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Daniela El Color De La Pasion

7632 palabras

Daniela El Color De La Pasion

La noche en Polanco bullía con esa energía que solo México City sabe dar neta que vibra en el aire como un tequila añejo. Tú estabas en el rooftop del bar más chido de la colonia imaginándote que la velada iba a ser como cualquier otra: unos tragos con los cuates un poco de música y tal vez ligar con alguna morra interesante. Pero entonces la viste entrar. Daniela. Daniela el color de la pasión pensé en ese instante como si el universo te hubiera susurrado su nombre grabado en fuego.

Su piel morena brillaba bajo las luces neón como el cobre pulido de un mercado en Oaxaca. Vestía un vestido rojo sangre que se pegaba a sus curvas como una segunda piel acentuando el vaivén de sus caderas anchas y su escote que prometía tesoros ocultos. El aroma de su perfume llegó hasta ti antes que ella: jazmín mezclado con vainilla y un toque picante de chile que te erizó la nuca.

¿Quién es esta diosa? ¿De dónde carajos salió?
te dijiste mientras tus ojos se clavaban en los suyos café oscuro intensos como el mole poblano en domingo.

Se acercó a la barra pidiendo un margarita con sal de gusano su voz ronca y juguetona cortando el ruido de la banda sonera que tocaba cumbia rebajada. Tú no pudiste resistirte. Te levantaste con el pulso acelerado el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano y te plantaste a su lado.

Órale güey qué noche pa' un trago ¿no? —le dijiste con esa sonrisa pícara que siempre te saca de apuros.

Ella giró la cabeza su labial rojo brillando y soltó una risa que sonó a cascadas en la sierra. —Neta carnal. Pero si me invitas uno te cuento mi secreto.

Ahí empezó todo. Charlaron de la vida en la CDMX de los tacos al pastor que extrañaba de su tierra en Guadalajara de cómo el amor era como el tequila: quema al principio pero deja un calor que no se olvida. Sus manos rozaron las tuyas al pasarte el vaso el toque eléctrico subiendo por tu brazo como corriente de 110 voltios. Olías su aliento a limón y tequila fresco y sentías el calor de su muslo contra el tuyo en la barra abarrotada.

La tensión crecía con cada mirada cada roce accidental. Daniela el color de la pasión se repetía en tu mente mientras la veías morderse el labio inferior imaginando su sabor salado y dulce.

La banda aceleró el ritmo y ella te jaló a la pista. Bailaron pegados sus caderas girando contra las tuyas en un perreo suave que hacía sudar tu camisa. Sentías la suavidad de su espalda bajo tus palmas el sudor perlado en su cuello invitándote a lamerlo. —No seas pendejo —te susurró al oído su aliento caliente— bésame ya.

Y la besaste. Sus labios carnosos se abrieron como pétalos de bugambilia probando a tequila y deseo puro. Su lengua danzó con la tuya audaz juguetona explorando cada rincón de tu boca mientras sus uñas se clavaban en tu nuca enviando chispas por tu espina.

El beso se volvió feroz sus cuerpos presionados en la oscuridad relativa de la pista. Tus manos bajaron a su cintura apretando esa carne firme y redonda que pedía ser amasada. Ella gemía bajito contra tu boca sonidos roncos que se perdían en la música pero que vibraban en tu pecho como un rugido interno.

—Vámonos de aquí carnal —jadeó separándose lo justo para mirarte con ojos en llamas—. Mi depa está cerca.

No lo pensaste dos veces. Salieron tomados de la mano el aire fresco de la noche golpeándolos como una ducha fría pero el fuego interior ardía más fuerte. En el Uber ella se sentó en tus piernas su vestido subiéndose revelando muslos suaves y bronceados. Sus besos volvieron hambrientos mordisqueando tu oreja susurrando guarradas en ese acento tapatío que te ponía la piel de gallina: —Te voy a hacer mío güey hasta que grites mi nombre.

El trayecto fue tortura deliciosa. Tus dedos se colaron bajo su falda encontrando encaje húmedo y caliente. Ella ahogó un gemido contra tu hombro moviéndose contra tu mano mientras el chofer fingía no notar nada. Olías su excitación almizclada mezclada con el cuero del asiento y el tráfico caótico de Reforma.

Llegaron a su penthouse en Lomas minimalista pero con toques mexicanos: velas de cera de abeja jarrones de talavera y una cama king size con sábanas de algodón egipcio. La puerta se cerró y ella te empujó contra la pared arrancándote la camisa con urgencia. —Mírame —ordenó despojándose del vestido quedando en lencería roja que contrastaba con su piel canela.

Sus pechos plenos se alzaban tentadores coronados por pezones oscuros endurecidos. Bajaste la vista a su sexo depilado brillando de anticipación. La besaste de nuevo bajando por su cuello lamiendo el sudor salado hasta sus senos. Chupaste un pezón succionando con hambre mientras ella arqueaba la espalda gimiendo ¡ay cabrón! Tus manos exploraban su culo redondo apretándolo amasándolo mientras ella desabrochaba tu pantalón liberando tu verga dura como fierro palpitante.

Qué chingona está —murmuró acariciándola con manos expertas subiendo y bajando el prepucio con lentitud tortuosa. El placer te nubló la vista su palma cálida y lubricada por tu precum enviando ondas de éxtasis por tus bolas.

La cargaste a la cama depositándola como a una ofrenda. Te quitaste el resto de la ropa y te tendiste sobre ella piel contra piel el calor de sus cuerpos fundiéndose. Besaste su vientre bajando hasta su monte de Venus inhalando su aroma embriagador a mujer en celo. Tu lengua trazó su raja saboreando su flujo dulce y salado como pulque fermentado. Ella se retorcía clavando las uñas en tu pelo gritando —¡Sí ahí chúpame más!

La hiciste correrse dos veces la primera con tu boca devorando su clítoris hinchado la segunda con dos dedos curvados golpeando ese punto que la hacía convulsionar empapando las sábanas. Sus jugos chorreaban por tus barbillas mientras ella jadeaba ¡me vengo carnal! su cuerpo temblando como hoja en vendaval.

Entonces ella te volteó montándote como amazona. Su coño resbaladizo se hundió en tu polla centímetro a centímetro apretándote en un guante de terciopelo ardiente. —Fóllame fuerte —exigió cabalgándote con furia sus tetas rebotando hipnóticas. Agarraste sus caderas guiando el ritmo embistiéndola desde abajo el slap slap de carne contra carne resonando en la habitación mezclado con sus alaridos y tus gruñidos.

El clímax se acercaba como tormenta en el Popo. Cambiaron posiciones: de perrito con tu verga hundiéndose hasta el fondo sintiendo su cervix besarte la punta; misionero con sus piernas en tus hombros penetrándola profundo mientras se miraban a los ojos compartiendo almas. —Daniela el color de la pasión —le susurraste y ella sonrió respondiendo —Soy tuya güey dame todo.

Explotaste dentro de ella chorros calientes llenándola mientras su coño ordeñaba cada gota en oleadas de placer mutuo. Ella se corrió contigo walls contrayéndose en espasmos gritando tu nombre como rezo.

Colapsaron exhaustos envueltos en sudor y semen el olor a sexo impregnando el aire. La abrazaste besando su frente húmeda mientras ella trazaba círculos en tu pecho.

Qué chido estuvo —murmuró con voz perezosa—. Vuelve cuando quieras carnal. Eres el color de mi pasión ahora.

Tú sonreíste sabiendo que esa noche había cambiado todo. Daniela no era solo un polvo; era fuego vivo que ardía en tu sangre mexicana para siempre. La ciudad dormía afuera pero en esa cama el deseo latía eterno.

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