Pasion de Gavilanes Capitulo 2 Fuego en la Sangre
En el corazón del rancho Las Águilas en las afueras de Culiacán Gabriela Elizondo caminaba con el sol del mediodía quemándole la piel morena. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia matutina mezclado con el aroma dulce de las jacarandas en flor. Hacía dos años que no pisaba ese lugar lleno de recuerdos ardientes y prohibidos. Su familia la había mandado de regreso desde la ciudad para "arreglar asuntos" pero ella sabía que era por él. Javier Reyes el hombre que la había marcado como un gavilán en vuelo rasante.
Desde la veranda del porche principal Gabriela lo vio aproximarse a caballo su camisa blanca pegada al torso sudado por el esfuerzo del corral. Los músculos de sus brazos se tensaban con cada movimiento del animal y el viento jugaba con su cabello negro revuelto. Qué pendejo soy por volver pensó ella mordiéndose el labio inferior mientras un calor familiar se encendía en su vientre. Javier desmontó con gracia felina y sus ojos café oscuro la encontraron al instante. Esa mirada que prometía tormentas y placeres ocultos.
—Gabriela —dijo él con voz grave como el trueno lejano acercándose con pasos firmes—. ¿Qué chingados haces aquí tan guapa y sola?
Ella sonrió coqueta sintiendo el pulso acelerarse en su cuello. —Neta Javier vine por negocios familiares pero ya ves cómo me reciben. ¿Y tú sigues siendo el rey del rancho?
Él se paró a un metro de distancia lo suficientemente cerca para que Gabriela oliera su sudor masculino mezclado con cuero y tabaco. El deseo latía entre ellos como un tambor de banda sinaloense. Recordaba Pasión de Gavilanes capítulo 2 esa novela que veían juntos en la tele del cuarto de la hacienda donde los hermanos Reyes seducían a las hermanas con promesas de pasión eterna. Esto es peor que esa pinche telenovela se dijo Gabriela mientras sus pezones se endurecían bajo la blusa de algodón.
La tarde avanzó con charlas en la cocina donde Doña Rosa preparaba tacos de carne asada. Javier rozaba accidentalmente el brazo de Gabriela enviando chispas por su espina dorsal. Cada roce era un recordatorio de noches pasadas cuando sus cuerpos se enredaban bajo las sábanas oliendo a sexo y jazmín. Ella luchaba internamente:
Es un wey del rancho yo soy de ciudad ¿qué futuro hay? Pero joder cómo lo deseopensaba mientras bebía un trago de tequila que ardía en su garganta como su propia sangre en ebullición.
Al caer la noche el rancho se llenó de luces tenues y el sonido lejano de un mariachi tocando corridos en la fiesta familiar. Gabriela se escabulló hacia el establo buscando aire fresco pero Javier la siguió como un depredador. La puerta de madera crujió al cerrarse y de pronto estaban solos en la penumbra iluminada por una bombilla amarillenta. El olor a heno fresco y caballos los envolvía.
—No mames Gabriela —murmuró él acorralándola contra la pared áspera— desde que te vi hoy no he pensado en otra cosa que en comerte a besos.
Ella alzó la barbilla desafiante sus labios entreabiertos. —¿Y qué esperas cabrón? Hazlo.
La boca de Javier cayó sobre la suya como un rayo. Sus labios eran calientes y exigentes saboreando a tequila y a ella misma. Gabriela gimió bajito sintiendo su lengua invadirla danzando con la suya en un ritmo frenético. Sus manos grandes subieron por su espalda desabrochando el sostén con maestría mientras ella clavaba las uñas en su nuca atrayéndolo más. El corazón le martillaba en los oídos ahogando el relincho distante de un caballo.
Él la levantó con facilidad sentándola en un fardo de heno suave y punzante contra sus muslos. Gabriela jadeaba abriendo las piernas instintivamente mientras Javier bajaba la cabeza a su cuello mordisqueando la piel sensible. Su aliento caliente me quema pensó ella arqueando la espalda. Olía su aroma varonil intenso ahora mezclado con el de su propia excitación húmeda que empapaba sus panties de encaje.
—Estás mojada mamacita —gruñó él deslizando una mano entre sus piernas frotando el clítoris hinchado a través de la tela. Gabriela soltó un gemido ronco empujando las caderas contra su palma. —Sí Javier tócame más fuerte neta me tienes loca.
Con dedos hábiles él apartó la prenda y hundió dos dedos en su calor resbaladizo. Ella gritó de placer sintiendo las paredes internas contraerse alrededor de él. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba el establo como una sinfonía obscena. Javier chupaba su lóbulo de la oreja susurrando guarradas: —Tu panocha es tan rica tan apretada para mi verga.
Gabriela no aguantó más. Le bajó el cierre de los jeans liberando su miembro erecto grueso y palpitante con venas marcadas. Lo acarició despacio saboreando la piel aterciopelada y el líquido preseminal salado en la punta. Qué verga tan chingona pensó lamiéndola de abajo arriba mientras Javier gruñía como animal en celo.
Él la penetró de un solo empellón profundo y certero. Gabriela sintió cada centímetro estirándola llenándola por completo. El placer la cegó por un segundo sus paredes vaginales abrazándolo con avidez. Empezaron a moverse en sincronía él embistiéndola con fuerza controlada ella clavando los talones en su culo firme. El slap slap de carne contra carne resonaba junto con sus jadeos entrecortados. Sudor perlaba sus cuerpos goteando entre sus pechos que Javier lamía con avidez saboreando la sal de su piel.
La tensión crecía como una ola imparable. Gabriela sentía el orgasmo aproximándose en espirales desde su vientre. No pares wey córrete conmigo suplicó arañando su espalda. Javier aceleró el ritmo su respiración agitada contra su oreja. —Ya voy mi reina agárrate.
El clímax la alcanzó como un terremoto. Gabriela gritó su nombre convulsionando alrededor de él mientras chorros de placer la atravesaban. Javier se derramó dentro segundos después su semen caliente inundándola en pulsaciones interminables. Se quedaron unidos temblando en el afterglow el establo girando a su alrededor.
Minutos después Javier la besó tierno en la frente ayudándola a vestirse. —Esto no termina aquí Gabriela. Eres mía como en esa Pasión de Gavilanes capítulo 2 donde el amor vence todo.
Ella sonrió apoyando la cabeza en su pecho oyendo los latidos calmados de su corazón. El olor a sexo persistía dulce y embriagador. Caminaron de regreso tomados de la mano bajo las estrellas sinaloenses sabiendo que la llama entre ellos ardía más fuerte que nunca. Mañana sería otro día pero esa noche habían reclamado su pasión sin reservas.