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Pasión por el Triunfo Reparto Ardiente

6524 palabras

Pasión por el Triunfo Reparto Ardiente

El sol de la Ciudad de México pegaba duro esa mañana mientras yo, Ana, caminaba hacia los estudios de Televisa en San Ángel. Tenía veinticinco años, el cuerpo tonificado de tanto gym y clases de baile, y un sueño que me ardía en las entrañas: entrar al reparto de Pasión por el Triunfo, la nueva telenovela que todos decían iba a barrer en ratings. Neta, mi corazón latía como tambor de mariachi cuando me confirmaron el casting. "¡Chingón, Ana! ¡Ya valiste!", me dije en el espejo esa mañana, viéndome con el vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas perfectas.

Al llegar, el bullicio del set me envolvió: cables por todos lados, luces calientes que olían a metal recalentado, y el aroma dulce de café recién hecho flotando en el aire. El director, un tipo serio con bigote, me presentó al resto del reparto. Y ahí estaba él, Diego, el galán principal. Alto, moreno, con ojos verdes que te desnudaban con una mirada. Su sonrisa pícara me hizo sentir un cosquilleo en el estómago, como si ya supiera lo que mi cuerpo pedía a gritos.

"Wey, qué buena onda que te uniste al equipo", me dijo Diego, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera por el trabajo en gimnasio, y cuando la apreté, sentí una corriente eléctrica subir por mi brazo directo al centro de mis muslos.

La primera lectura de guion fue intensa. Yo hacía de la villana sensual, y Diego de mi amante prohibido. Cada diálogo era puro fuego: "Tu pasión por el triunfo te ciega, pero yo te haré mía", leía él con voz grave que me erizaba la piel. Yo respondía, mirándolo fijo: "El triunfo sabe mejor en tus brazos". Neta, el aire se cargaba de tensión sexual. Los demás del reparto reían, pero entre nosotros dos, era como si el guion se volviera real. Olía su colonia amaderada, sentía el roce accidental de su rodilla contra la mía bajo la mesa. Esa noche, en mi depa en Polanco, me toqué pensando en él, imaginando sus manos fuertes explorando mi piel sudada.

Los días siguientes fueron un sube y baja de emociones. Ensayos interminables donde el director gritaba "¡Más pasión, cabrones!", y Diego y yo nos mirábamos con hambre. Una tarde, después de una escena de beso falsa, me jaló al pasillo del baño. El pasillo olía a cloro y a sudor fresco del set.

¿Qué pedo, Diego? ¿Ya te encabronaste?, pensé, pero mi cuerpo ya respondía con pezones duros bajo la blusa.

"Ana, neta que traes algo que me vuelve loco", murmuró él, acorralándome contra la pared fría. Su aliento mentolado me rozó los labios. No dije nada, solo lo jalé por la camisa y lo besé. Fue como explosión: su lengua invadiendo mi boca con sabor a chicle y deseo, sus manos apretando mi culo firme. "Para, wey, nos van a cachar", jadeé entre besos, pero mis caderas se pegaban a las suyas, sintiendo su verga dura presionando contra mí.

Nos separamos a la fuerza, riendo como pendejos. Pero la semilla estaba plantada. Esa pasión por el triunfo del reparto nos unía; queríamos brillar en pantalla, pero también queríamos devorarnos en privado.

El clímax llegó una noche de grabación hasta las tres de la mañana. El set estaba vacío, solo quedamos Diego y yo practicando una escena de cama. Las luces tenues bañaban todo en rojo pasión, el ventilador zumbaba moviendo el aire cargado de nuestro sudor. Yo en lencería del guardarropa –un bra negro push-up y tanga que apenas cubría–, él en bóxers que marcaban su paquete impresionante.

"Vamos a hacerla real, ¿no?", propuso con voz ronca. Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos como tambores aztecas.

"Sí, carnal. Muéstrame esa pasión por el triunfo que tanto presumen en el guion".
Me tiré sobre él en la cama falsa, pero que se sentía de lo más real con sus sábanas arrugadas oliendo a él.

Sus manos grandes recorrieron mi espalda, desabrochando el bra con maestría. Mis tetas saltaron libres, pezones oscuros y duros como piedras. Los lamió, succionó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer que me mojaban la tanga. "Qué chingonas están, Ana", gruñó, y yo gemí, arqueándome. Olía mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su sudor masculino.

Le bajé los bóxers, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mano, sintiendo el calor vivo, el pulso rápido bajo mi palma. "Métetela, pendejo, no mames", le supliqué, guiándola a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó suave, chapoteos húmedos que llenaban el set vacío.

Me monté encima, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis caderas, guiándome, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. Sudábamos a chorros, gotas cayendo de su pecho definido a mi vientre plano. "¡Más fuerte, Diego! ¡Dame ese triunfo!", gritaba yo, perdida en el ritmo. Él volteó, poniéndome abajo, embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas sonoras. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes internas, el olor a sexo crudo impregnando el aire, el sabor salado de su cuello cuando lo besé.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Mis uñas en su espalda, arañando leve, dejando marcas rojas. Esto es el verdadero triunfo, no la telenovela, sino esto: puro fuego mexicano. Él aceleró, gruñendo "¡Me vengo, morra!", y yo exploté primero: un orgasmo que me sacudió entera, visión borrosa, músculos temblando, chorros de placer mojando sus muslos. Él se derramó dentro, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar.

Nos quedamos jadeando, cuerpos enredados, el ventilador secando nuestro sudor. Su cabeza en mis tetas, mi mano en su pelo revuelto. "Neta que fue chido, Ana. Esto es pasión por el triunfo de verdad", susurró. Reí bajito, oliendo nuestros fluidos mezclados, sintiendo la paz post-sexo como bálsamo.

Al día siguiente, en el set, el reparto notó algo: miradas cómplices, sonrisas secretas. Grabamos la escena de cama con química explosiva; el director flipó. "¡Eso es, cabrones! ¡Pura pasión!". Pero sabíamos que el verdadero triunfo era nuestro, en la cama del set y más allá. Ahora, cada ensayo es pretexto para más, para esa hambre que no se sacia. Y yo, Ana, sé que en este reparto, gané más que un papel: gané fuego eterno.

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