuera, truenos retumbando como mis pulsos acelerados. Ricardo me levantó, me cargó al sillón reclinable, y se hundió en mí de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! grité de placer, mi concha apretándolo como guante. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando ese punto dentro que me volvía loca. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, llenaba la habitación. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo perfecto.

Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada thrust. Te sientes de puta madre, Ana, tan apretada y caliente. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, oliendo nuestro sexo crudo. La peli seguía de fondo, gemidos falsos que palidecían ante los nuestros reales.

No aguanto más, me vengo
, pensé, y exploté. El orgasmo me sacudió como relámpago, contracciones milking su verga, gritando su nombre mientras lágrimas de puro gozo rodaban por mis mejillas.

Él no paró, siguió follando duro hasta que rugió, ¡Me vengo, morra! Su leche caliente me llenó, chorro tras chorro, desbordándose por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa y corazones galopando. La peli terminaba en la pantalla, créditos rodando, pero nosotros apenas empezábamos el afterglow.

Ricardo me besó la frente, su mano acariciando mi vientre suave. Eso fue mejor que cualquier película de pasión en Netflix, ¿verdad? Asentí, riendo bajito, sintiendo su semen goteando lento. Nos quedamos así, envueltos en la manta, escuchando la lluvia calmarse. El aroma de sexo y lluvia impregnaba el aire, un perfume nuestro, íntimo.

Esto es lo que necesitaba, conexión pura, sin filtros
.

Apagué la tele, la habitación quedó en penumbras. Su cabeza en mi pecho, mi mano enredada en su pelo revuelto. Mañana sería otro día de tráfico y juntas, pero esta noche, éramos invencibles. El fuego que encendieron esas películas de pasión en Netflix ardía ahora en nosotros, eterno y nuestro.

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