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Que Significa El Bebe De La Pasion De Cristo

6450 palabras

Que Significa El Bebe De La Pasion De Cristo

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón de mi depa en la Condesa, ese golpeteo constante contra el vidrio que hacía que el aire oliera a tierra mojada y a ozono. Era una noche de viernes cualquiera en la Ciudad de México, pero con él adentro, todo se sentía eléctrico. Se llamaba Diego, un moreno alto y fornido que había conocido en una expo de arte en Polanco. Sus ojos cafés profundos me habían atrapado desde el primer vistazo, y ahora estaba tirado en mi sofá, con una chela en la mano, riéndose de mis chistes tontos.

"Órale, güey, ¿vamos a ver una película o qué?", le dije, acomodándome a su lado. El calor de su muslo rozando el mío me erizaba la piel, aunque fingía que no pasaba nada. Elegimos La Pasión de Cristo, no sé por qué, quizás por el morbo de algo intenso. La pantalla se iluminó con esas imágenes crudas, el sudor de Jim Caviezel, los latigazos que resonaban como truenos en mis oídos.

En un momento, apareció esa escena rara: la figura andrógina de Satanás cargando un bebé blanco y creepy, mirándolos fijamente. Pausé la película. "¿Qué significa el bebé de La Pasión de Cristo?" solté de repente, con la curiosidad picándome como un chile habanero. Diego se giró hacia mí, su aliento a cerveza y chicle de menta rozándome la oreja.

"Neta, morra, es el Anticristo o algo así. Representa el mal puro, la parodia de la Virgen y el Niño Jesús. Mel Gibson lo metió pa' joder con la cabeza del público", explicó, su voz grave vibrando en mi pecho. Me acerqué más, inhalando su colonia amaderada mezclada con el sudor ligero de la noche calurosa. Nuestras miradas se engancharon, y sentí un cosquilleo bajarme por la espalda.

¿Por qué carajos me excita esto? El dolor, la pasión prohibida... como si el pecado mismo me estuviera llamando.

Acto uno: la chispa. Sus dedos rozaron mi rodilla accidentalmente —o no tan accidental—, y no la quité. Hablamos de fe, de tentación, de cómo la película nos removía algo primal. "Tú eres mi tentación, bebé", murmuró, y esa palabra, bebé, me derritió. En México, la usamos pa' todo, pero en su boca sonaba como una promesa sucia.

La tensión crecía con cada sorbo de chela. El sonido de la lluvia se mezclaba con nuestras risas nerviosas. Le conté que de morrita me daba miedo esa escena, pero ahora, viéndola con él, me ponía caliente. "Es como si el bebé ese representara el deseo que no podemos controlar", dije, mi mano subiendo por su muslo musculoso. Él tragó saliva, su nuez de Adán moviéndose, y me jaló hacia su regazo.

Acto dos: la escalada. Nuestros labios chocaron como un choque en Insurgentes, urgentes y hambrientos. Sabía a sal y a deseo, su lengua explorando mi boca con la misma ferocidad de la película. Mis manos se metieron bajo su playera, sintiendo los abdominales duros, el calor de su piel como asfalto recalentado al mediodía. "Estás cañón, bebé", gruñó contra mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto. El pasillo olía a mi perfume de jazmín y a la cena de tacos que habíamos devorado antes. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con mi cuerpo ardiendo. Se quitó la ropa despacio, provocador, revelando su pecho tatuado con un águila devorando una serpiente —puro México cabrón—. Yo me desvestí también, mis senos liberándose, pezones endurecidos por el aire y su mirada famélica.

"Dime qué quieres, bebé de mi pasión", susurró, recordando la película, adaptándola a nosotros. Sus manos grandes masajearon mis muslos, abriéndolos con ternura pero firmeza. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, el olor almizclado de mi excitación llenando la habitación. Lamidas lentas, su lengua trazando círculos en mi clítoris, chupando como si fuera el último tamal de la temporada. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Esto es lo que significa, ¿no? El bebé de la pasión no es maldad, es este fuego que nos consume, esta entrega total.

Lo jalé del pelo, guiándolo arriba. Su verga dura presionaba contra mi entrada, gruesa y palpitante. "Métemela ya, pendejo", le dije juguetona, usando el slang mexicano pa' romper el hielo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose, slap-slap contra la piel sudada. Olía a sexo puro, a sudor salado y fluidos mezclados.

Embestidas profundas, rítmicas, como el tamborazo zacatecano en una fiesta. Sus caderas chocando las mías, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. "¡Más fuerte, carnal!", jadeé, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Sudábamos como en un sauna de Tepoztlán, el calor subiendo, pulsos acelerados latiendo al unísono. Me volteó, ahora yo arriba, cabalgándolo como una jinete en el desierto de Sonora. Mis tetas rebotando, su boca capturando un pezón, succionando con hambre.

La intensidad crecía, mis gemidos volviéndose gritos ahogados. Sentía el orgasmo aproximándose, una ola gigante en el Pacífico. Él aceleró, sus manos en mis nalgas, amasándolas. "Ven conmigo, bebé", ordenó, y explotamos juntos. Mi coño apretándolo en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas. Él gruñó como un león, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. La lluvia seguía cayendo, un telón de fondo suave ahora. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante desacelerar. "Entonces, ¿qué significa el bebé de La Pasión de Cristo pa' ti ahora?", pregunté, acariciando su cabello revuelto.

Sonrió contra mi piel. "Significa esto, morra. La pasión que redime, que nos hace humanos. Tú eres mi bebé, mi redención en esta locura de ciudad". Reí bajito, besando su frente salada. Nos quedamos así, piel con piel, el aroma de nuestro amor flotando en el aire como incienso en una catedral. Mañana seguiría la rutina: tráfico en Reforma, tacos al pastor, pero esta noche, éramos dioses en nuestra propia pasión.

En el fondo, sabía que volveríamos a esa película, a esa pregunta, porque ahora tenía un significado nuestro: el comienzo de algo salvaje y eterno.

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