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Pasiones Desenfrenadas Telenovela Mexicana

6559 palabras

Pasiones Desenfrenadas Telenovela Mexicana

En los estudios de Televisa en San Ángel, el aire estaba cargado de ese olor a maquillaje fresco y luces calientes que hacía sudar a cualquiera. Ana, con su melena negra suelta y esos ojos cafés que hipnotizaban a las cámaras, acababa de llegar para su primera lectura de guion en Pasiones Telenovela Mexicana. Era su gran oportunidad, la telenovela que todos en México esperaban, llena de traiciones, amores imposibles y besos que dejaban a la audiencia con el corazón en la mano.

Diego, el galán principal, ya estaba ahí, recargado en la mesa larga con una sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras de los ojos. Alto, moreno, con esa barba de tres días que lo hacía ver como el villano perfecto que todas querían redimir. ¡Órale, mamacita! ¿Tú eres la Ana que me va a romper el corazón en pantalla? le dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por horas en el gym, y cuando sus dedos se rozaron, Ana sintió un cosquilleo que le subió por el brazo directo al pecho.

La lectura empezó, y cada diálogo entre sus personajes —él el ranchero millonario, ella la sirvienta ambiciosa— sonaba como preludio de algo más. ¿Por qué me miras así, como si ya me hubieras comido con los ojos? pensó Ana mientras leía su línea: ¡No te acerques, patroncito, que quemo! Diego contestó con un guiño: Ya me quemé, mi reina, desde que te vi. La sala rio, pero el pulso de Ana se aceleró. Olía a su colonia, un almizcle terroso que se mezclaba con el café de máquina y el sudor nervioso de los demás.

Al final del día, el productor, un tipo regordete con bigote, los juntó: Miren, en Pasiones Telenovela Mexicana no hay romances reales en el set. Eso vende chismes, pero arruina producciones. ¿Entendido, par de pendejos? Todos asintieron, pero cuando Ana salió al pasillo, Diego la alcanzó. ¿Quieres un cafecito? Hay una máquina en mi camerino. Su aliento olía a menta, y ella, contra todo sentido común, dijo que sí.

El camerino era un caos de ropa colgada, espejos con luces y un sofá viejo que crujía bajo su peso. Se sentaron cerca, demasiado cerca. Eres chingona, Ana. Vas a robarte la novela, murmuró él, rozando su rodilla con la suya. El roce fue eléctrico, como chispas en la piel. Ella tragó saliva, sintiendo el calor subirle por el cuello. ¿Qué pedo? Esto no puede pasar, se dijo, pero su cuerpo ya respondía, los pezones endureciéndose bajo la blusa ajustada.

Hablaron de todo: de Guadalajara, de donde él era, con sus tequilas y mariachis; de su pueblo en Jalisco, donde las fiestas duraban hasta el amanecer. La tensión crecía con cada risa, cada mirada que se demoraba en los labios del otro. Diego se inclinó, su mano en su muslo ahora, firme pero suave. Ay, Diego... el productor nos mata, susurró ella, pero no se movió. Él sonrió: Que nos mate, mi amor. Vale la pena. Y la besó.

Sus labios eran suaves, urgentes, sabían a menta y deseo reprimido. Ana gimió bajito cuando su lengua entró, explorando, enredándose con la suya en un baile húmedo y caliente. El beso se profundizó, manos subiendo por espaldas, tirando de telas. Ella sintió su erección presionando contra su cadera, dura, prometedora, y un calor líquido se acumuló entre sus piernas. ¡Qué rico sabe este cabrón! pensó, mientras le mordía el labio inferior.

Se levantaron, tropezando con el sofá, riendo entre jadeos. Diego la empujó contra la pared, el yeso fresco contrastando con su piel ardiente. Le desabrochó la blusa con dedos temblorosos, exponiendo sus senos plenos, coronados de pezones oscuros y erectos. ¡Madre mía, qué tetas tan perfectas! gruñó, bajando la boca para lamer uno, succionarlo con avidez. Ana arqueó la espalda, el placer como rayos bajándole al clítoris. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que llenaba el cuarto, mezclado con el perfume floral de ella.

Manos expertas bajaron su falda, panties de encaje negro hechos trizas en un tirón juguetón. ¡Eres una fiera, Ana! Ella le quitó la camisa, arañando su pecho velludo, bajando al cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precúm. La tocó, suave al principio, luego apretando, masturbándolo mientras él gemía contra su cuello. ¡Chúpamela, mi reina! suplicó, y ella se arrodilló, el piso duro contra sus rodillas.

Lo tomó en la boca, saboreando la sal de su piel, la textura sedosa sobre la dureza. Lo chupó profundo, lengua girando en la punta, manos en sus bolas pesadas. Diego jadeaba, ¡Ay, pinche diosa! Me vas a hacer venir ya, enredando dedos en su pelo. Ella lo miró desde abajo, ojos lujuriosos, y aceleró, sintiendo su pulso en la garganta. Pero él la levantó: No aún, quiero follarte.

La llevó al sofá, ella encima, cabalgándolo. Se hundió en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. ¡Está tan adentro, cabrón! Me parte en dos. Empezó a moverse, caderas girando, senos rebotando. Diego la agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus ¡Más duro! ¡Sí, papi! y sus ¡Qué chingón te sientes!.

El sudor les chorreaba, pegajoso, salado en la lengua cuando se besaban. Ella aceleró, clítoris frotando su pubis, el orgasmo construyéndose como tormenta. ¡Me vengo, Diego! ¡No pares! gritó, convulsionando, paredes vaginales apretándolo en espasmos. Él la volteó, perrito ahora, embistiéndola fuerte, bolas golpeando su culo. ¡Toma, mi amor! ¡Te lleno! Rugió, eyaculando dentro, chorros calientes que la hicieron venir de nuevo.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos enredados en el sofá revuelto. El aire olía a sexo crudo, semen y jugos mezclados. Diego la besó la frente: Eres mi Pasiones Telenovela Mexicana real, Ana. No me importa el productor. Ella rio, trazando círculos en su pecho: Ni a mí, mi ranchero. Esto apenas empieza.

Se vistieron lento, robándose besos, prometiendo más noches así. Al salir, el pasillo estaba vacío, pero sus miradas decían todo. En el set de Pasiones Telenovela Mexicana, sus escenas cobrarían vida propia, cargadas de esa química que solo nace del fuego verdadero. Ana caminó a su carro, piernas temblorosas, sonrisa satisfecha. ¡Qué chingonería de vida! pensó, sabiendo que el deseo solo había despertado.

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