Pasión Prohibida como en las Novelas de Mónica Spear
Carla se recostó en el sofá de su departamento en la colonia Roma, con el control remoto en la mano y una cerveza fría sudando en el aire cálido de la noche mexicana. El televisor iluminaba la sala con los dramones de Pasion Prohibida, esa novela de Mónica Spear que la tenía clavada. La actriz, con su piel morena y ojos que prometían pecados, besaba a su amante en pantalla, y Carla sintió un cosquilleo en el estómago. Neta, pensó, si yo tuviera un hombre así de prohibido, ya estaría perdida.
¿Por qué siempre me prendo con estas tramas? Esas pasiones que no se pueden, pero que arden como chile en nogada.
El timbre sonó, rompiendo el hechizo. Era Alex, su carnal de la prepa, el wey que había sido su todo y nada a la vez. Habían jurado no volver a enredarse después de que las familias se armaran el desmadre por ser de mundos distintos: él de familia chilanga bien puesta en Lomas, ella de clase media en Mixcoac. Pero aquí estaba, con una six de Indio en la mano y esa sonrisa pícara que le derretía las tripas.
—Wey, qué buena onda que viniste —dijo Carla, abriendo la puerta de par en par. El olor de su colonia, esa mezcla de madera y limón, la invadió como un suspiro caliente.
Alex entró, rozando su brazo con el suyo. —No me iba a perder la novela de Mónica Spear, neta esa morra es fuego puro en Pasión Prohibida. —Se dejó caer a su lado en el sofá, tan cerca que sus muslos se tocaron. Carla sintió el calor de su piel a través de los jeans.
En la tele, Mónica Spear gemía bajito mientras su galán le recorría el cuello con los labios. Carla tragó saliva, el aire se espesó con el aroma de las chelas y el leve sudor de Alex después de manejar por el tráfico infernal del DF.
Acto uno: la chispa. Hablaron de la novela, riendo de los giros locos. Pero ¿y si nosotros fuéramos como ellos?, soltó Alex de repente, su voz ronca. Carla lo miró, sus ojos cafés clavados en los de él, verdes como aguacate maduro. El corazón le latió fuerte, tan-tan, como tambores de mariachi en fiesta.
—Estás pendejo, Alex. Nuestras familias nos matarían —susurró ella, pero no se alejó. Al contrario, su mano rozó la de él sobre el sofá, dedos entrelazándose como por accidente.
Su piel es tan suave, tan caliente. ¿Por qué duele tanto quererlo?
Alex giró la cara, su aliento cálido en la mejilla de Carla. —Pero neta, Carla, desde que vi esa escena de Mónica Spear, no dejo de imaginarte a ti. Sus labios rozaron los de ella, un beso tentativo, probando el terreno como en las novelas. Carla respondió, abriendo la boca, saboreando la cerveza en su lengua, salada y amarga.
El beso se profundizó, manos explorando. Alex le acarició la nuca, enredando dedos en su cabello negro largo, tirando suave para arquearle el cuello. Carla jadeó, el sonido ahogado por su boca. Sus pechos se apretaron contra el torso duro de él, sintiendo los músculos tensos bajo la playera.
Se separaron un segundo, respirando agitados. El olor a excitación flotaba, ese almizcle dulce que hacía girar la cabeza. —Esto es prohibido, wey —murmuró Carla, pero sus manos ya bajaban por la espalda de Alex, clavando uñas en la tela.
Acto dos: la escalada. Alex la levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto con ella riendo nerviosa. La tiró en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con su piel ardiendo. Se quitó la playera, revelando el pecho velludo y definido, el tatuaje de un águila en el hombro que Carla siempre había lamido con ganas.
—Quítate todo, mi reina —ordenó él, voz grave como trueno lejano. Carla obedeció, lenta, provocadora. Primero la blusa, dejando ver el bra de encaje rojo que realzaba sus chichis firmes. Luego los jeans, deslizándolos por caderas anchas, revelando las tangas minúsculas. Alex gruñó, su verga ya dura marcando los pantalones.
Me mira como si fuera la única mujer en el pinche universo. Qué chido sentirse así de deseada.
Se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de los muslos, subiendo despacio. Carla temblaba, el roce de su barba incipiente raspando como lija suave, enviando chispas al clítoris. Lamio su piel, saboreando el salado del sudor, hasta llegar a la panocha húmeda. Metió la lengua, lamiendo lento, círculos en el botón hinchado. Carla arqueó la espalda, gimiendo alto, ¡ayyy cabrón!, agarrando las sábanas. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos.
—Sabrosa, neta tu sabor es como mango con chile —dijo Alex, metiendo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. Carla se corrió primero, un orgasmo que la sacudió como terremoto en la CDMX, piernas temblando, gritando su nombre.
Pero no pararon. Ella lo volteó, montándose encima, quitándole los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Se la acercó a la boca, lamiendo la cabeza, saboreando el gusto salado-musgoso. Alex gruñó, embistiéndola suave en la garganta, qué rica chupas, mi amor.
La tensión subía, psicológica y física. Recordaban las miradas de reproche de las familias, las fiestas donde no podían tocarse. Eso avivaba el fuego. —Somos como en Pasión Prohibida de Mónica Spear, ¿no? —jadeó Alex, mientras Carla lo montaba, hundiéndose en ella centímetro a centímetro.
Su panocha lo envolvió apretado, húmeda, caliente como pozole hirviendo. Empezaron a moverse, ella arriba, rebotando, chichis saltando, él agarrando sus nalgas, guiándola. El slap-slap de piel contra piel, sudor resbalando, olor a sexo puro impregnando todo. Carla sentía cada vena de su verga rozando sus paredes, el placer building como tormenta.
Cambiaron posiciones: él atrás, perrito, embistiendo fuerte, una mano en el clítoris, otra jalando pelo. —Dame todo, pendejito —rogaba ella, empujando contra él. El cuarto olía a ellos, a pasión cruda, con gemidos que seguro se oían en el pasillo.
No importa el mundo afuera, aquí somos libres, jodiendo como animales en celo.
Acto tres: la liberación. Alex la volteó boca arriba, piernas en hombros, penetrándola profundo, ojos en ojos. —Te amo, Carla, aunque sea prohibido. Ella lloró de placer, corriéndose otra vez, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Alex rugió, llenándola de leche caliente, chorros que sintió adentro, desbordando.
Colapsaron, enredados, piel pegajosa de sudor, respiraciones calmándose. El techo giraba lento, el corazón aún galopando. Alex la besó la frente, suave. —Como en las novelas de Mónica Spear, pero mejor porque es real.
Carla sonrió, trazando círculos en su pecho. El afterglow los envolvía como sábana tibia, el aroma de sexo lingering en el aire. Sabían que mañana el mundo los juzgaría, pero esa noche, la pasión prohibida los unía más que nunca. Durmieron así, planeando la próxima vez, con el eco de la novela en sus mentes.