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Como Revivir la Llama de la Pasion

6944 palabras

Como Revivir la Llama de la Pasion

Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años y vivo en la colonia Roma de la Ciudad de México. Mi marido, Javier, y yo llevamos diez años casados. Al principio, todo era fuego puro: besos que duraban horas, caricias que me ponían la piel de gallina y noches en las que no podíamos quitarnos la ropa ni con tijeras. Pero la rutina se coló como un ladrón silencioso. Los niños, el trabajo, las cuentas... la llama de la pasión se apagó poco a poco. Hasta que un día, navegando por internet mientras él roncaba en el sofá, encontré un artículo titulado "como revivir la llama de la pasion". Sonreí con picardía. "¿Y si lo intento, carnal?", me dije. Esa noche decidí que iba a ser yo la que avivara el fuego.

Era viernes por la tarde. Los chamacos estaban con mi suegra en su casa de Coyoacán, dándonos un fin de semana libre. Javier llegó del oficina, cansado como siempre, con la camisa arrugada y el pelo revuelto. "Hola, mi rey", le dije mientras le daba un beso en la mejilla, pero él solo murmuró un "qué onda, nena" y se dejó caer en el sillón con una cerveza en la mano. Lo miré de reojo: todavía era guapo el cabrón, con esos ojos cafés profundos y el cuerpo atlético que mantenía con sus partidos de fut en el parque. Pero ya no me veía como antes. Yo tampoco me sentía la misma: curvas más pronunciadas, pero con ganas de ser deseada.

Preparé la cena con un toque especial: tacos de arrachera con cilantro fresco y cebolla morada, su favorito. El aroma del limón y el comal caliente llenaba la cocina, haciendo que mi estómago rugiera. Mientras comíamos en la terraza, con las luces de la ciudad parpadeando a lo lejos, saqué el tema. "¿Sabes, amor? Leí algo interesante sobre como revivir la llama de la pasion. Dice que hay trucos para que las parejas vuelvan a encenderse". Él levantó la ceja, masticando. "¿Trucos? ¿Qué, como en las películas? No mames, Ana, estamos bien así". Pero yo vi el brillo en sus ojos. Lo pinché un poco: "Ay, no seas pendejo, Javier. ¿No extrañas cuando nos comíamos a besos en el coche?". Se rió, pero su mirada se quedó fija en mis labios.

Después de cenar, le propuse un baño. "Ven, mi chulo, relájate conmigo". Llené la tina con agua caliente, echando sales de lavanda que olían a jardín mojado después de la lluvia. El vapor subía en espirales, empañando el espejo. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis senos libres bajo el bra de encaje negro que compré esa mañana en La Villa. Él entró, todavía con pants, y se sorprendió. "Órale, ¿qué traes?". Lo jalé por la mano, sintiendo su piel cálida contra la mía. El agua nos envolvió, tibia y suave como un abrazo. Sus manos en mi espalda, resbalosas por el jabón, me erizaron la piel. "

Esto es como revivir la llama de la pasion, ¿verdad?
", susurré en su oído, mordisqueando el lóbulo. Su respiración se aceleró, y sentí su verga endureciéndose contra mi muslo.

Ahí empezó el verdadero juego. Salimos del baño envueltos en toallas, riendo como adolescentes. Lo empujé contra la cama king size que teníamos desde nuestra luna de miel en Cancún. La habitación olía a velas de vainilla que encendí, y la luz tenue pintaba sombras suaves en las paredes blancas. Me subí encima de él, quitándole la toalla con un movimiento lento. Su pecho subía y bajaba rápido, los músculos tensos. "Te deseo, Javier. Como al principio", le dije, mientras mis uñas recorrían su abdomen, bajando hasta su miembro erecto, caliente y pulsante en mi palma. Él gimió, un sonido gutural que me mojó entre las piernas. "Chíngame, Ana", murmuró, y yo sonreí. No tan rápido, mi amor.

Le besé el cuello, saboreando el salado de su sudor mezclado con el aroma fresco de la loción aftershave que usaba. Mi lengua trazó caminos por su clavícula, bajando a sus pezones oscuros. Los chupé suave, luego fuerte, sintiendo cómo se endurecían bajo mi boca. Sus manos agarraron mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo arqueé la espalda, gimiendo contra su piel. "

¿Sientes eso? La pasión renaciendo
", pensé, mientras bajaba más. Tomé su verga en mi mano, acariciándola de arriba abajo, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. La lamí desde la base hasta la punta, probando el sabor salado de su pre-semen. Él se arqueó, jadeando: "¡Qué rico, nena! No pares". Chupé más profundo, mi boca envolviéndolo, la lengua girando alrededor del glande. El sonido húmedo de mi succión llenaba la habitación, mezclado con sus gruñidos roncos.

Pero quería más. Quería que ardiera. Me levanté, quitándome la tanga empapada. Mi panocha estaba hinchada, lista, goteando deseo. Me senté en su cara, sintiendo su aliento caliente contra mis labios vaginales. "Come, amor. Devórame". Su lengua entró en mí como un rayo, lamiendo mi clítoris con hambre. El placer me recorrió como electricidad, mis caderas moviéndose solas, frotándome contra su boca barbuda. Olía a mí, a sexo puro, a mujer en celo. Gemí alto, agarrando las sábanas: "¡Sí, así, pendejito! Como revivir la llama de la pasion, cabrón". Él lamía más fuerte, metiendo dos dedos dentro, curvándolos contra mi punto G. El orgasmo me golpeó como una ola en la playa de Puerto Vallarta: temblé entera, chorros de placer saliendo de mí, mojando su cara.

No le di tiempo a recuperarse. Me giré, montándolo en reversa. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Dios!", grité, sintiendo cómo me estiraba, cómo rozaba cada pared sensible. Cabalgué duro, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas sonoras. El sudor nos unía, resbaladizo, y el olor a sexo impregnaba el aire. Él me agarró las caderas, embistiéndome desde abajo, profundo y salvaje. "Eres mi reina", jadeó, y yo aceleré, mis senos rebotando, el placer acumulándose otra vez. Sentí sus bolas tensándose contra mí, su verga hinchándose más.

Cambié de posición: me puse a cuatro patas, arqueando la espalda. "Ven, rómpeme". Entró por detrás, agarrándome el pelo con una mano, la otra en mi clítoris. Cada estocada era un trueno, su pelvis golpeando mi culo con fuerza. El sonido era obsceno, húmedo, perfecto. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y yo apreté alrededor de él, ordeñándolo. Su semen caliente me inundó, disparo tras disparo, mientras mi segundo orgasmo me hacía gritar su nombre. Colapsamos juntos, jadeantes, piel contra piel pegajosa de sudor y fluidos.

Nos quedamos así un rato, abrazados en la cama deshecha. Su corazón latía fuerte contra mi pecho, y yo acariciaba su espalda, sintiendo la paz después de la tormenta. "Gracias por esto, mi vida", murmuró él, besándome la frente. "Fue como revivir la llama de la pasion de verdad". Sonreí en la oscuridad. Sí, lo fue. Y supe que esto era solo el principio. Mañana probaríamos más trucos. La noche aún era joven, y el fuego, eterno.

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