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Pasion y Poder Capitulo 70 El Despertar de los Sentidos

7352 palabras

Pasion y Poder Capitulo 70 El Despertar de los Sentidos

La noche en Polanco caía como un velo de terciopelo negro sobre la ciudad, con las luces de los rascacielos parpadeando como estrellas coquetas. Elena entró a su penthouse con el corazón latiéndole a mil por hora, el eco de sus tacones altos resonando en el mármol italiano del piso. Había sido un día de juntas eternas, de miradas cargadas de tensión con Diego, ese cabrón atractivo que dirigía la empresa rival pero que, en secreto, la volvía loca de deseo. "Pasión y poder, capítulo 70", pensó mientras se quitaba el abrigo, recordando cómo su relación clandestina se sentía como una telenovela que ellas mismas escribían, llena de intrigas y fuego reprimido.

El aire olía a jazmín fresco de los jarrones que su asistente había colocado, mezclado con el leve aroma a tabaco caro que Diego siempre traía consigo. Él ya estaba ahí, esperándola junto a la barra de granito negro, con una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Sus ojos cafés la devoraban desde la distancia, como si ya la estuviera desnudando. ¿Cuánto tiempo más vamos a jugar a esto, pendejo? se dijo Elena, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

—Ven acá, reina —le dijo él con esa voz ronca que parecía miel quemada, extendiendo una mano mientras servía dos copas de tequila reposado—. Hoy cerramos ese trato con los gringos, pero lo único que quiero celebrar es tenerte frente a mí.

Elena se acercó despacio, sus caderas balanceándose con naturalidad felina bajo el vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas. El roce de la tela contra su piel ya la erizaba, y cuando tomó la copa, sus dedos se rozaron, enviando una descarga eléctrica directo a su vientre. Bebieron en silencio, el tequila bajando ardiente por su garganta, calentándole el cuerpo desde adentro. El sabor ahumado se mezclaba con el salado de sus labios, y ella no pudo evitar lamerse, imaginando el gusto de él.

Esto es pasion y poder puro, capítulo 70 de nuestra historia loca. No más juegos, esta noche me rindo a ti, Diego, pero solo si me haces mía como nadie más.

Acto uno apenas comenzaba. Elena dejó la copa y lo empujó contra la barra, sus uñas pintadas de rojo clavándose en su camisa. —¿Crees que puedes manejarme, chulo? —le susurró al oído, mordisqueando el lóbulo mientras inhalaba su colonia masculina, ese olor a sándalo y sudor fresco que la mareaba.

Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Sus manos grandes subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta encontrar la rendija de sus medias de encaje. —Pruébame, mamacita. Te he deseado desde el primer día que te vi en esa junta, mandando como reina.

La tensión crecía como una tormenta en el Golfo, el aire entre ellos cargado de electricidad. Se besaron con hambre, lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando el tequila y la sal de sus pieles. Elena sintió su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y palpitante bajo los pantalones, y un gemido se le escapó, ahogado en la boca de él.

La llevaron al sofá de cuero negro, donde el tacto fresco contrastaba con el calor de sus cuerpos. Diego la recostó con cuidado, pero sus ojos brillaban con esa dominancia que tanto la excitaba. Le quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos llenos, el ombligo perfumado. Elena arqueó la espalda, sus pezones endureciéndose al aire, rosados y suplicantes. Su aliento caliente en mi piel... Dios, qué rico se siente este poder compartido.

En el medio del acto, la intensidad escalaba. Diego se arrodilló entre sus piernas abiertas, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación, ese olor dulce y salado que lo volvía loco. —Estás chorreando por mí, ¿verdad, preciosa? —dijo, pasando un dedo por sus labios hinchados, lubricados por sus jugos.

Elena asintió, jadeante, el corazón retumbándole en los oídos como tambores aztecas. —Sí, cabrón, hazme tuya. Pero no creas que te dejo ganar fácil.

Él rio bajito, ese sonido ronco que le erizaba la nuca, y hundió la lengua en ella. El primer lametón fue como fuego líquido: áspero, caliente, explorando cada pliegue con maestría. Elena gritó, sus manos enredándose en su cabello negro, tirando fuerte mientras olas de placer la recorrían. Saboreaba su propia esencia en la boca de él cuando lo besó después, salada y adictiva. Sus dedos entraron en ella, curvándose justo en ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su pulgar masajeaba su clítoris hinchado. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y el tráfico lejano de Reforma.

Esto es el clímax de pasion y poder, capítulo 70. Mi cuerpo tiembla, mi mente se rinde, pero mi alma grita por más. Elena luchaba internamente: el poder que tanto amaba cederlo por un momento, pero ganarlo en el placer mutuo. Diego se desnudó, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue, músculos definidos por horas en el gym de Las Lomas. Su verga erguida, venosa, goteando pre-semen, la apuntó directo a su entrada.

—¿La quieres adentro, mi reina? —preguntó él, frotándola contra sus labios, lubricándola.

—¡Chíngame ya, Diego! —exigió ella, envolviendo las piernas alrededor de su cintura.

Entró de un solo empujón suave pero firme, llenándola por completo. El estiramiento ardiente la hizo jadear, sintiendo cada vena pulsando dentro. Se movieron en ritmo perfecto, él embistiendo profundo, ella respondiendo con caderas giratorias. El sudor perlaba sus pieles, goteando entre senos y abdomen, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Tocaban todo: pechos apretados, nalgas amasadas, cuellos mordidos. Elena clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba.

La escalada llegó al pico cuando Diego la volteó a cuatro patas, el cuero del sofá crujiendo bajo ellos. Desde atrás, la penetraba con fuerza controlada, una mano en su clítoris, la otra tirando de su cabello. —¡Eres mía, Elena! —gruñó, su voz quebrada por el esfuerzo.

—¡Y tú mío, pendejo! —respondió ella, empujando contra él, el placer acumulándose como lava.

El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de contracciones que la dejó temblando, gritando su nombre mientras chorros de placer mojaban sus muslos. Diego la siguió segundos después, hinchándose dentro, eyaculando caliente y espeso, llenándola hasta desbordar. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, yacían enredados, la piel pegajosa y satisfecha. Diego la besó la frente, suave ahora, mientras el aroma a sexo y jazmín flotaba perezoso. Elena trazó círculos en su pecho, sintiendo la paz de la rendición compartida.

Pasión y poder, capítulo 70 cerrado con broche de oro. Mañana volvemos a la guerra de negocios, pero esta noche, somos invencibles juntos.

La ciudad seguía viva afuera, pero en ese penthouse, solo existía el eco de su unión, prometiendo más capítulos ardientes por venir.

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