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Azul Como el Lucero de Nuestra Pasion

6851 palabras

Azul Como el Lucero de Nuestra Pasion

El sol de Playa del Carmen caía a plomo sobre la arena blanca, pero el calor que me quemaba por dentro no era del trópico. Me recosté en la tumbona del resort, con un michelada helada en la mano, sintiendo cómo el hielo se derretía contra mis labios salados por el mar. Hacía meses que no me sentía tan viva, tan caliente por dentro. Y entonces lo vi. Diego. Salió del agua como un dios azteca moderno, el agua chorreando por su pecho moreno y definido, gotas brillando bajo el sol. Pero lo que me atrapó fueron sus ojos. Azul como el lucero de nuestra pasión, pensé, aunque todavía no sabía que esa pasión sería nuestra.

Me quedé mirándolo sin disimulo, con las piernas cruzadas para calmar el cosquilleo que ya subía por mis muslos. Él se acercó, secándose el cabello negro con una toalla, sonriendo con esa picardía mexicana que hace que cualquier wey parezca irresistible. "¿Qué onda, preciosa? ¿Te quemas aquí solita o me dejas unirme al club?" Su voz era ronca, como el rugido de las olas rompiendo en la orilla.

Le contesté con una risa coqueta, sintiendo el pulso acelerarse. "Si traes esos ojos, pendejo, ya ganaste el asiento." Nos sentamos a platicar, el aire cargado con olor a sal, coco de la crema solar y un leve aroma a su sudor fresco que me hacía morder el labio. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la playa, de cómo la vida en Cancún te obliga a vivir al límite, de sueños locos que nunca se cumplen. Pero entre líneas, la tensión crecía. Cada vez que sus ojos azules se clavaban en los míos, sentía un jalón en el estómago, como si me estuviera desnudando con la mirada.

¿Por qué carajos me afecta tanto? Es solo un chavo guapo en la playa. Pero neta, esos ojos... me están volviendo loca.

El atardecer nos encontró caminando por la orilla, las olas lamiendo nuestros pies descalzos. El cielo se teñía de naranja y rosa, pero sus ojos seguían siendo ese azul intenso, hipnótico. Me tomó de la mano, su palma cálida y áspera por el trabajo en el mar –era pescador, me contó, de esos que salen al amanecer y regresan con historias–. "Ana, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en cómo sería besarte", murmuró, deteniéndose para voltear hacia mí. Su aliento olía a cerveza y menta, y el corazón me latía tan fuerte que juraba que él lo oía.

"Pues hazlo, cabrón", le reté, y sus labios cayeron sobre los míos como una ola furiosa. Fue un beso salado, profundo, con su lengua explorando la mía como si quisiera devorarme entera. Mis manos subieron por su espalda húmeda, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave. El mundo se redujo a ese momento: el sonido de las gaviotas, el roce de la arena en mis tobillos, el sabor de él en mi boca. Cuando nos separamos, jadeantes, sus ojos brillaban más. "Azul como el lucero de nuestra pasión", susurré contra su cuello, y él rio bajito, apretándome contra su erección creciente.

Regresamos al resort casi corriendo, riendo como adolescentes. En el elevador, no pudimos esperar: sus manos bajo mi pareo, rozando mis nalgas desnudas, mis pezones endureciéndose contra el bikini. "Eres una diosa, Ana", gruñó, mordisqueando mi oreja. El ding del elevador fue como una señal divina. Entramos a mi suite, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa.

Acto dos de esta locura: lo empujé contra la cama king size, con vistas al mar Caribe. Me quité el pareo despacio, dejándolo caer como una cascada de seda. Sus ojos se oscurecieron de deseo mientras me desataba el bikini, mis senos liberándose al aire fresco del AC. "Qué chingón verte así, nena", dijo, incorporándose para lamer un pezón, succionándolo con una lentitud que me hizo arquear la espalda. El placer era eléctrico, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis labios.

Me subí a horcajadas sobre él, frotándome contra la dureza de su short de baño. Podía oler mi propia excitación mezclada con su aroma masculino, a mar y testosterona. "Quiero saborearte primero", le dije, bajando por su torso, besando cada abdominal marcado. Le quité el short de un tirón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando ante mí. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel, el pulso latiendo contra mi palma. Lamí la punta, probando el sabor salado de su pre-semen, y él gimió, enredando los dedos en mi cabello. "Qué rico, Ana, no pares".

Lo chupé despacio al principio, saboreando cada centímetro, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. Él se retorcía debajo de mí, el colchón crujiendo, sus jadeos llenando la habitación como música erótica. Pero yo quería más. Quería sentirlo dentro. Me trepé de nuevo, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. "Mírame a los ojos", le pedí, y cuando lo hizo –ese azul ardiente–, me hundí en él de un solo movimiento.

¡Dios mío! Llenándome así, estirándome perfecta. Es como si estuviéramos hechos el uno para el otro, como si este fuego azul nos uniera para siempre.

El ritmo empezó lento, mis caderas girando en círculos, sintiendo cómo me rozaba el clítoris con cada embestida. Sus manos en mi cintura, guiándome, pero yo mandaba. "Más fuerte, Diego, chingame como hombre". Aceleramos, el slap-slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. Me volteó, poniéndome de rodillas, y entró por detrás, profundo, golpeando mi punto G con cada thrust. Grité, el placer acumulándose como una tormenta, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en las sábanas, su aliento caliente en mi nuca. "Ven conmigo, preciosa", rugió, y eso fue todo. El orgasmo me explotó como fuegos artificiales, olas de éxtasis recorriendo mi cuerpo, mi coño apretándolo en espasmos. Él se corrió segundos después, caliente y abundante dentro de mí, su gemido gutural vibrando contra mi piel.

Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el afterglow. Su cabeza en mi pecho, yo acariciando su cabello húmedo. El sol se había puesto, pero la habitación brillaba con la luz de la luna filtrándose por las cortinas. "Esos ojos tuyos", murmuré, "son azul como el lucero de nuestra pasión. No sé si fue un sueño o qué, pero quiero más noches así".

Él levantó la vista, sonriendo perezoso. "Esto apenas empieza, Ana. Mañana salimos al mar, y te prometo que te haré gritar más fuerte que las olas". Nos besamos lento, saboreando el sudor y el semen en nuestros labios, el corazón latiendo al unísono. En ese momento, supe que Cancún no sería solo vacaciones. Sería el inicio de algo ardiente, azul e inolvidable.

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