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Cuales Son Las Pasiones Del Ser Humano Al Desnudo

6910 palabras

Cuales Son Las Pasiones Del Ser Humano Al Desnudo

La noche en el centro de la Ciudad de México olía a tacos al pastor y a jazmín de los puestos callejeros. El antro de salsa retumbaba con el ritmo pegajoso de La Chona, y yo, Ana, me movía entre la gente como si el sudor de los cuerpos ajenos me impulsara. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y cada giro hacía que mis caderas ondularan con una promesa silenciosa. Hacía calor, ese calor húmedo que te hace brillar la piel y acelera el pulso.

¿Cuáles son las pasiones del ser humano? me pregunté mientras bebía un trago de tequila reposado, el líquido quemándome la garganta con un sabor ahumado y dulce. ¿El amor? ¿La venganza? ¿O este fuego que me subía por el vientre al ver a ese moreno alto en la pista, con camisa blanca abierta hasta el pecho, moviéndose como si el ritmo naciera de sus huesos? Se llamaba Javier, lo supe después, cuando sus ojos cafés se clavaron en los míos y me sonrió con dientes perfectos. Qué chido, pensé, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos.

¿Bailas? me dijo, su voz ronca cortando el ruido como un cuchillo caliente en mantequilla. Extendió la mano, áspera por el trabajo —supuse que era carpintero o algo manual—, y la tomé. Su palma contra la mía era fuego puro, y cuando me jaló hacia él, nuestros cuerpos chocaron en la pista. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, ese aroma que te hace cerrar los ojos y morderte el labio. Sus caderas presionaron las mías al compás, y sentí su dureza creciendo contra mi muslo. Neta, este güey sabe lo que hace, pensé, mientras mi respiración se aceleraba y el calor entre mis piernas se volvía insoportable.

El primer acto de la noche fue puro flirteo, bailes que se volvían más íntimos con cada canción. Sus manos en mi cintura, bajando un poco más cada vez, rozando la curva de mis nalgas. Yo le pasaba las uñas por el pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa húmeda. Hablamos poco, solo lo necesario: de dónde éramos —él de Guadalajara, yo de aquí—, de lo padre que estaba la noche. Pero en mi mente, las palabras giraban: las pasiones del ser humano son esto, este roce que promete más, este deseo que te come viva.

Salimos del antro cuando el DJ puso un cumbia rebajada, el bajo retumbando en mis costillas como un corazón extra. Caminamos por las calles empedradas de la Condesa, el aire fresco contrastando con el bochorno de nuestros cuerpos. Su brazo alrededor de mi hombro, mi cabeza en su pecho, oyendo el latido acelerado. Llegamos a su departamento en una casa vieja pero chula, con balcón a la avenida. Subimos las escaleras, y en el último peldaño me besó por primera vez. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí contra él, mis manos enredándose en su pelo negro y revuelto.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras en las paredes. Me quitó el vestido con lentitud, como si desenvolriera un regalo, sus dedos temblando un poco de anticipación.

Este hombre me ve como si fuera la única en el mundo
, pensé, mientras él se arrodillaba y besaba mi ombligo, bajando por mi vientre plano hasta el encaje negro de mis panties. El aire olía a incienso de copal que ardía en una esquina, mezclándose con mi aroma de excitación, ese almizcle dulce que sale cuando estás empapada.

Lo empujé al sofá, queriendo tomar el control. Le desabroché la camisa, lamiendo su piel salada, saboreando el rastro de sudor en su clavícula. Sus pezones duros bajo mi lengua, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Qué rico, susurré, mientras mis manos bajaban a su pantalón. Lo liberé, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitante contra mi palma. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, y él jadeó mi nombre: Ana, nena, no pares.

Aquí empezó el segundo acto, la escalada que nos consumía. Nos mudamos a la cama, sábanas frescas de algodón mexicano contra mi espalda desnuda. Él se colocó entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, mordisqueando suave hasta llegar a mi centro. Su lengua era mágica, lamiendo mi humedad con círculos lentos, chupando mi clítoris hinchado. Olía a mí, a sexo puro, y el sonido de sus labios succionando era obsceno, húmedo, perfecto. ¿Cuáles son las pasiones del ser humano? Esta entrega total, este placer que te hace olvidar tu nombre, rugía en mi cabeza mientras arqueaba la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros.

Lo volteé, montándolo como una amazona. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. El roce era eléctrico, cada vena frotando mis paredes sensibles. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada centímetro, mis pechos rebotando con cada movimiento. Él los tomaba, pellizcando los pezones rosados, y yo aceleré, el slap-slap de piel contra piel uniéndose a nuestros gemidos. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. ¡Más duro, Javier! le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza animal, sus bolas golpeando mi culo.

La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense: relámpagos de placer en mi vientre, truenos en mis oídos. Cambiamos posiciones, él detrás de mí en cuatro, una mano en mi cadera y la otra en mi clítoris, frotando en sincronía con sus estocadas profundas. Sentía su aliento caliente en mi nuca, sus dientes en mi hombro. Me vengo, cabrón, grité, y el orgasmo me destrozó, olas de éxtasis contrayendo mis músculos alrededor de él, leche caliente salpicando mis nalgas cuando se corrió conmigo, rugiendo como un tigre.

El tercer acto fue el afterglow, tumbados enredados, piel pegajosa y corazones latiendo al unísono. El incienso se había apagado, dejando un humo dulce en el aire. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente, y yo trazaba círculos en su pecho con la uña.

Las pasiones del ser humano son frágiles y eternas, como esta noche que no quiero que acabe
. Hablamos en susurros: de sueños, de lo neta que había sido intenso, de vernos otra vez. Afuera, el alba teñía el cielo de rosa, y el tráfico empezaba a zumbar como un río lejano.

Me vestí con piernas temblorosas, pero él me abrazó en la puerta, prometiendo un café en el Parque México. Bajé las escaleras sintiendo su semen secándose entre mis muslos, un recordatorio cálido y posesivo. La ciudad despertaba, llena de promesas, y yo sonreía, sabiendo que acababa de vivir la respuesta a esa pregunta eterna. Cuáles son las pasiones del ser humano: deseo, conexión, el éxtasis de dos cuerpos fundidos en la oscuridad.

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