Pasiones Desatadas de los Personajes de la Novela Pasion Prohibida
La noche en mi depa de Polanco olía a jazmín del jardín y a la cena que acababa de preparar: tacos de arrachera con salsa bien picosa. Yo, Ana, de treinta y dos pirulos, estaba recargada en el sofá, con las piernas cruzadas, viendo la tele. Pasión Prohibida, esa novela que me tenía clavada como espina. Los personajes de la novela Pasión Prohibida eran puro fuego: él, el galán prohibido con ojos que te desnudaban; ella, la morra casada que se moría por un toque suyo. Cada capítulo me ponía la piel chinita, el corazón latiendo como tamborazo en una fiesta.
Luis entró con una chela en la mano, su camisa blanca medio abierta dejando ver el pecho moreno y musculoso. Era mi carnal, mi vecino de toda la vida, pero últimamente lo veía diferente. Alto, con esa barba de tres días que me raspaba la piel cuando nos abrazábamos de más. "¿Qué onda, Ana?" dijo con esa voz grave que me erizaba los vellos. Se sentó juntito a mí, su muslo rozando el mío. El calor de su cuerpo se colaba por mi short de mezclilla.
"Mira esta novela, wey. Los personajes de la novela Pasión Prohibida se traen un desmadre. ¿Te imaginas ser ellos?" Le guiñé el ojo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él sonrió picoso, sus ojos cafés clavados en los míos. "Neta que sí. Tú serías la doña elegante, y yo el tipo que no puede tocarte sin que tiemble todo." Su mano rozó mi rodilla, casual, pero el pulso se me aceleró. Olía a su colonia, esa que mezclaba madera y algo salvaje.
La escena en la tele era intensa: los protagonistas se miraban en un pasillo oscuro, el aire cargado de promesas. Sentí mi respiración pesada, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Luis se acercó más, su aliento cálido en mi cuello. "¿Y si lo hacemos real?" murmuró. Mi mente gritaba sí, pero el miedo a lo prohibido me frenaba. Éramos amigos, carnales, pero esta tensión... era como la novela.
¿Y si nos dejamos llevar? Solo una vez, como esos personajes de la novela Pasión Prohibida que se queman en secreto.
Acto uno del desmadre: le tomé la mano y la puse en mi muslo. Su piel áspera contra la mía suave, enviando chispas. Nos besamos despacio, labios probando sabores –el suyo a chela fría y menta. Su lengua entró juguetona, explorando, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.
La tele seguía, pero ya no importaba. Lo jalé al piso, alfombra persa suave bajo nosotros. Sus manos subieron por mis piernas, quitándome el short con urgencia contenida. "Eres preciosa, Ana. Neta que me tienes loco." Sus dedos rozaron mi ropa interior, húmeda ya. El aroma de mi excitación se mezcló con el del jazmín. Me arqueé, queriendo más.
Le quité la camisa, besando su pecho, saboreando el salado de su sudor fresco. Sus abdominales duros bajo mi lengua, el vello negro rizado que me hacía jadear. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa presionando. "Qué chingona estás", gruñó, volteándome para ponerme encima. Sus caderas contra las mías, frotando despacio, el roce enviando ondas de placer.
Pero paramos ahí, jadeantes. "No tan rápido, como en la novela", dije riendo. Nos levantamos, fuimos a mi recámara. La luz tenue de la lámpara pintaba sombras en las paredes blancas. Me desvestí lento, dejándolo mirar. Mis tetas libres, pezones rosados pidiendo atención. Él se quitó todo, su cuerpo atlético brillando. Su verga erecta, gruesa, venosa, me hizo tragar saliva.
Acto dos: la escalada. Me tumbó en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Besos en el cuello, mordidas suaves que dolían rico. Bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. "¡Ay, cabrón!" grité, clavándole las uñas. El placer punzante bajaba directo a mi clítoris hinchado.
Sus dedos encontraron mi coño empapado, resbalosos. Metió uno, luego dos, curvándolos adentro. El sonido chapoteante, mi jugo chorreando, me avergonzaba y excitaba. "Estás chorreando por mí, morra", dijo ronco. Lamí su oreja, susurrando "Te quiero dentro, ya". Pero él jugaba, lamiendo mi ombligo, bajando al monte de Venus. Su lengua en mi clítoris, círculos lentos, rápidos. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas. El sabor salado cuando me besó después, compartiendo mi esencia.
Esto es mejor que cualquier personaje de la novela Pasión Prohibida. Aquí no hay cámaras, solo nosotros, crudos y reales.
Lo volteé, queriendo dominar. Besé su verga desde la base, lengua plana lamiendo hasta la cabeza morada. Sabía a hombre puro, almizcle y deseo. La chupé hondo, garganta relajada, sus manos en mi pelo guiando. "¡Qué rica boca, Ana! No pares". Lo llevé al borde, deteniéndome. Él rugió frustrado, delicioso.
La tensión crecía como tormenta. Sudor perlando su frente, gotas cayendo en mis tetas. El aire espeso con olor a sexo: almizcle, sudor, mi humedad. Corazones tronando al unísono. Me puse a gatas, ofreciéndole. "Cógeme, Luis. Como si fuéramos ellos". Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome llena. El dolor placer inicial dio paso a éxtasis puro.
Embestidas lentas primero, profundas. Su pelvis chocando mi culo, palmadas rítmicas. Agarró mis caderas, acelerando. "¡Sí, así, pendejo!" grité, empujando contra él. Cambio de posición: yo encima, cabalgando. Sus manos en mis tetas rebotando, pezones pellizcados. Bajé lento, sintiendo cada vena rozándome adentro. El clítoris frotando su pubis, building up.
Sus ojos en los míos, conexión profunda. "Te amo, Ana. Esto es nuestro". Lágrimas de emoción mezcladas con placer. Aceleré, sudor goteando, cama crujiendo. El orgasmo llegó como ola: contracciones apretándolo, grito ahogado. Él se tensó, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome. Gemido gutural, cuerpos temblando unidos.
Acto tres: el afterglow. Colapsamos, enredados. Su semen chorreando lento por mis muslos, cálido pegajoso. Besos suaves, lenguas perezosas. El cuarto olía a sexo satisfecho, pieles pegadas secándose. "¿Ves? Mejor que los personajes de la novela Pasión Prohibida", susurró acariciando mi pelo.
Nos quedamos así, respiraciones calmándose. Pensé en el mañana: ¿amigos con derechos? ¿Algo más? No importaba. Esta noche era cierre perfecto, pasión liberada sin culpas. Su mano en mi vientre, promesa de más. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en mi cama, habíamos escrito nuestro capítulo.