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Necaxa Pasión Rojiblanca Desatada

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Necaxa Pasión Rojiblanca Desatada

El Estadio Azteca vibraba como un corazón enloquecido esa noche de sábado. Los rayos rojiblancos de las luces se reflejaban en las gradas abarrotadas, y el aire estaba cargado de ese olor inconfundible a cerveza fría, hot dogs chamuscados y sudor fresco de miles de almas unidas por la Necaxa pasión rojiblanca. Ana se abrió paso entre la multitud, su camiseta ajustada de los Rayos pegada al cuerpo por el calor bochornoso, los shorts cortos dejando ver sus piernas morenas y tonificadas. Llevaba años siguiendo al Necaxa, pero esta vez algo la picaba por dentro, un fuego que no era solo por el equipo.

Se acomodó en su asiento cerca de la cancha, el rugido de la afición retumbando en su pecho. Al lado suyo, un tipo alto y fornido, con la cara pintada de rojo y blanco, gritaba goles imaginarios. Se llamaba Marco, lo supo porque su carnal le presentó rápido antes de irse por más chelas. Qué chingón se ve, güey, pensó Ana, mientras sus ojos bajaban por su cuello sudado, la camiseta empapada marcando cada músculo de su torso. Él la miró de reojo, sonriendo con esa picardía mexicana que hace que el estómago se revuelva.

—¡Órale, carnala! ¿Necaxista de hueso colorado? —le gritó por encima del ruido, su voz grave como un tambor.

—Neta, desde chiquita. Esta pasión rojiblanca me corre por las venas —respondió ella, inclinándose para que su escote se asomara un poco más. El estadio olía a pasión pura, a ese aroma terroso del césped recién cortado mezclado con el humo de los cuervos.

El partido empezó con todo: Necaxa presionando, el balón volando como un cohete. Cada vez que los Rayos atacaban, Marco y Ana se ponían de pie juntos, sus cuerpos rozándose accidentalmente al principio. Un roce de muslo contra muslo, el calor de su piel contra la de ella. Ana sintió un cosquilleo subirle por la espalda, el pulso acelerado no solo por el juego.

¿Por qué carajos me late así este pendejo? Es la adrenalina del Necaxa, nomás
, se dijo, pero su cuerpo la traicionaba, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.

En el medio tiempo, Marco se giró hacia ella, ofreciéndole una chela helada. Sus dedos se tocaron al pasarla, un chispazo eléctrico que la hizo morderse el labio. Charlaron de todo: de los clásicos contra América, de cómo la Necaxa pasión rojiblanca les había robado el corazón de morros. Él era mecánico en un taller de la colonia Doctores, ella mesera en un antro de Polanco. Pero en ese momento, con el estadio latiendo alrededor, eran solo dos cuerpos en llamas.

—Tú traes fuego, ¿eh? Esa camiseta te queda como guante —le dijo él, bajando la voz, sus ojos clavados en los labios de ella.

Ana rio, juguetona. —Y tú con esa pintura, pareces toro listo pa'l quite. ¿No te da calor?

El segundo tiempo fue una tortura deliciosa. Necaxa metió gol, y en la euforia, Marco la abrazó por la cintura, levantándola en el aire. Sus caderas se pegaron, ella sintió la dureza presionando contra su vientre. Chingado, ya está puesto, pensó, el calor entre sus piernas creciendo como lava. El olor de su sudor macho, mezclado con el rojo de la pintura, la mareaba. Sudaban juntos, gritaban juntos, sus respiraciones sincronizadas con el latido del estadio.

Al final, Necaxa ganó 2-1. La afición enloqueció, pero Ana y Marco ya no veían el campo. Salieron tomados de la mano, esquivando la marea humana, hasta un rincón oscuro detrás de las gradas, donde el eco de los cánticos aún retumbaba. El aire era más fresco ahí, pero sus cuerpos ardían.

—No aguanto más esta necaxa pasión rojiblanca que me traes —murmuró él, empujándola suavemente contra la pared de concreto fría. Sus labios chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a cerveza y victoria. Ana gimió bajito, sus manos explorando el pecho duro bajo la camiseta húmeda, arrancándosela con urgencia.

La piel de Marco era salada al tacto, músculos tensos como cables, el rojo y blanco de la pintura manchándose en sus dedos. Ella se arqueó cuando él le bajó los shorts, el aire nocturno besando su piel expuesta. Sí, así, cabrón, pensó, mientras sus dedos gruesos encontraban su humedad, resbalando con facilidad. El sonido de sus jadeos se mezclaba con los vivas lejanos, olía a sexo incipiente, a deseo crudo.

Marco la levantó contra la pared, sus piernas envolviéndolo, el roce de su verga dura contra su entrada la hizo temblar. —¿Quieres esto, mi reina rojiblanca? —preguntó ronco, ojos fijos en los de ella.

—Ponte chingón, güey. Dame toda esa pasión —suplicó ella, clavándole las uñas en la espalda.

Entró en ella de un solo empujón, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento delicioso, cada vena de él pulsando dentro. Se movían con ritmo furioso, como el Necaxa en contraataque: embestidas profundas, lentas al principio, luego rápidas y salvajes. El sudor les chorreaba, mezclándose con la pintura, tiñendo sus cuerpos de rojo pasión. Ella lo sentía palpitar, el calor subiendo, sus paredes apretándolo como vicio.

En su mente, flashes del partido: el balón en la red, el estadio rugiendo, ahora su clímax acercándose igual de imparable. Marco le mordisqueaba el cuello, chupando la sal de su piel, mientras sus caderas chocaban con palmadas húmedas.

Esto es mejor que cualquier gol, neta
, pensó Ana, el orgasmo rompiéndola en oleadas, contrayéndose alrededor de él, leche caliente brotando.

Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo. Se quedaron pegados, respiraciones agitadas, el mundo reduciéndose a sus cuerpos entrelazados. El concreto raspaba su espalda, pero no importaba; el afterglow los envolvía como niebla dulce.

Despacio, bajaron al suelo, sentados en la sombra. Marco le limpió el rostro con su camiseta sucia, riendo bajito. —Qué chingonería de noche, ¿no? Necaxa nos bendijo.

Ana sonrió, recargando la cabeza en su hombro, oliendo su esencia macho mezclada con ella. Esta pasión rojiblanca no se apaga fácil, reflexionó, mientras las luces del estadio se apagaban a lo lejos. Se besaron suave, prometiendo más, el fuego encendido para siempre.

Salieron del estadio de la mano, el alba tiñendo el cielo de rojo tenue. La Necaxa pasión rojiblanca los unía, pero lo que ardía entre ellos era algo más profundo, un lazo forjado en sudor, gemidos y victoria compartida. Ana sabía que volvería al próximo partido, y él estaría ahí, listo para desatar el fuego otra vez.

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