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La Pasión del Director de Cristo

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La Pasión del Director de Cristo

Entré al set de filmación en las afueras de la Ciudad de México, con el sol pegando duro sobre las pirámides falsificadas que habían armado para la película. El aire olía a tierra húmeda y a café recién molido de las manos de los chavos del crew. Yo era Ana, una morra de veintiocho años que soñaba con ser actriz, y ese día tenía una audición para un papel secundario en La Pasión de Cristo, la nueva producción épica del director más cabrón del momento. Se decía que él, Don Raúl, el mismísimo director de La Pasión de Cristo, había regresado de Hollywood con un presupuesto de a madre para hacerla a lo mexicano, con pasión de verdad.

Me sudaban las manos mientras esperaba en la carpa. Escuchaba los gritos de "¡Luz! ¡Sonido!" y el zumbido de los ventiladores luchando contra el calor. De repente, lo vi: alto, con barba espesa y ojos que te traspasaban como si ya supieran todos tus secretos. Raúl caminaba con esa seguridad de quien manda, revisando el guion con un puro en la boca, aunque no lo encendía. Órale, qué chingón se ve, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur.

—Ana, ¿verdad? Ven, ensayemos la escena del jardín —me dijo con voz grave, como si el desierto entero hablara por él.

Su aliento olía a menta y tabaco viejo. Me tomó del brazo, suave pero firme, y me llevó al set. Sus dedos rozaron mi piel, y juré que sentí electricidad. Empecé a recitar las líneas, pero mis ojos no se despegaban de los suyos. Él me corregía, acercándose tanto que podía oler su colonia, un aroma amaderado que me mareaba.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Esto es una audición, no una novela de Televisa. Pero neta, este wey me prende como nadie.

Al final del ensayo, sonrió. —Tienes fuego, Ana. Quédate después de las seis. Hablamos de tu personaje.

El resto del día fue una tortura. Lo veía dirigir, gritando órdenes, sudando bajo el sol, con la camisa pegada al pecho musculoso. Cada vez que pasaba cerca, mi piel se erizaba. Cuando el sol se puso, el set se vació. Solo quedamos él y yo en la carpa principal, con una botella de mezcal encima de la mesa.

—Siéntate, carnala —dijo, sirviéndome un trago. El líquido quemaba la garganta, dulce y ahumado, como un beso prohibido—. La Pasión de Cristo no es solo sufrimiento. Es entrega total. ¿Tú entiendes de pasiones?

Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo. —Más de lo que crees, director.

Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara. Nuestras manos se rozaron al tomar los vasos, y no las apartamos. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en el DF. Él se inclinó, y yo lo encontré a medio camino. Nuestro beso fue hambre pura: lenguas danzando, sabores de mezcal y deseo mezclado. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, como si dirigiera una escena íntima.

Caímos sobre el sofá de la carpa, el cuero crujiendo bajo nuestro peso. Su boca bajó a mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer que me hacían arquear. Olía a sudor limpio y a hombre de verdad. Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros bajo mis uñas. ¡Ay, pendejo, qué rico te sientes!

—Despacio, mi reina —murmuró, su voz ronca contra mi oreja—. Quiero saborearte.

Acto dos: la escalada. Sus dedos expertas exploraron mi cuerpo, trazando caminos de fuego desde mis pechos hasta el calor entre mis piernas. Gemí cuando me tocó ahí, húmeda y lista para él. El sonido de mi propia respiración era música obscena en la noche. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando lento, torturándome con la anticipación. Su lengua encontró mi centro, lamiendo con devoción, como si yo fuera la santa de su película privada. El placer subía en olas, mis caderas se movían solas, agarrando su cabello.

No mames, esto es mejor que cualquier sueño. El director de La Pasión de Cristo me está comiendo viva, y yo solo quiero más.

Lo jalé arriba, desesperada. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su grosor. Él gruñó, un sonido animal que me excitó más. Me penetró despacio al principio, llenándome por completo. Cada embestida era un latido compartido, piel contra piel chapoteando, sudada y resbalosa. El olor a sexo llenaba la carpa, mezclado con el jazmín del jardín cercano.

—Más fuerte, Raúl —supliqué, clavando uñas en su espalda.

Aceleró, nuestros cuerpos chocando con ritmo frenético. Sentía su pulso en mi interior, mi clítoris rozando contra él, construyendo la presión. Hablábamos sucio, mexicanísimo: —¡Qué chingona estás, Ana! Me aprietas como diabla.

—¡Dame todo, director cabrón! Hazme tuya.

El clímax nos golpeó como rayo. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando, olas de éxtasis que me dejaban temblando. Él se vino dentro, caliente y profundo, rugiendo mi nombre. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón tronando al unísono.

Pero no terminó ahí. Después de un rato, con el mezcal aún zumbando en las venas, él me volteó boca abajo. Sus manos masajearon mi culo, abriéndome suave. —Otra toma, ¿mi estrella? —bromeó.

Entró de nuevo, esta vez desde atrás, profundo y lento. El ángulo nuevo me volvía loca, tocando puntos que me hacían ver estrellas. Sudábamos juntos, el sonido de carne contra carne ecoando. Sus bolas golpeaban mi clítoris, sumando al fuego. Lo sentía hincharse más, su respiración agitada en mi nuca.

Esto es pasión de Cristo, pero sin clavos, solo placer puro, pensé mientras subía otra vez.

Nos corrimos juntos de nuevo, él llenándome mientras yo me deshacía en gemidos. Colapsamos, riendo bajito, cuerpos entrelazados.

Acto final: el afterglow. Nos vestimos lento, besándonos perezosos. El set estaba en silencio, solo grillos cantando afuera. Él me miró fijo. —Ana, esto no fue solo un ensayo. Quiero que seas mi María Magdalena en la peli... y en la vida.

Sonreí, sintiendo un calor nuevo, no solo físico. —Órale, director. Pero solo si prometes más pasiones así.

Salimos tomados de la mano, bajo la luna llena que iluminaba las pirámides falsas. El aire fresco olía a promesa. Sabía que esto era el comienzo de algo grande, una historia nuestra, dirigida por el deseo mutuo. El director de La Pasión de Cristo había encontrado su verdadera pasión: yo.

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