Martha Shaw Diario de una Pasion
15 de octubre
¡Ay, Dios mío! Hoy empezó todo. Estaba en el café de la Condesa, ese con las mesas al aire libre donde siempre hay chavos guapos fingiendo leer el periódico. Yo, Martha Shaw, con mi latte en la mano, viéndome en el reflejo de la ventana: morena, curvas que no me avergüenzo de presumir, el pelo suelto cayéndome por la espalda. ¿Por qué carajos me siento tan sola últimamente? pensé, mientras removía el azúcar.
Entonces entró él. Alejandro, se llama. Alto, con esa piel bronceada de quien juega fut en la colonia, camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a sándwich de carnitas recién comido mezclado con colonia barata pero tan masculina. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum! sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando te comes un elote con mucho chile. Se acercó, pidió un americano y me sonrió con dientes perfectos.
"¿Vienes seguido por acá, preciosa?", me dijo con esa voz grave que retumbaba en mi pecho. Le contesté con una sonrisa pícara: "Solo cuando hay vistas interesantes". Charlamos de tonterías: el tráfico de Reforma, la nueva rola de Natalia Lafourcade. Pero debajo de las palabras, había fuego. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, accidental o no, y sentí el calor subir por mis muslos. Martha, contrólate, no seas pendeja, me dije. Al despedirnos, me dio su número. "Llámame, Martha Shaw. Quiero saber más de ti". ¿Martha Shaw? ¿Cómo supo mi nombre? Lo vi en mi taza, garabateado por el mesero. El destino, carnales.
16 de octubre
No pude esperar. Le mandé un whats: "Alejandro, ¿café otra vez o algo más emocionante?". Me contestó en segundos: "Cena en mi depa. Trae ganas". Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Me puse mi vestido negro ceñido, el que deja ver el nacimiento de las nalgas, tacones y labial rojo sangre. Olía a vainilla de mi crema, y el aire fresco de la noche me erizaba la piel.
Llegué a su penthouse en Polanco, luces tenues, música de Café Tacvba de fondo bajita. Me recibió con un abrazo que duró demasiado, su pecho duro contra mis tetas, su aliento cálido en mi cuello oliendo a tequila reposado. Cenamos tacos de suadero que él mismo preparó –¡qué rico, jugosos y picantes!– y platicamos de verdad. Es arquitecto, viaja mucho, pero extraña el calor humano. "Tú me lo das", me dijo, y su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacito.
El roce era eléctrico. Sentí mi panocha humedecerse, el calor entre las piernas como lava. Quiero que me toque ya. Lo besé primero, empoderada, mis labios devorando los suyos. Sabían a sal y chile. Sus manos en mi cintura, apretando, bajando a mis nalgas. Nos levantamos, tropezando con las sillas, riendo como adolescentes. Pero no pasó de besos esa noche. "Quiero tomarme mi tiempo contigo, Martha", murmuró. Me fui a casa con las bragas empapadas, masturbándome bajo la ducha con el agua caliente cayendo sobre mi clítoris hinchado. Esto va a ser una pasión de la chingada.
18 de octubre
Han pasado dos días de tortura deliciosa. Mensajes calientes: él mandándome fotos de su verga semi-dura bajo el bóxer, yo respondiendo con mis tetas al aire en el espejo del gym. "Estás para comerte entera, mamacita", me escribe. Yo: "Ven y hazlo, pendejo". Hoy no aguanté más. Lo invité a mi casa en la Roma, velas aromáticas a jazmín encendidas, sábanas de algodón egipcio listas.
Apenas cerró la puerta, nos devoramos. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana taparé con maquillaje. Olía a sudor limpio y deseo puro. Le quité la camisa, lamiendo sus pezones duros, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua. "Qué chula eres, Martha Shaw", jadeó, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, rozando mi tanga mojada.
Caímos en la cama, yo encima, montándolo como reina. Le bajé el pantalón y ¡madre mía! su verga gruesa, venosa, palpitante, con una gota de pré-semen en la punta que lamí como helado de garrafa. Sabía salado, varonil. Él gimió fuerte, un sonido gutural que me puso los ovarios en llamas. Me comió la panocha despacio, su lengua danzando en mi botón, chupando mis labios hinchados. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos roncos. "¡Sí, así, cabrón! ¡No pares!", grité, arqueando la espalda, el olor a sexo llenando la habitación.
Me volteó, me puso a cuatro patas. Sentí su glande presionando mi entrada, resbaloso de mis jugos. "Dime si quieres, mi amor", susurró, respetuoso. "¡Métela toda, Alejandro! ¡Fóllame duro!". Empujó, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor. Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El slap-slap de piel contra piel, sus gruñidos, mis alaridos: "¡Más fuerte, pinche semental!". Sudor goteando, mezclándose, el sabor salado en mi boca cuando lo besé de lado.
Cambié posiciones: misionero, piernas en sus hombros, penetrándome profundo, su pubis frotando mi clítoris. Esto es el paraíso. El clímax llegó como tsunami: mi coño apretándolo como puño, oleadas de placer sacudiéndome, chillando su nombre mientras él se corría dentro, chorros calientes inundándome, su semen espeso chorreando por mis muslos.
20 de octubre
Despertamos enredados, su brazo sobre mis tetas, el sol filtrándose por las cortinas colándose en la piel desnuda. Olía a sexo reseco, a nosotros. Me besó la frente: "Eres increíble, Martha". Preparamos desayuno: chilaquiles con huevo y crema, riendo de lo salvajes que fuimos. Tocamos todo el día: dedos en la cocina, sexo rápido en la regadera con jabón resbaloso, él comiéndome de postre en el sofá.
Pero en el fondo, sé que esta pasión es un torbellino. ¿Cuánto durará? ¿Soy solo su aventura? No importa. Por ahora, mi cuerpo canta, mi alma vuela. Alejandro me hace sentir viva, deseada, poderosa. Mañana más. Este diario de una pasión apenas empieza. Quién sabe qué vendrá, pero lo quiero todo.
Fin de entrada. Besos, Martha Shaw.