Pasión de Cristo 2021 Fuego Carnal
El sol del mediodía en Iztapalapa caía como plomo fundido esa Semana Santa de 2021. El aire estaba cargado de incienso dulce que se mezclaba con el olor terroso del polvo levantado por miles de pies. Yo, Ana, había llegado desde el centro de la ciudad solo para ver la Pasión de Cristo 2021, esa representación épica que cada año congregaba a la raza en las calles empedradas. Neta, no era devota ni nada, pero algo en el drama de la cruz, en esos cuerpos sudorosos escenificando sufrimiento y redención, me ponía la piel chinita de una forma que no podía explicar.
Me acomodé entre la multitud, mi blusa ligera pegándose a la espalda por el calor. El olor a elotes asados y tamales de olla flotaba desde los puestos ambulantes, haciendo que mi estómago rugiera. Entonces lo vi. El vato que hacía de Jesús. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la túnica raída, sudando a chorros mientras cargaba la cruz de madera astillada. Sus ojos, oscuros como el café de olla, barrieron la multitud y se clavaron en mí.
¿Qué carajos? ¿Me está viendo a mí?Sentí un cosquilleo en el vientre, como si su mirada me desnudara ahí mismo, frente a la Virgen de Guadalupe improvisada.
La procesión avanzó con tambores retumbando en el pecho, gritos de "¡Perdón! ¡Perdón!" que vibraban en mis oídos. Él tropezaba con la cruz, el sudor resbalando por su pecho lampiño, goteando hasta desaparecer bajo la tela. Yo mordí mi labio, imaginando el sabor salado de esa piel. Cuando lo clavaron en la cruz –puro teatro, órale–, su gemido gutural me erizó los vellos de la nuca. La gente lloraba, pero yo... yo ardía por dentro.
Al final del acto, cuando bajó tambaleante, envuelto en una sábana blanca que apenas cubría sus caderas, se acercó al borde del escenario. Nuestras miradas chocaron de nuevo. Me sonrió, una sonrisa pícara que no pegaba con el Cristo sufriente. Este wey es un carnal, pensé, y sin pensarlo dos veces, me abrí paso entre la multitud para esperarlo atrás.
—¿Qué onda, morra? ¿Te gustó el show? —me dijo con voz ronca, aún con el maquillaje de sangre falsa en la cara. Olía a sudor masculino, a tierra y a algo más primitivo, como almizcle puro.
—Neta, carnal, me voló la cabeza. Tú como Jesús... qué chingón —respondí, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa.
Se llamaba Marco, 32 años, actor local que cada año se subía a la cruz por tradición familiar. Charlamos un rato entre el bullicio, riéndonos de lo heavy que era cargar esa madre de madera. Sus manos grandes, callosas, rozaron mi brazo al gesticular, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Quiere algo, lo sé. Y yo también, pendeja.
La tensión creció como la marea. Me invitó a una chela en un bar cercano, uno de esos con mesas de madera y ventiladores zumbando. Afuera, las luces de la Pasión de Cristo 2021 seguían parpadeando, pero adentro, el mundo se achicó a nosotros dos. Brindamos con coronitas frías, el vidrio empañado contra mis labios. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, un contacto casual que no lo era. Hablamos de todo: de cómo el encierro del covid nos había puesto cachondos a todos, de deseos reprimidos que explotaban en la calle.
—Tú eres de esas que parecen santas pero arden por dentro, ¿verdad? —me dijo, su aliento cálido con olor a cerveza y menta.
Me reí, juguetona. —Y tú pareces Cristo, pero neta eres el diablo disfrazado, wey.
Sus dedos trazaron un camino lento por mi muslo, bajo la falda corta. El roce era eléctrico, piel contra piel, haciendo que mi pulso se acelerara como tambores de la procesión. Lo miré a los ojos, y ahí estaba el consentimiento mudo. Lo jalé de la mano, salimos a la noche tibia, el aire cargado de jazmín y humo de velas.
Llegamos a su depa, un lugar chido en las alturas con vista a las colonias iluminadas. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a sal y deseo, su lengua explorando con hambre santa. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su espalda mientras gemía en mi boca. Su cuerpo es mío ahora, pensé, oliendo su aroma único, ese mix de sudor sagrado y hombre puro.
Acto dos de nuestra propia pasión. Le arranqué la camisa, revelando el pecho ancho, marcado por las cuerdas de la cruz. Lamí el sudor seco, salado en mi lengua, bajando por su abdomen tenso hasta la cintura de sus jeans. Él jadeaba, sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave. —Qué rica estás, Ana... fóllame con la boca.
Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y liberé su verga dura, palpitante. Gruesa, venosa, con una gota de precum brillando a la luz tenue. La tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, el pulso latiendo contra mi palma. La chupé despacio al principio, saboreando la piel suave, el gusto almizclado que me inundaba la boca. Él gruñó, profundo, como el Cristo en la cruz, sus caderas empujando suave.
Esto es redención, carajo. Aceleré, mi lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con fuerza, mis labios estirados. Sus bolas pesadas rozaban mi barbilla, oliendo a macho excitado.
Me levantó como si nada, sus brazos fuertes envolviéndome. Me llevó a la cama, las sábanas crujiendo frescas. Me desnudó lento, besando cada centímetro: cuello, pechos, el ombligo. Sus dientes rozaron mis pezones rosados, duros como piedras, enviando descargas al clítoris hinchado. —Dime qué quieres, morrita.
—Te quiero adentro, Marco. Chingame como si fuera la última cena. —supliqué, mi voz ronca, las piernas abiertas, mi coño mojado brillando, oliendo a excitación dulce.
Se posicionó, su verga rozando mi entrada, untándose en mis jugos. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí alto, sintiendo cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, el sonido de piel chocando, chapoteando húmedo. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos, el olor a sexo impregnando el aire. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, mis tetas rebotando con cada thrust. Le clavé las uñas, arañando su espalda, dejando marcas rojas como las de la flagelación.
La tensión subió como una ola imparable. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, mis caderas girando, frotando mi clítoris contra su pubis. Él mamaba mis tetas, mordiendo suave, sus manos amasando mi culo. Estoy cerca, neta voy a explotar. Él debajo, gruñendo: —Vente conmigo, Ana... déjame llenarte.
El clímax nos golpeó como un rayo. Mi coño se contrajo alrededor de su verga, oleadas de placer puro, gritando su nombre mientras temblaba. Él se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su semen goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, pieles pegadas, corazones latiendo al unísono.
En el afterglow, yacimos enredados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho, escuchando el eco de su corazón. Afuera, las campanas de la iglesia tañían la resurrección. —Pasión de Cristo 2021, la mejor que he vivido —murmuró él, besándome la frente.
Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo lánguido y pleno.
Esto no fue pecado, fue salvación. Y quién sabe, carnal, tal vez vuelva el próximo año por más.La noche nos envolvió en paz, con el sabor de nosotros mismos aún en los labios.