Relatos
Inicio Erotismo Pasión en la Canción de Sarah Brightman Pasión en la Canción de Sarah Brightman

Pasión en la Canción de Sarah Brightman

6946 palabras

Pasión en la Canción de Sarah Brightman

La noche en Polanco se extendía como un manto de luces titilantes, con el bullicio lejano del Paseo de la Reforma filtrándose hasta la terraza de tu penthouse. El aire cálido de México olía a jazmín y a la tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Tú, con un vestido negro ceñido que abrazaba tus curvas como una promesa, te recargabas en la barandilla, sintiendo el viento juguetón levantar el borde de la tela contra tus muslos. Marco, tu amor de años, carnal de confianza y fuego en los ojos, se acercaba con dos copas de tequila reposado, el cristal tintineando suavemente.

Qué chingón verte así, wey, pensaste, mientras él te entregaba la copa. El líquido ámbar descendía ardiente por tu garganta, despertando un cosquilleo que bajaba hasta tu vientre. Marco, con su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro de su pecho, sonrió picoso. "Órale, mi reina, pon la rola que nos prende", dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel.

Tú tomaste el control remoto de la bocina Bose, y seleccionaste esa canción: la pasión canción Sarah Brightman, esa pieza etérea de su voz soprano que flotaba como un susurro divino, llena de anhelo y entrega. "La Luna" empezó a sonar, pero en tu mente era pura pasión, con notas que se enredaban en el aire como caricias invisibles. El sonido envolvente te rodeó, vibrando en tus huesos, mientras Marco te tomaba de la cintura y te pegaba a su cuerpo firme.

Empezaron a bailar lento, sus caderas rozando las tuyas en un ritmo hipnótico. Sentías el calor de su piel a través de la tela, el latido de su corazón acelerado contra tu pecho.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su olor a colonia fresca y hombre, mezclado con el tequila en su aliento.
Tus manos subieron por su espalda, clavando uñas suaves en los músculos tensos. Él murmuró en tu oído: "Estás bien rica esta noche, mi amor. Me traes loco con ese vestido".

La canción avanzaba, la voz de Sarah Brightman elevándose en crescendos que imitaban el subir de tu deseo. Tus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal de su piel. El beso se profundizó, sus manos bajando a tus nalgas, apretándolas con posesión juguetona. ¡Ay, cabrón!, el pulso entre mis piernas ya late como tambor. Te separaste jadeante, mirándolo a los ojos oscuros, llenos de lujuria compartida.

Marco te levantó en brazos sin esfuerzo, llevándote adentro a la recámara con vista panorámica. La cama king size esperaba con sábanas de algodón egipcio, suaves como una caricia. Te depositó con gentileza, pero sus ojos prometían tormenta. Se quitó la camisa, revelando el torso esculpido por horas en el gym, el abdomen marcado que tanto te gustaba lamer. Tú te incorporaste de rodillas, jalando su cinturón con urgencia, sintiendo la dureza creciente bajo el pantalón.

"Déjame saborearte primero", susurraste, voz ronca. Bajaste el zipper, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando caliente en tu mano. El olor almizclado de su excitación te invadió, embriagador. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, "¡Qué chido, mi vida! Chúpamela más profundo". Tus labios se cerraron alrededor, succionando con ritmo, la lengua girando en la cabeza sensible. Sus manos enredadas en tu pelo, guiando sin forzar, mientras la canción de Sarah Brightman seguía sonando de fondo, ahora en loop, amplificando la pasión.

Pero él no se conformaba. Te tumbó boca arriba, arrancando tu vestido con un tirón juguetón. Desnuda ante él, piel erizada por el aire acondicionado y su mirada devoradora. Sus labios bajaron por tu cuello, mordisqueando, dejando huellas rojas. Chupó un pezón endurecido, tirando con dientes suaves, mientras su mano se colaba entre tus piernas. "Estás empapada, preciosa. Tu panochita me llama". Dedos expertos rozaron tu clítoris hinchado, círculos lentos que te arquearon la espalda. Gemiste alto, el placer como electricidad subiendo por mi espina.

La tensión crecía, insoportable. Tus caderas se movían solas, buscando más fricción.

No aguanto más, cógeme ya, pinche tentador.
Marco se posicionó entre tus muslos, la punta de su verga rozando tu entrada húmeda, lubricada por jugos ardientes. "¿Quieres que te meta todo, mi reina?" Asentiste frenética, "Sí, métemela dura, wey". Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. El sonido húmedo de la unión, slap slap suave, se mezclaba con vuestros jadeos y la voz angelical de Sarah Brightman.

Una vez dentro, empezó el vaivén, profundo y constante. Sentías cada vena rozando tus paredes internas, golpeando ese punto que te volvía loca. Tus uñas arañaban su espalda, dejando surcos rojos. Su sudor goteando en mis tetas, salado al lamerlo. El olor de sexo llenando la habitación, intenso, animal. Aceleró, embistiéndote con fuerza, la cama crujiendo en protesta. "¡Eres mía, toda mía!", rugió él. Tú respondías con gritos: "¡Más fuerte, cabrón! ¡No pares!".

La escalada era imparable. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona. Tus caderas girando, sintiendo su verga tocar lo más hondo. Pechos rebotando, él los amasaba, pellizcando pezones. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en tu bajo vientre. La canción de Sarah Brightman ahora es nuestro himno, pura pasión desatada. Tus movimientos se volvieron erráticos, gemidos convirtiéndose en alaridos. "¡Me vengo, Marco! ¡Ay, Dios!".

El orgasmo te golpeó como ola gigante, contracciones pulsantes ordeñando su verga, jugos chorreando por sus bolas. Él te siguió segundos después, gruñendo gutural, llenándote con chorros calientes de semen. El calor inundándome, marca de posesión mutua. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

La canción se apagó suavemente, dejando solo vuestras respiraciones agitadas. Marco te besó la frente, "Te amo, mi todo. Eso fue épico, neta". Tú sonreíste, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad.

En esta ciudad de millones, solo existimos nosotros dos. La pasión canción Sarah Brightman nos unió de nuevo, y qué chingón se siente.

El amanecer tiñó el cielo de rosas y naranjas, filtrándose por las cortinas. Se quedaron así, en afterglow perfecto, planeando el día: tacos de carnitas en la Condesa, quizás. Pero por ahora, el mundo podía esperar. Esta noche había sido suya, pura entrega consensual, empoderadora, donde el deseo se convirtió en conexión eterna.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.