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La Pasion de Cristo Donde Ver el Deseo Encendido

6827 palabras

La Pasion de Cristo Donde Ver el Deseo Encendido

Tú estás sentada en el sofá de tu departamentito en el DF, con el calor de abril pegándote en la piel como una promesa de pecado. Es Semana Santa y el aburrimiento te carcome. Agarras tu cel y tecleas la pasion de cristo donde ver, pensando en esa película intensa que viste de morrilla, llena de sangre y sufrimiento que te dejó un nudo raro en el estómago. Los resultados salen: streams piratas, YouTube clips incompletos, pero uno brilla, un link a la Pasión de Iztapalapa en vivo, el teatro callejero más cabrón de México. Órale, piensas, eso sí es pasión de verdad, no mamadas gringas. Compras boletos en línea y al día siguiente estás en el Metro, sudando entre la multitud devota, con el olor a incienso y tacos de guisado flotando en el aire.

Llegas a Iztapalapa y la plaza bulle como un hormiguero endemoniado. Miles de almas apiñadas, veladoras parpadeando, el eco de tambores y cornetas retumbando en tus costillas. El escenario es un cerro improvisado, con romanos de utilería y vírgenes lloronas. Pero entonces lo ves: Cristo. No un actor flaco y santurrón, sino un vato hecho y derecho, moreno como el chocolate de Oaxaca, músculos tallados por horas en el gym o cargando costales en el mercado. Su túnica ceñida deja ver el pecho ancho, el sudor brillando bajo los reflectores como aceite bendito. Cuando lo azotan en la escena, el chasquido del látigo te eriza la piel, y sientes un calor traicionero entre las piernas.

Neta, ¿por qué este wey me pone así? Es Cristo, no un galán de telenovela
, te dices, mordiéndote el labio mientras el público grita ¡Perdónanos! Pero tú solo piensas en perdonarte por lo que te está pasando abajo.

La procesión termina con la crucifixión, y la multitud se dispersa como hormigas después de la lluvia. Tú te quedas rezagada, fingiendo checar mensajes, pero en realidad sigues con los ojos clavados en él mientras se baja del escenario. Se quita la corona de espinas, sacude el pelo negro y rizado, y se ríe con los otros actores. Un tipo grandote le pasa una chela fría, y él la chuga de un trago, el goteo resbalando por su cuello hasta perderse en el pecho. Pinche tentación andante. Te armas de valor, caminas hacia el grupo con el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

—Oye, carnal, qué chingón estuvo eso —le dices, voz ronca por el polvo y la emoción—. Neta me voló la cabeza.

Él te voltea a ver, ojos cafés profundos como pozos de mezcal, sonrisa pícara que dice yo sé lo que piensas. —Gracias, morra. Soy Cristo, o sea, Javier, pero hoy soy el mero mero. ¿Vienes de turista o qué?

Hablan. Tú le cuentas que buscaste la pasion de cristo donde ver y terminaste aquí, en el epicentro del desmadre santo. Él se ríe, te invita una michelada en un puesto cercano. El sabor salado de la sal y limón explota en tu lengua, el chile picando como el fuego que sientes crecer. Se sientan en una banca, piernas rozándose accidentalmente al principio, luego no tanto. Su rodilla contra la tuya, áspera por el roce de la túnica todo el día. Huele a sudor varonil mezclado con tierra y algo dulce, como panela quemada.

Si esto es pecado, que Dios no me perdone nunca
.

La plática fluye como tequila reposado: de la fe fingida en el escenario a la fe real en el cuerpo humano. —La pasión no es solo clavos y sangre, ¿sabes? —te dice, voz baja, mano rozando tu muslo por "accidente"—. Es fuego por dentro, que te quema hasta que explotas.

Tú sientes el pulso acelerarse, pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. —Pues enséñame, wey. Muéstrame tu pasión de Cristo en privado.

Él no lo piensa dos veces. Te lleva a su casa chica en las afueras, un cuartito humilde pero limpio, con santos en la pared y una cama king size que grita promesas. La puerta se cierra con un clic que suena a liberación. Sus labios caen sobre los tuyos, urgentes, saboreando a chela y deseo. Lenguas enredándose, dientes mordisqueando suave, el gemido que se te escapa vibrando en su boca. Sus manos grandes recorren tu espalda, bajan a tus nalgas, apretando con fuerza que duele rico. Tú le arrancas la playera, exponiendo ese torso esculpido, vello oscuro bajando en flecha hacia la promesa de abajo.

Lo empujas a la cama, te subes encima, sintiendo su verga dura como hierro presionando contra tu panocha a través de la falda. Qué chingona dureza. Le besas el cuello, lames el sudor salado, bajas al pecho, mordisqueando pezones oscuros que se arrugan bajo tu lengua. Él gruñe, ¡Ay, cabrona, me vas a matar!, manos enredadas en tu pelo, guiándote sin forzar. Tú sigues bajando, desabrochas su jeans, liberas esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomas en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupas despacio, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su excitación llenándote la nariz. Él jadea, caderas alzándose, neta, eres una diosa pecadora.

Pero no lo dejas acabar. Te quitas la ropa, tetas rebotando libres, panocha empapada reluciendo. Te montas en él, guiando su verga a tu entrada húmeda. Lentito al principio, sintiendo cada centímetro estirándote, llenándote hasta el fondo. ¡Órale, qué rico! Empiezas a moverte, caderas girando como en un baile de cumbia prohibida. Sus manos en tus chichis, pellizcando pezones, enviando chispas directo al clítoris. El slap de piel contra piel, sudor chorreando, gemidos mezclándose con el lejano eco de cohetes de Semana Santa.

Él te voltea, ahora él arriba, embistiéndote profundo, lento, luego rápido como un endemoniado. Tú clavas uñas en su espalda, arqueas la espalda, oliendo su pelo mojado, probando el sudor de su hombro.

Esta es la verdadera pasión de Cristo, carnal, redención en cada empujón
. El orgasmo te pega como un latigazo divino: olas de placer convulsionando tu cuerpo, panocha apretando su verga como vicepresas. Él ruge, se corre dentro, caliente y espeso, llenándote hasta rebosar.

Caen juntos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. Afuera, la noche huele a jazmín y humo de velas. —¿Y ahora qué, mi Magdalena? —te susurra, dedo trazando círculos en tu vientre.

Tú sonríes, besándolo suave. Ahora vivo para verte otra vez, Cristo mío. La pasión no terminó en la cruz; apenas empieza en la carne. Y tú sabes dónde verla de nuevo: en sus brazos, cuando el mundo olvide los clavos y recuerde el fuego.

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