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Auto de la Pasión

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Auto de la Pasión

El sol del atardecer teñía de naranja las curvas de la carretera que serpenteaba hacia el mirador de las estrellas, allá en las afueras de la Ciudad de México. Tú, con el corazón latiéndote a mil por hora, mirabas de reojo a Marco mientras él manejaba su viejo Mustang rojo, ese clásico que él llamaba el Auto de la Pasión. La pintura brillaba como piel sudorosa bajo el último rayo de luz, y el motor rugía con un ronroneo grave que te hacía vibrar hasta los huesos.

"Órale, morra, ¿ya te late este ride o qué?" te dijo él con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés clavados en ti por un segundo antes de volver al camino. Marco era de esos carnales que te quitaban el hipo: alto, con brazos fuertes de tanto trabajar en su taller mecánico, y un olor a aceite limpio mezclado con su colonia barata pero adictiva, como madera quemada y algo salvaje.

Tú asentiste, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Habían pasado semanas de mensajes coquetos, de miraditas en la fiesta de los cuates donde se conocieron. "Neta, este auto es chingón", respondiste, pasando la mano por el tablero de cuero gastado, suave como caricia. El viento entraba por la ventanilla entreabierta, revolviendo tu pelo negro largo y trayendo el aroma fresco de los pinos que flanqueaban la carretera. Ya sentías esa humedad traicionera entre las piernas, solo por estar cerca de él.

"¿Por qué le dices Auto de la Pasión?" le preguntaste en tu mente, pero en voz alta solo soltaste una risa nerviosa.

"Porque aquí han pasado cosas que te harían sonrojar, simón", contestó él, guiñándote el ojo. Su mano grande se posó en tu muslo desnudo, bajo la falda corta que te habías puesto a propósito. El calor de su palma traspasó la tela fina de tus panties, y un escalofrío te recorrió la espina dorsal. No la quitó; al contrario, la apretó un poquito, subiendo despacito hacia donde ya ardías.

El auto trepaba la cuesta, y con cada bache, su mano se movía, rozando el borde de tu ropa interior. Podías oler tu propia excitación mezclada con el cuero caliente del asiento y el humo lejano de alguna fogata. Tus pezones se endurecieron contra la blusa ligera, y mordiste tu labio para no gemir todavía. Esto apenas empieza, pinche ansiosa, pensaste, pero tu cuerpo gritaba por más.

Llegaron al mirador justo cuando el sol se hundía detrás de las montañas. El valle se extendía abajo como un mar de luces incipientes, y el aire fresco de la altura te erizó la piel. Marco apagó el motor, y el silencio repentino fue roto solo por sus respiraciones aceleradas. Se giró hacia ti, su rostro iluminado por el resplandor rosado del cielo.

"Ven acá, preciosa", murmuró, jalándote hacia él. Sus labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, con sabor a chicle de menta y deseo puro. Su lengua exploró tu boca, danzando con la tuya, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando el sostén con maestría. Gemiste contra su boca, el sonido ahogado por el beso, y sentiste su verga endureciéndose contra tu muslo a través del pantalón ajustado.

Te recargaste en el asiento del copiloto, abriendo las piernas instintivamente. Él no perdió tiempo: su boca bajó a tu cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro húmedo que olía a su saliva y tu perfume de jazmín. "Qué rica hueles, cabrona", gruñó, mientras sus dedos se colaban bajo tu falda, apartando la tanga empapada. Tocó tu clítoris con la yema del pulgar, círculos lentos que te hicieron arquear la espalda.

El Auto de la Pasión se mecía levemente con tus movimientos. El cuero crujía bajo tu peso, y el vidrio empañado empezaba a gotear por el calor que desprendían sus cuerpos. Podías oír el latido de tu pulso en los oídos, mezclado con los jadeos de Marco y el zumbido distante de la ciudad abajo. Sus dedos entraron en ti, dos de golpe, curvándose justo donde dolía de placer. "Estás chorreando, wey", dijo con voz ronca, bombeando despacio mientras te chupaba un pezón endurecido.

"No pares, por favor, no pares", suplicaba tu mente, mientras tus caderas se movían solas contra su mano.

La tensión crecía como una tormenta. Querías más, lo necesitabas dentro. Lo empujaste hacia atrás, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que olía a macho puro. La lamiste despacio, saboreando la sal de su piel, mientras él echaba la cabeza atrás con un gemido gutural. "¡Qué chido chupas, morra!"

El asiento reclinable cedió con un clic, y te subiste encima de él, a horcajadas. El espacio era chiquito, pero eso lo hacía más intenso: sus rodillas chocaban contra la consola, tus rodillas contra la guantera. La falda se arremangó sola, y guiaste su verga a tu entrada, bajando despacio. El estiramiento te arrancó un grito ahogado; lo sentías llenándote centímetro a centímetro, pulsando caliente dentro de ti.

"¡Cárgate, qué apretada estás!" jadeó él, agarrando tus nalgas con fuerza, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Empezaste a moverte, arriba y abajo, el ritmo marcado por el rechinar del auto y vuestros cuerpos chocando. Sudor resbalaba por tu espalda, goteando en su pecho desnudo, y el olor a sexo llenaba el habitáculo: almizcle, piel húmeda, cuero recalentado.

Sus manos subieron a tus tetas, amasándolas mientras tú acelerabas, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola en tu vientre. "Más rápido, pinche diosa", te urgió, y mordiste su hombro para no gritar demasiado fuerte. El mundo se reducía a eso: su verga golpeando tu punto G, sus bolas chocando contra tu culo, el roce de su vello púbico contra tu clítoris hinchado.

De repente, cambiaste de posición. Te giraste, dándole la espalda, apoyando las manos en el tablero. Él se incorporó, embistiéndote desde atrás con fuerza animal. Cada thrust era un estruendo: piel contra piel, gemidos entrecortados, el auto balanceándose como si fuera a despegar. "¡Me vengo, Marco! ¡No mames!" gritaste, y el clímax te golpeó como un rayo, contracciones que ordeñaban su verga, jugos resbalando por tus muslos.

Él no se hizo rogar. Dos embestidas más y se corrió dentro de ti, caliente y espeso, gruñendo tu nombre como una oración. "¡Ay, wey, qué rico!" Los dos colapsaron, jadeando, pegados por el sudor. El aire estaba denso, cargado de ese olor post-sexo que te hace sonreír pendeja.

Minutos después, él te abrazó por detrás, su verga aún semi-dura dentro de ti, mientras miraban las estrellas que salpicaban el cielo negro. El viento fresco entraba por la ventanilla, secando el sudor de tu piel. "Ese es el verdadero Auto de la Pasión", murmuró en tu oído, besándote el hombro.

Tú sonreíste, sintiendo una paz chida invadiéndote. No era solo el sexo brutal; era la conexión, la risa compartida antes, la promesa de más rides como este. Bajaron despacio, arreglándose la ropa con besos perezosos. El motor rugió de nuevo, llevándolos de vuelta a la ciudad, pero con un fuego nuevo encendido en el pecho.

En el retrovisor, viste el mirador alejarse, testigo mudo de tu rendición al deseo. Y supiste que volverías al Auto de la Pasión, una y otra vez.

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